"Están bombardeando la ciudad de mi tía", cuenta Elisa Aquindo Bugaychuk, nieta de ucranianos, apenas inicia la charla con Diario UNO. Vive de cerca la guerra que Rusia le declaró a Ucrania y sufre por sus seres queridos.
Boris y Parasia, los abuelos ucranianos que llegaron a Mendoza hace 100 años en busca de paz
Sus abuelos Boris y Parasia llegaron a General Alvear en 1923 en busca de paz. "Es lo mismo por lo que ahora reza mi sobrina, pero 100 años después", dice impactada, aún sin poder creer que el mundo no haya superado este tipo de conflictos.
Elisa es mendocina. En sus 58 años jamás imaginó que, aunque a la distancia, sufriría la guerra como lo hicieron sus abuelos, que emigraron rumbo a la Argentina buscando el "oro y el moro" prometido.
De aquellas promesas, "solo recibieron un 1%" pero con trabajo y esfuerzo de a poco fueron creciendo.
Buenos Aires fue el primer lugar que conocieron. Allí se instalaron unos meses porque Boris fue contratado por Obras sanitarias.
Al poco tiempo, Pedro Christophersen, un noruego terrateniente considerado el más rico y poderoso de los inmigrantes, les ofreció llegar a la colonia San Pedro del Atuel que él mismo había creado y administraba en General Alvear.
"Los convenció diciéndoles que era parecido a Ucrania" pero cuando llegaron se dieron cuenta de que no era así. Se encontraron con suecos, eslavos, franceses y otros ucranianos. "Se instalaron, trabajaron la tierra con sus manos y crecieron", cuenta Elisa.
Se compraron una finca en Carmensa, otra de las colonias administradas por Don Pedro, y más tarde adquirieron una casa en la Ciudad de General Alvear. Allí se quedaron hasta transformarse en una de las familias más reconocidas de la zona.
Las costumbres ucranianas que hicieron mella en Mendoza
"En su casa se hablaba ucraniano. Todos en la familia hablan el idioma (hasta su papá que no es de la comunidad)", dice Elisa que desde niña hizo propias las costumbres de sus abuelos.
"Las recetas que son comunes para los argentinos no son las comunes para mi", ejemplifica. "Esas que se hacen a ojo, sin tener nada anotado, solo porque las hacían las abuelas y las madres y las transmitieron", relata para contar cómo se mantiene viva la cultura ucraniana aún a miles y miles de kilómetros de distancia.
"Mi abuela cuando llegaba alguien a la casa hacía siempre una bienvenida", recuerda. Desde muy chica la llamó la atención y luego advirtió que su madre había adoptado la misma costumbre.
Cuando visitó Ucrania con cinco primos se sorprendió al ver que los recibían tal y como su abuela y su mamá agasajaban a sus invitados en Mendoza.
"Dos chicas vestidas con trajes típicos se pusieron los brazos cruzados con un rushnyk (una tela bordada rectangular) hasta el piso que desea larga vida. Sobre él pusieron un pan, que desea comida, y un poco de sal, que desea salud", dice Elisa, que ha podido inculcarle a sus hijos y a sus nietos un poco de las costumbres del pueblo de sus orígenes. Tan es así, que ahora para todos ella es la Baba (abuela).
Su familia en Ucrania
Su tía Katya, la más viejita que tiene, vive en Ucrania. "Está sola con su esposo Voloia en Bila Tserkva", una ciudad ubicada a orillas del río Ros, a unos 80 kilómetros al sur de Kiev.
No van a evacuar. Se quedarán para "defender su casa y su patria", cuenta Elisa, preocupada pero orgullosa de los valores del pueblo ucraniano y su resistencia.
Allí en Ucrania también están los primos y los sobrinos de esta mendocina que ya hace tiempo dejó Alvear para radicarse en la Ciudad de Mendoza.
Una de sus sobrinas fue mamá en medio del terror. "Se llama Victoria", dice sobre la beba. Su nombre lo dice todo. Es un fiel reflejo de la esperanza que mantiene viva al pueblo ucraniano.
Esa parte de la familia de los Buhajczuck (el apellido fue cambiando por las inscripciones en los registros civiles) no está en la llamada "zona de guerra", aunque sienten la invasión como cualquier otro ucraniano. Viven en los Cárpatos, bien al oeste de Ucrania, al límite con Moldavia, a donde muchos de los de zonas bombardeadas están viajando para alejarse del terror.
"Es un pueblo super patriota, trabajador y muy religioso", destaca Elisa sobre lo que considera son las raíces de los ucranianos.
"Cuando la Unión Soviética invadió Ucrania, fueron al pueblo de mis abuelos e intentaron que la iglesia pasara a ser un salón de usos múltiples. Las personas se sentaron en la iglesia y pasaron una semana en la nieve defendiéndola para que no se llevaran los símbolos religiosos. Lo lograron". Con esa fuerza defienden lo suyo, dice.
"No son fríos, nada es gris, nada es negro. Me dicen que soy 'cirquera' y es que lo traigo en la sangre. Es un pueblo muy alegre, todos bailan", agrega identifícándose con un ánimo que desea que vuelva más pronto que tarde.



