Todos los días aparece uno. La mayoría de las veces es un cartelito, garabateado con tiza que anuncia “todo suelto”, “Papas 3 kg X $25”, “Coloco inyecciones”, “Clases particulares de matemáticas”, “Mercería / Regalería”, y así.
Cada día pasa uno más. Al grito de “¡Señoraaaaaa!”, baten las manos en la puerta y ofrecen “condimentos, orégano, ají,…”, “le corto el pasto”, “útiles escolares”, “medias, camisetas, calzoncillos…”, y así.
Esto se puede notar en casi cualquier barrio mendocino y es algo absolutamente irrefutable en el interior de la provincia. Podría definirse simplemente como un fenómeno pintoresco si no fuera porque el vecino que pone un negocito, sale a vender algo o a ofrecer sus servicios, es porque está “galgueando”, esquivándole a la crisis.
Hay de todo. Están los que tienen experiencia, los que dibujaron soluciones para esquivar la miseria de los 90, de 2001 y sus secuelas. Incluso hay quienes recuerdan experiencias similares anteriores. Después de superadas, dejaron que esos emprendimientos fueran achicándose hasta desaparecer. Algunos pocos los mantuvieron. Son los más experimentados.
Hay otros de espíritu buscavidas por naturaleza. Los que recorren las calles vendiendo condimentos son de esos. Y en esta categoría, aunque en un escalón superior, están los que siempre han vivido “de la calle”. Los que mantienen la tradición de la propaladora. Al grito de “¡30 huevos por una batería vieja!” y todos sus derivados, son los vendedores callejeros tradicionales. El pescadero que pasa lunes y jueves ya es una tradición. El lunes que no pase será el apocalipsis.
Y están los nuevos, los que brotan día a día. El perfil general es el de una familia que sostiene su trabajo, pero su ingreso quedó muy retrasado con respeto a la inflación, los espantosos aumentos de los servicios esenciales y necesitan sumar algo para, al menos, poder pagar el gas y la luz.
Esos aprovechan algún oficio aprendido en la juventud, uno que fue solo un hobby en algún momento… O quizás una compra que pueden hacer con un resto que quedó en alguna parte. Incluso algunos consiguen unas monedas prestadas y compran mercadería.
Como sea, esta gente intenta sumar algo, lo que sea. Quien queda en el hogar, atiende, mientras el resto sale a cumplir con sus trabajos normales y mal pagos.
Los testimonios son todos iguales. “Estamos tratando de sumar unos pesos”. No aspiran a más. Justamente eso habla de su angustia. El objetivo es apenas lograr la subsistencia.
Los que ocupan las carteras de Economía deberían visitar más seguido los barrios. Tendrían más consciencia de las consecuencias de sus decisiones y se les ocurrirían mejores estrategias. Y si no se les ocurre ninguna, que se pongan un kiosquito.




