Historia de vida

El Cholo González, ese hombre que eligió a la familia antes que la gloria

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“Una mano más, ¡solo una piña más!…”, dice, cuando el calor de esta mañana de enero de 2020 ya comienza a apretar. El sol ya cae casi perpendicular en el patio de la casa de Coquimbito y el recuerdo cae con él, recto, entonces Manuel Ricardo González, El Cholo González, lo pesca en el aire con su mano izquierda, “la mejor izquierda del país”.

“Yo quería esa mano, pero Don Paco me había ordenado que no, que me cuidara”, dice. Y él nunca lo desobedeció. “Había ganado todo con él, estaba invicto… ¿cómo iba a desobedecerle, eh?”.

Tiene el torso desnudo y el sol lo baña. La nariz chata, las manos (esas manos) enormes. Respira con alguna dificultad, se agita, indicador de algún problema cardíaco y de su sobrepeso. “Nunca fumé, nunca tomé, siempre me cuidé”, resalta. Pero los años no vienen solos y los 66 trajeron algunos achaques.

El recuerdo es del miércoles 14 de marzo de 1979. Eran las 8 de la mañana acá, las 8 de la noche en el estadio Kuramae Sumo, en Tokio. Allí, 8.000 personas, y en la TV, millones, vieron en forma directa como El Cholo González le dio una soberana paliza a Masashi Kudo. Y vieron cómo los jueces le robaron la gloria del campeonato mundial al Cholo.

Solo el árbitro venezolano Luis Sulbarán se animó a un empate en 146 por lado. Carlos Berrocal, de Panamá, falló 146-144 y Ken Morita, de Japón, falló 148-147, ambos a favor del japonés. Y fallaron. Muy feo fallaron.

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En Coquimbito todos conocen al Cholo. “Sí, Don Cholo, el abuelo de la Valentina…”, dice el niño, que debe andar por los 11 años y da las indicaciones para llegar a esa casa donde González vende, durante los fines de semana, “los mejores pollos a la parrilla de la zona. El chimichurri que hago es el secreto”, dice el anfitrión.

Es que Manuel González, salvo esos 10 años de vida boxística, entre los 16 y los 26, ha sido y es un trabajador responsable y sufrido, un hombre de familia, un abnegado. Fue trabajador de Sancor durante 30 años y de la Municipalidad de Godoy Cruz durante 35. “Me iba a trabajar a las 4.30 de la mañana y llegaba a la noche”. Ha sido siempre un trabajador, desde niño, cuando trabajaba con su padre y sus hermanos en la chacra de Rodeo del Medio. Ahora está jubilado y sigue trabajando, haciendo pollos.

Esta mañana calurosa El Cholo va a recorrer la zona en la que se crió, la de Rodeo del Medio, la de Kilómetro 11, y también va a visitar allí un incipiente gimnasio de box, para dar indicaciones y sugerencias y donde promete también ir a dar algunas clases semanales.

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En su pueblo natal dicen que “quizás todos en Rodeo del Medio nos calzamos los guantes en algún momento. La mayoría ni siquiera fue más de una semana al gimnasio, pero no quita que no hayamos querido ser como Pascualito Pérez, o los hermanos José y Américo Morales, o el hermano mayor del Cholo, Carlos Ramón, que fue campeón argentino amateur y que se retiró después de 19 peleas para volver a trabajar con su familia en la tierra”, cuentan.

“Pero de todos, el Cholo era el mejor, el más grande y encima era nacido y criado en Rodeo del Medio. Pascual Pérez también se consideraba propio, por más que hubiera nacido en Tupungato, porque había vivido un tiempo en la calle Pueyrredón, pasando Perito Moreno, y se entrenaba en la pista de Marchesky, en Santa María de Oro y San Martín. Pero el Cholo era rodomedino puro, totalmente nuestro”.

El Cholo era un hombre de trabajo, de la finca. Toda su familia lo era. Tranquilo, bonachón, amable al trato. El boxeo era para él otra forma de trabajo más, simplemente con mayores posibilidades de mejores ingresos. Y como trabajo lo tomó, esforzándose. Porque el Cholo no fue un talentoso, fue un laborioso, un dedicado.

González se hizo boxeador a los 16 años por sugerencia de su hermano Ramón. También el “Cholo” ganó cuatro títulos argentinos y otro sudamericano en sus comienzos como pugilista aficionado.

Como hombre del Mocoroa Boxing Club y dirigido por Francisco Paco Bermúdez, su debut como profesional fue en junio del ´73 en Tunuyán, con un triunfo por KO en el tercer asalto ante Juan Galletari.

En octubre del ´76, en el Luna Park ganó el título de campeón argentino de los medianos juniors al derrotar a Esteban Osuna por puntos en 12 rounds.


En mayo del ´78 en San Pablo, Brasil, le ganó por puntos en 12 asaltos a Joao Mendoca y se quedó con el cinturón sudamericano de la categoría.

“Me retiré con 26 años, siendo campeón argentino y sudamericano. La gente no lo podía creer. Yo tenía 26 años y estaba en mi mejor momento. La mujer de Don Paco me decía: ‘No se vaya González, piénselo bien´”, pero el Cholo estaba decepcionado y, después de una confusa revancha con Kudo cuatro meses después, se retiró. “No quería saber más nada. Quería trabajar y estar con mi familia”.

Aún así reconoce que sigue mirando box en la TV, pero sostiene que “ahora, en tres minutos, apenas sacan tres manos. Se tienen miedo. Se amagan, se amagan y no pasa nada”. Sostiene que “es raro, la que mejor pelea es La Bonita (Daniela) Bermúdez. Pelea mejor que los vagos”.

Algunos dirán que el Cholo es muy exigente. Es que fue protagonista de una de las mejores épocas del boxeo y, además de sus antecedentes, entre el 75 y el 79 compartió el gimnasio del Luna Park e hizo guantes con Carlos Monzón y Oscar Natalio Ringo Bonavena, entre tantos otros.

Pero sigue amando el boxeo como deporte. Le apasiona dar indicaciones, consejos. “Es un deporte muy completo”, dice.

Cuando se le pregunta quién ha sido el mejor de todos dice que Nicolino Locche fue único y, más cercano, rescata a Oscar de la Hoya. Quizás sea porque El Cholo tenía ese estilo: estético, cuidado, demoledor.

Ahora, afectuoso y amable, El Cholo sigue siendo trabajador, familiero, atento a sus afectos. Su forma de ser es su mejor título y no necesita trofeos.

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