En Capilla del Rosario, Guaymallén, cuando las temperaturas aún no aprietan y el día apenas empieza a desperezarse, hay alguien que ya está en movimiento. A las 6 de la mañana, con la fresca como aliada y la rutina tatuada en el cuerpo, Gustavo Carrera arranca su jornada. No necesita reloj: sabe perfectamente qué tiene que hacer. Hace 13 años que es placero y, desde entonces convirtió su trabajo en algo mucho más grande que una tarea diaria.
Cinco plazas, dos boulevares y una radio de fondo: Gustavo Carrera, el placero de Guaymallén
Hace 13 años que Gustavo Carrera cuida 5 plazas y 2 boulevares en Guaymallén. Convirtió su trabajo en una forma de vida ligada al barrio
“Gustavo, el placero”, así se presenta cuando llama a Radio Nihuil, que lo acompaña desde hace un cuarto de siglo. Pero detrás de ese apodo simple hay una historia de constancia, oficio y un vínculo profundo con los espacios que cuida.
Nacido y criado en el barrio Las Viñas, de Buena Nueva, un rincón pequeño y de raíces firmes que ya tiene casi 5 décadas, Gustavo conoce cada calle, cada vecino y cada árbol como si fueran parte de su propia familia. Está casado con Estela y es padre de 3 hijos: Jeremías, Caila y Misael. Su vida siempre giró alrededor de ese territorio que hoy, además, mantiene en pie con sus manos.
Cinco plazas y dos boulevares para mantener y conservar
Su “oficina” no tiene paredes. Son cinco plazas y dos boulevares que rodean el Polideportivo Nicolino Loche: Plaza Quino, Plaza San Javier, Plaza Covinza (como la conocen los vecinos), Plaza Hornero, Plaza Arco Iris, el boulevard del polideportivo y el de calle Capilla del Rosario. Todos espacios que, bajo su cuidado, buscan mantenerse limpios, verdes y habitables.
El trabajo empieza por lo básico, pero no se queda ahí. “Recolectar la basura que dejan, botellas, cajas de vino, pañales… todo”, enumera. Sin embargo, lo suyo va mucho más allá de juntar residuos. Antes de entrar al municipio, ya llevaba años como jardinero. Tiene 25 años de experiencia con plantas, árboles y flores. Y eso se nota.
Se detiene en los detalles que muchos no ven: el estado de un aspersor, una manguera rota, el riego justo. “Ya vengo programado”, dice. Llega y, casi sin pensar, hace un diagnóstico completo del lugar. Primero la limpieza. Después, el sistema de riego. Los aspersores —los PGP, los PGJ— suelen ser víctimas del juego, de pelotazos, del uso intenso de los espacios. Y ahí aparece otra parte de su tarea: arreglar.
Porque ser placero, en su caso, también implica ser un poco albañil, plomero y pintor. Si algo se rompe, se arregla. Si algo falta, se resuelve. Todo con un objetivo claro: que las plazas sigan siendo un lugar lindo para el barrio.
Pero hay algo más que marca sus días: el vínculo con los vecinos. “Anoche rompieron esto”, “pasó tal cosa”, le cuentan cuando llega. Esas charlas son, para él, una guía. No sólo le indican qué necesita atención urgente, sino que también lo conectan con la vida cotidiana de esos espacios.
Cuando la plaza es un lugar de encuentro que debe estar prolijo
Ahí, en ese ida y vuelta, su trabajo cobra otro sentido. Porque no se trata solo de mantener el pasto corto o los canastos vacíos. Se trata de sostener un lugar de encuentro.
El ritmo es exigente, sobre todo en verano. El turno de agua manda, y hay plazas que se riegan por cuneta. Por eso, madrugar no es una opción, es parte del oficio. A esa hora, el calor todavía no pesa y los boulevares -donde la sombra escasea- se pueden trabajar mejor.
Gustavo está acostumbrado. A levantarse temprano, al frío, al calor, al viento. A las inclemencias del tiempo y también a las del uso diario de los espacios públicos. Pero hay algo que no cambia: la compañía.
Desde hace 25 años, mientras trabaja, suena de fondo Radio Nihuil. Ahí se informa, se ríe, se enoja a veces. “En muchas cosas estoy de acuerdo y en otras no”, dice con sinceridad. Pero no la deja. Se volvió una especie de ritual, una presencia constante que lo acompaña en cada jornada.
Fue un humorista el que lo enganchó al principio. Después, la costumbre hizo el resto. Hoy, la radio es parte de su rutina tanto como las plazas que recorre todos los días.
Más que una obligación, un trabajo que ama y forma parte de su vida
Gustavo no habla de su trabajo como una obligación. Habla con orgullo, con sentido de pertenencia. Sabe que lo que hace tiene impacto. Que cada banco limpio, cada árbol cuidado, cada espacio ordenado, mejora un poco la vida de los demás.
Y quizás ahí esté la clave de todo. En entender que detrás de cada plaza prolija hay alguien que se levanta temprano, que se ensucia las manos, que escucha a los vecinos y que, sin hacer ruido, sostiene lo cotidiano.
En Capilla del Rosario, Guaymallén, ese alguien tiene nombre y apellido. Pero para muchos, simplemente, es Gustavo, el placero.








