En una época dominada por el celular en la mesa, dos investigaciones recientes pusieron números a una intuición que muchos tenían: cocinar y comer acompañados, sin pantalla, mejora el bienestar emocional de forma contundente y nuestra salud mental.
Los estudios, desarrollados en 2025 por equipos científicos especializados en neurología, nutrición y comportamiento, analizaron más de 250.000 datos biométricos para medir qué ocurre en el cerebro cuando cocinamos solos, acompañados o usando dispositivos electrónicos.
La conclusión es clara: la compañía humana es el principal impulsor de bienestar en los hábitos culinarios.
Salud mental y relaciones: cocinar acompañado triplica la alegría
Según informa EFE, los resultados muestran que cocinar en compañía puede triplicar los niveles de alegría en comparación con hacerlo en soledad. La interacción social transforma una tarea cotidiana en una experiencia emocionalmente positiva.
Desde la neurociencia, se comprobó que la socialización activa circuitos asociados al placer y refuerza el vínculo afectivo. No se trata solo de compartir comida, sino de compartir tiempo.
Además, comer acompañado reduce el sentimiento de rechazo en más de un 20%. La comida deja de ser un trámite funcional y se convierte en un momento de conexión.
Incluso se observaron efectos en la salud física: al conversar y comer sin distracciones digitales, las personas comen más despacio, mejoran la digestión y perciben antes la saciedad, lo que puede reducir el riesgo de sobrepeso.
Pantalla y salud: cómo el celular afecta las comidas
El uso de pantallas durante las comidas mostró efectos negativos. Aunque no genera tristeza directa, sí reduce la alegría en más de un 30%, aumenta el estrés y fragmenta la atención.
Comer con el celular altera la percepción sensorial de los alimentos y promueve una ingesta menos consciente, guiada por estímulos externos y no por señales reales de hambre.
El dato más contundente: el 98% de las personas come con algún dispositivo cerca. Solo una minoría lo hace sin pantalla.
En adolescentes y personas con mayor vulnerabilidad emocional, el fenómeno es más marcado. Estos grupos pasan más horas frente a dispositivos y comen solos con mayor frecuencia, lo que se asocia a mayor riesgo psicosocial.
La exposición constante a redes sociales crea una ilusión de conexión que, paradójicamente, puede profundizar la soledad y afectar la salud mental.
Comer en compañía y sin pantalla no es nostalgia del pasado. Es una práctica respaldada por evidencia científica. En tiempos hiperconectados, recuperar el valor de la mesa compartida puede ser una de las decisiones más simples y poderosas para cuidar nuestra salud y nuestras relaciones.






