Arià Paco pone bajo la lupa el presente del hombre heterosexual: "Nuestro paisaje moral consiste en estar bajo sospecha"

El escritor catalán Arià Paco (Igualada, 1993), doctor en Filosofía, tiene su nueva novela: Teoría del juego. Habla del feminismo y las relaciones abiertas

Pero en la actualidad, para el escritor catalán Arià Paco (Igualada, 1933) se ha producido un llamativo vacío en su tratamiento, al menos en el ambiente donde él se desenvuelve, respecto de la postura de los hombres heterosexuales frente a asuntos como el feminismo o las relaciones abiertas.

No se trata de un vacío conversacional. Se lo habla, y mucho, en cualquier tertulia o en la esfera digital de las redes. Pero no ocurre lo mismo con la literatura.

“Los hombres están un poco de perfil. No se atreven tanto a escribir sobre esto”, señala.

Diagnóstico que lo llevó a hilvanar su nueva novela, Teoría del juego, en torno a dichas cavilaciones, luego de que, en su anterior título, Covarda, vella, tan salvatge -no traducido al español-, retratara la amistad masculina.

Desde su Cataluña natal, donde se solazan apoyando a la Argentina en este Mundial por simpatía con Messi, Paco habla con el programa La Conversación de Radio Nihuil.

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Arià Paco es un joven y destacado escritor catalán.

-Siendo un tipo joven, Arià, ¿qué te llevó a este tema del sexo, del amor, sobre todo desde el punto de vista de los hombres heterosexuales y con personajes aun más jóvenes que vos?

-Me gusta. Me gusta que me llames joven (risas). Pues no sé, yo siempre digo que escribo un poco los libros que me gustaría leer.

-¿Y en este caso?

-Me pasaba que es un tema del que se está hablando muchísimo a mi alrededor: las relaciones, la relación de los hombres heterosexuales con el feminismo, cómo ha vivido mi generación todo esto de las relaciones abiertas, etcétera.

-¿Y qué pasa con eso?

-Se habla muchísimo, digamos, en las mesas de los bares, pero en los libros parece que los hombres están un poco de perfil. No se atreven tanto a escribir sobre esto. Al menos acá. Puede ser que en Argentina sean un poco más valientes literariamente, pero en la literatura catalana se está tocando muy poco este tema.

-¿Cómo lo abordaste, entonces?

-Hay un consejo clásico de Salinger: antes que escritor, eres un lector y tienes que escribir el libro que te gustaría leer. E intenté hacer esto, aunque sabía que era meterme en un terreno arisco y lleno de peligro.

-¿Cuánto de lo que le pasa a tu "héroe", héroe entre comillas, porque es casi un antihéroe contemporáneo, te ha pasado a vos?

-Sí, es un poco antihéroe. Pues a mí, bastante poco. Intenté no tirar exactamente de vivencias porque es algo complejo. Lo había hecho para mi novela anterior, que está basada en la vida de mis amigos, en el hecho de irnos y volver a Cataluña y tal. Y me di cuenta de que no es fácil escribir sobre la gente. No le gusta a la gente. Como dice Zambra, es mejor no ser personaje de nadie.

-¿Qué giro le diste aquí?

-Tuve que hacer un poco de ejercicio imaginativo. Pero tampoco es difícil porque a tu alrededor hay millones de vivencias relacionales, de líos de todo tipo y convertir algo en material novelesco.

-Tu libro es como una educación sentimental. Tu protagonista, a medida que va creciendo en edad y en el número de relaciones, está muy enrollado, muy enroscado. Cada cosa que le pasa lo lleva a una autorreflexión permanente. No recuerdo que nos pasara a los jóvenes de antes. ¿A vos sí?

-Totalmente. No sé qué edad tienes y ni de qué generación me estás hablando. Pero me ha pasado mucho con gente, aunque tenga quince años más que yo -ahora tengo treinta y tres-, como una escritora de cuarenta y ocho, catalana, que también ha escrito un libro muy parecido, de una educación sentimental y que me decía: tu generación ha vivido muy poco el amor y lo ha pensado mucho.

-De eso se trata, precisamente.

-Es lo mismo que me decís vos. Mi generación tiene como un tapón de neurosis de pensar demasiado en el tema del deseo y culparse y todo, y sencillamente vivir un poco menos. Así que sí, es algo que llama la atención y es a lo mejor un poco extremo, pero lo quería reflejar porque creo que pasa.

-Aquí juegan tres componentes, que van juntos o separados, de acuerdo con cómo lo veamos, que son el sexo, el amor y el deseo. Detrás están la culpa y la felicidad o infelicidad. ¿Cómo lo sentís vos?

-Son cosas distintas que van juntas, sobre todo al principio. Es decir, es una educación sentimental en el sentido de que, al principio, el personaje tampoco tiene muy claro qué le está pasando, qué está sintiendo, qué es lo que quiere con cada cuadro. Y yo lo quería investigar.

-¿De qué modo elegiste el camino?

-Con la novela ya avanzada, hay un momento en el que tiene una aventura nuestro personaje con una mujer casada y llegan a una relación abierta. Y lo que se asume de esa relación es que va a ser solo sexo, solo deseo, porque, claro, esa mujer está casada; de hecho, acaba de tener hijos, por lo tanto, no debería estar buscando otra cosa.

Arià mantuvo una interesante entrevista en Radio Nihuil.

-Lógica pura.

-Lo que a mí me interesaba es que, aunque se asuma que eso solo es deseo y solo es sexo, en esa relación funciona todo menos el deseo, menos el sexo. Es decir que, al final, sí parece que esos dos están buscando un poco el amor. Y eso me interesa, que estas particiones que hacemos desde la sala de mandos, de que esto solo puede ser aquello, como un Excel de las relaciones, pues no termina de funcionar.

-Ahí está el punto más profundo de la cosa.

-Esta regulación de agentes constitucionales del amor no termina de reflejar cómo funcionan de verdad las relaciones. Terminan surgiendo más cosas y al final los sentimientos no se pueden regular tan bien.

-En tu historia, las relaciones van pasando por distintas instancias, pero en un momento se menciona "ese todo que es el sexo, que lo alcanza o lateralmente lo habita todo". ¿Es tan omnipresente el sexo en nuestra sociedad?

-Yo quería ensayar que sí. Al final, el narrador de la novela es como un ensayista que se puede permitir cosas que tú como escritor no te permitirías. Si ahora me dices, ¿afirma categóricamente que el sexo está presente en todo?, pues a lo mejor no lo tengo tan claro. No estoy preparado para afirmarlo.

-Por eso la pregunta.

-Pero como narrador de novela sí tenía esta sospecha de cuantísimas cosas están mediadas por el atractivo, por la presencia posible del sexo y todo esto.

-¿Sospecha fundada?

-Creo que, sobre todo a ciertas edades, en ciertos círculos, mueve muchísimas más cosas de las que parece, sobre todo en un mundo que es lo que yo llamaba -no lo he sabido traducir- sex negative.

-Figura en tu novela el término, pero vale recordar aquí qué es lo sex negative.

-Es este concepto americano de una sociedad en la que se mira el sexo con mucha sospecha. De entrada, si me hablas de sexo, si me hablas de deseo, pienso que es algo que está bajo sospecha, que es negativo, que es problemático, que es peligroso. A esto le llaman el sex negative.

-¿Cómo lo trasladamos a nuestra realidad?

-Yo pensaba: ¿estamos en una sex negative society, en una sociedad así? Pero en el fondo todos tenemos estas intuiciones y este llamado, esta cosa tan básica. Por ejemplo, en un grupo de amigos están cinco chicos heterosexuales que se comportan de un modo. Y de golpe aparece la novia de uno de ellos y ya todos se comportan distinto, aunque no tengan ningún interés en nada, obviamente. Porque es la novia de su amigo. Pero ya su presencia lo hace funcionar todo distinto. A mí me interesa este mecanismo psicológico, que realmente está bastante omnipresente.

-Ernest está escribiendo un ensayo, como decías. ¿Ese es el ensayo que vos te hubiera gustado escribir a vos?

-(Ríe) Muy buena pregunta. No. De hecho, el ensayo este es un poco una broma y se refiere más a mi libro anterior, que es una novela.

-Covarda, vella, tan salvatge.

-Sí. En catalán, no está traducido al español. "Cobarde, bella tan salvaje", así sería. Son unos versos de un poeta catalán (Salvador Espriu) y hablan sobre irse y tal. Es una novela sobre la amistad masculina, porque es algo que me sucedió a mí, de irme.

-¿Cómo fue ese periplo?

-Me fui a hacer un doctorado a Arizona, en Estados Unidos. Mis mejores amigos se fueron, uno a Madrid, el otro a Alemania, etcétera. Un poco todos emigraron.

-¿Qué pasó después?

-Luego, al regresar, pues está esta cosa de la amistad masculina, que tiene algo tribal, de que nos queremos mucho, pero ya tenemos muy pocas cosas en común.

-¿Y por qué la necesidad de completar el sentido de estas relaciones?

-Cuando hice el libro me di cuenta de que la recepción de las novelas está basada en etiquetas. Yo escribo sobre la amistad de los amigos de toda la vida y a mí me llamaban de los sitios para hablar de nuevas masculinidades.

-¿Cuáles, en el caso de ustedes?

-Eso me hacía mucha gracia, porque pensaba: mis amigos y yo no tenemos nada de nuevas masculinidades. ¡No podemos ser más antiguos! Y por eso hice la broma de que Ernest escribe un ensayo sobre los hombres y le llaman a hablar de nuevas masculinidades.

La tapa de Teoría del juego.

-Tal cual, entonces.

-Esto sí que estaba basado en mi experiencia escribiendo y era una broma, porque, de hecho, dentro del libro ya hay bastantes comentarios de cómo se recibe el que escribe sobre hombres. Si escribes sobre hombres, se supone que estás escribiendo sobre nuevas masculinidades.

-¿Y ahora qué?

-Yo no lo anticipaba tanto, pero también ha pasado con Teoría del juego. La gente dice, ¡ostras, aquí no hay nuevas masculinidades! ¡Me las habías prometido! (risas).

-¿Sí?

-Yo creo que no las había prometido, pero, bueno... tal vez.

-Ahora bien, Arià, ¿qué es una nueva masculinidad? ¿Qué significa en tu entorno? ¿Cómo la definís? ¿Y hacia dónde debe ir?

-Ya te digo, es algo en lo que casi te diría que no creo. No creo. Es exagerado. Pero está claro que no tengo ni una receta ni algo tipo de: fíjate, estos hombres son distintos en A, B y C. La receta de su personalidad es otra. No.

-¿Dónde te parás, pues?

-Lo que creo sencillamente es que los hombres ahora son distintos, aunque sea solo en el sentido de que se están planteando cosas que antes no se planteaban. Se están moviendo en un ambiente muy distinto moralmente en el que se sienten, no sé, llámale culpables, llámale, de algún modo, los malos de la película, que es algo nuevo. Todo esto les afecta cómo se relacionan.

-Ninguna duda al respecto.

-Qué sean unas nuevas masculinidades, entiendo que es una etiqueta que está pensada para decir: el modo bueno de ser hombre es este. Y no creo que esto esté resuelto, porque, en realidad, nuestro paisaje moral consiste sencillamente en estar bajo sospecha. Entonces no me interesaba tanto.

-¿Te queda alguna conclusión al respecto?

-Tengo una receta de la nueva masculinidad, sí. Un poco reírme de este intento de ser distintos cuando, en realidad, pues tenemos un montón de cosas grabadas a fuego dentro que, sin duda, como generación, no nos hemos sabido quitar de encima.

-Hablando de ironías, en ciertos pasajes te las aplicás a vos mismo. En un momento Aurora lee que el propio Ernest dice "que en los libros el sexo es malo, no porque se describa mal, sino porque se describe: el sexo no es físico". Y vos todo el tiempo estás describiendo sexo en tu libro.

-Sí, es verdad. Tendrá que juzgar el lector qué tal es el sexo en mis novelas. Pero mi idea es que yo quería describir el sexo y no escribir algo físico. Es decir, cuando describí el sexo no quería escribir una escena visual, no quería hacer una descripción de los cuerpos, del tacto, de la piel.

-Pero, disculpame, entre Ernest y Aurora hay pasajes hasta de sexo duro, te diría.

-Sí, pero el sexo duro yo diría que se basa menos en lo físico y más en la conversación. Es lo que yo he intentado. Sin duda es criticable.

-¿Cómo es eso de que se basa más en la conversación?

-Como decía, el sexo lo quería escribir como una conversación. Son más importantes las cosas que se dicen, los roles que se adoptan, etcétera, que lo que hacen los cuerpos exactamente.

-¿Y respecto de la cita de Ernest?

-En cuanto a esta cita de que el sexo es malo en los libros porque se describe, me refería a eso. A mí pasó. Los Bad Sex Awards hicieron una fiesta en Cataluña. Querían darle un premio a la peor escena de sexo escrita en catalán el año anterior. Y fue precioso, una fiesta muy divertida.

-¿Quién la organizó?

-El título no es original, está copiado. No me acuerdo quién lo hizo, a lo mejor fue The New York Times o algún diario americano. Aquí se les ocurrió a los de El País de Cataluña, que tienen una sección de cultura muy buena, sobre los quince peores fragmentos sexuales.

-¿A vos te alcanzó?

-Eso fue en 2024. Por suerte mi novela no existía y yo no podía ser candidato. Pero sí me fui a leer eso mientras yo estaba escribiendo Teoría del juego y me di cuenta de que algo que tenían en común las doce o trece de las quince peores escenas era que intentaban hacer metáforas visuales del sexo. Había una que, me acuerdo, le llamaba al pene algo así como un champiñón o una seta de algún tipo (risas).

"Tengo una receta de una nueva masculinidad", cuenta Arià.

-¡Cómo no premiarla!

-Entonces pensé: esto no es nada sexual. El sexo no te permite casi poesía.

-¿En qué sentido?

-Es decir, esto justamente depende de los países. O sea, lo que voy a decir a lo mejor va a sonar mal. Pero el momento en el que a los pechos les llamas senos, ya es un poco menos sexual, ya es más poético. No sé cómo funcionaría esto en Argentina, pero en Cataluña está muy claro cómo le tienes que llamar a cada cosa dentro del sexo, porque si no ya es cursi, ya es poesía mala.

-En efecto. La línea que separa una cosa de otra es muy delgada.

-Por lo tanto, me di cuenta de eso, de que no había que intentar hacer descripciones físicas porque no se dejaba transmitir el sexo a la palabra poética, sino que se convertía en algo cursi y asexual. En cambio, los roles, las conversaciones, sí que aguantan mucho más.

-Bueno, nosotros solemos comentar lo mal que le va al sexo explícito en las películas y en las series de hoy porque, como ya hemos visto todo, se torna aburrido. Ya no saben qué hacer para despertar interés. Entonces terminan haciéndolo sobre la mesa de la cocina o en el ascensor.

-Sí, sí, totalmente. Es muy difícil, es muy difícil de trasladar a la ficción.

-No hace tanto, al menos en Argentina, cuando había una fiesta, los hombres solían ir en busca de las chicas. Hoy ellos y ellas parecieran permanecer reunidos en sus propios grupos de amigos. ¿Todo esto tiene que ver supuestamente con la nueva masculinidad? ¿O también un poco con el feminismo? ¿Cómo se vive este asunto en tu tierra?

-Pienso mucho en eso. Y a lo mejor si esto fuera una entrevista en Cataluña Radio, os digo la verdad, me pensaría más esta respuesta porque no quiero que la gente se enfade, etcétera. Pero como sé que no me están escuchando los de mi tierra, en Argentina voy a decir cómo yo lo veo.

-Adelante. Con toda tranquilidad de conciencia.

-Pues pienso que en los hombres que más atención le han prestado al feminismo, lo que hay es mucho bloqueo. Hay mucha confusión. Sienten que todo lo que hacen está mal, tienen como miedo de ser el agresor o de ser el pesado o de ser el insoportable.

-¿Con qué resultado?

-Justamente esto selecciona a favor de los hombres que no le han dado ninguna importancia al feminismo, que siguen siendo valientes y yendo a hablar con la chica que les gusta y ya está, sin neurosis. Lo veo mucho esto a mi alrededor y sin duda también es algo con lo que yo mismo he lidiado.

-¿Cómo es eso?

-Como un punto en el que lo has interiorizado de mal modo. Sencillamente te ves como un agente de peligro, un agente bajo sospecha y piensas que tu deseo está mal. O incluso llegué a pensar que el aprendizaje fuerte que te da la moral social...

-Perdón, ¿a qué le llamás moral social?

-Le llamo moral social a esto, a este paisaje de cómo tienes que interiorizar cómo comportarte en el tema de las relaciones heterosexuales. Decías, pues, que el aprendizaje que te da la moral social es un poco interiorizar que el deseo de un hombre es algo repugnante.

-Hemos llegado a ese colmo.

-Es algo que lo ves todo el día por Twitter, por memes: este hombre desea. Que un hombre desee es algo, de entrada, repugnante. Y entonces, al interiorizar esto, si tú eres débil, si tú no tienes muchísima confianza o seguridad en que lo que pasa en tu interior está bien, genera mucha confusión y hace que haya muchos hombres en un estado de parálisis.

-¿Qué secuelas te ha dejado?

-Esta es una fase que pasé. De hecho, antes has dicho que mi personaje es un poco más joven que yo. Y creo que sí, que está basado en una fase del aprendizaje. Ahora estoy bastante más tranquilo con mi heterosexualidad, pero sí hubo unos años de sentirme sencillamente culpable por estar de noche y de golpe desear o estar interesado en alguien y querer darle conversación.

-Hay una línea, aplicada a uno de los amigos de Ernest, que, en cuanto a actitud corporal, lo explica todo: "Roger domina a la perfección la constricción masculina, la cabeza gacha con la que los hombres escenifican que se arrepienten de serlo".

-(Sonríe) Totalmente. Este momento de la novela me interesa muchísimo a mí, cuando él aprende eso. Está entre sus amigos, los hombres que han aprendido que lo que tienen que hacer es escenificar, que todo les parece excesivo, que lo que hacen los hombres está mal, etcétera, aunque ellos lo hayan hecho ayer y lo vuelvan a hacer o tengan pensado volver a hacerlo mañana.

Otra definición de Arià : "Que un hombre desee es algo, de entrada, repugnante".

-Una comedia, como decís.

-A mí me interesaba que al personaje se le diera un poco mal, que fuera un poco difícil para él de interiorizar, pero que se la fuese encontrando.

-Hablamos de deseo, algo que pareciera normal, tanto en hombres como en mujeres de todas las edades. ¿Cómo encaja esto el sexo? La duda apunta a que, supuestamente, ahora hay mucha más libertad, hay redes, exposición, OnlyFans, de todo lo que uno quiera, pero, a su vez, se dice que los chicos tienen menos sexo que antes. ¿Cómo lo ves?

-Me interesa mucho también. Y sí creo que ya tiene que ver con la generación por debajo de la mía. Es decir, si escribiera un libro que hablase de eso, el personaje no sería de los noventa, sino nacido en 2004, supongo. Pero sí, tengo la impresión de que la cuestión tiene que ver con Internet.

-¿Por ejemplo?

-Yo ya hablo un poco del porno en la novela y es algo que hay que poner sobre la mesa. Es un tema literario. Todos los temas que nos transforman moralmente necesitan la atención literaria del mundo.

-¿Cómo lo interpretamos, desde ese punto de vista?

-En un mundo más narcisista, más de satisfacer tu deseo, más de estímulo constante e ímpetu, la realidad de las relaciones, que siempre es un poco más imperfecta, más lenta, etcétera, cada vez choca más con la inmediatez de la satisfacción online. Y esto puede hacer que haya sencillamente poco interés en ensuciarse moralmente.

-Un mirar para otro lado...

-Sobre todo, imagínate, si sumamos todo lo que hemos estado hablando, si encima me gusta una chica, me siento un poco culpable por cómo la deseo, por el hecho de que me gusta, por lo que quiero hacer, mientras que en Internet nadie me juzga y a mi fantasía alguien la va a satisfacer en algún sitio. Pues esto complica que las cosas funcionen y es algo de lo que hay que hablar.

-Buena consigna, para este momento.

-Es decir, ponerlo bajo la alfombra, generacionalmente, solo les va a traer problemas. Ya te digo, esto me parece que no tiene tanto que ver con mi generación que, por suerte, no me parece que sea tan contraria o tan menos sexual de lo que se habla, pero sí lo veo en los más jóvenes; o lo intuyo, vaya.

-En alguna de tus entrevistas, hablando de estos temas, vos decís que el amor es el asunto más complejo y no el deseo, porque éste es un sentimiento más animal. Y reflexionando al respecto, pareciera ser exactamente al revés.

-Aja. ¿Por qué?

-Porque si todo respondiera al deseo animal, sería más tranquilo y ordenado. Los animales se ponen en celo cada tanto, con regularidad, tienen relaciones para continuar la especie y vuelven a lo suyo. En cambio, con nosotros, lo humanos, ocurre lo opuesto. Deseamos todo el tiempo y ya ni siquiera nos estamos reproduciendo, cada vez tenemos menos hijos.

-(Sonríe) No creo que estemos tan en desacuerdo. A lo que yo me refería en la entrevista, y lo volvería a decir, es que, como tema literario, el amor es mucho más interesante, justamente por lo que dices tú, de que al final el deseo es algo relativamente fácil de entender y que cada sociedad tiene sus códigos de cómo lo regula y lo que permite y lo que no. Al final es algo relativamente sencillo.

-¿Y el amor, entonces?

-El amor es algo terriblemente complicado, no solo de ejercer, sino de entender. Es un aprendizaje de toda la vida. Es muy largo el periodo que tú llamas amor. Solo es un enamoramiento narcisista de un ideal que tú te has fabricado, de una película. Es muy larga esta fase de la vida.

-¿Muy larga cómo?

-A lo mejor tienes treinta años y todavía no has salido de allí. Y eso me parece muy interesante. Siempre pienso en (Iris) Murdoch, en su idea de que el amor es realmente ver al otro. Es un tema literario que para mí no se agota.

-¿Por qué?

-Es decir, yo voy buscando novelas de amor. Y si me preguntan si Teoria del joc, Teoría del juego, es una novela de sexo o de amor, digo: espero que sea una novela de amor, porque sencillamente me parece un tema literariamente más rico.

-La idea del deseo como un centro problemático es porque, en la sociedad actual, todo juega con nuestro deseo. Para venderme algo me tientan con cuerpos de mujeres o de hombres, me tientan con productos en las redes, el algoritmo me inunda de ofertas que sabe que me interesan. Es decir, están azuzando nuestro deseo de una manera brutal, lo cual deriva en una pandemia de ansiedad. Y esa ansiedad nos lleva a la ruptura de todo esto que estamos hablando.

-En esto tienes razón. El amor es un tema, a lo mejor, universalmente más rico, pero ahora mismo estamos en una sociedad del deseo. Y si queremos hablar de nuestro problema principal como sociedad, sin duda tenemos que mirar al deseo. Estoy muy de acuerdo con esto.

Arià en ocasión de recibir un premio de Anagrama.

-Una telaraña.

-Todo está enfocado y nosotros aprendemos a mirar todo lo que tenemos alrededor desde la perspectiva del deseo, todos los amores, todos los intereses. Todo, en general, todo está basado en el deseo. Esto va a más y es muy difícil escribir sobre ello, porque escribir, en el fondo, es ir a encontrar la contradicción en la que vivimos. Pero tenemos que estar preparados para mirarla y que nos choque, ¿no?

-Sí, que no nos deje indiferentes.

-Es como, si somos un adicto a algo, no te va a servir que te muestren que estás todo el día tomando una droga, porque tú vas a decir: sí, sí, esta es mi vida.

-Otro punto. Venimos de sociedades conservadora que, en los sesenta y setenta, padecieron la liberación de las costumbres vía sexo, droga y rock and roll. Pasado un tiempo, pareciera que hoy se ha reinstaurado una sociedad más moralista todavía, con los preceptos woke, las cancelaciones, el feminismo duro. ¿Se puede decir que nos sentimos más cohibidos que en los sesenta?

-Yo creo que ahora conviven muchos mundos. Esto pasa en general, en diversos temas. Igual, hace sesenta años el famoso era el famoso; y era el famoso para todo el mundo. La televisión era la televisión; y era la televisión para todo el mundo. Ahora cada uno está viviendo en su mundo.

-El mundo se ha vuelto más diverso, en resumidas cuentas.

-Por eso, si yo digo una cosa, me voy a equivocar. Si yo digo ahora que el hombre está más cohibido, existen los que viven en un mundo en el que el hombre está menos cohibido que antes y es más machista que nunca, si quieres. Y en ese mundo van a pensar Arià Paco no tiene ni idea de lo que está pasando. Y van a tener razón. No tengo ni idea de lo que pasa en su mundo.

-¿Y qué pasa en tu mundo?

-Mi mundo, a lo mejor, es demasiado pequeño y esto puede ser un problema. Pero creo que en mi mundo sí ha habido un poco de regresión en cuanto a lo que venía a ser la revolución sexual. Se ha ido para atrás, se ha vuelto a lo que antes decía, a lo sex negative; ha vuelto la sospecha y, en general, no están las cosas solucionadas para nada.

-¿Sobre qué, principalmente?

-Diría que, principalmente, respecto a lo heterosexual. Porque todo lo queer sí ha luchado y ha conquistado su espacio, se ha afirmado, ha trabajado mucho para que entendamos que no está mal desear esto, desear aquello, etcétera.

-¿Entonces?

-Este trabajo se ha hecho para todo, pero todavía el deseo heterosexual no sabe cómo moverse en estas coordenadas.

-En medio de este flujo y reflujo de las posturas, Ernest no para de auscultarse y dice, en un momento, que será, desde entonces, alguien obstinado en ese amor, pero amará como se supone que amaban los hombres, silenciosa e intuitivamente. O sea, es tan rica la materia del amor que te permite todo este tipo de reflexiones.

-Sí, es un tema precioso porque te das cuenta de que casi todo lo que te ha pasado en la vida, lo has pensado poco; y si rascabas un poco, era amor. Me acuerdo del momento en el que se habla de su mejor amiga en el instituto, que está enamorada de su mejor amigo y él está enamorado de la de la amiga de la mejor amiga.

-Todos amores cruzados.

-Y ellos casi son amigos por eso, porque los dos están enamorados del amigo del otro. Es ese momento en el que se parece mucho realmente lo que sientes por tu mejor amigo y lo que sientes por la persona de la que estás enamorado.

-Sentimiento muy cercano uno de otro.

-Esta fascinación, a los quince años, por una persona distinta de ti, es algo muy fuerte. Es algo que nunca habías mirado de verdad, que nunca te habías parado a pensar. Se parecen mucho, estos dos amores se parecen mucho.

-¿Y qué se hace con eso?

-Cuanto más rascas, más le ves interés literario. Y para mí, algo muy bonito de este libro fue darme cuenta de lo mucho que pensaba escribiéndolo. O sea, yo tenía tres ideas cuando me ponía y en el texto salían doce.

-¿Por eso le hacés escribir un ensayo a Ernest?

-(Ríe).

-En este sentido, ¿a vos te sucede, como a Ernest, que, a la hora de hablar sobre temas profundos, de la vida y esas cosas, se te da más con las chicas, con las mujeres, que con tus amigos o tus amigotes?

-Sí, sí, me ha pasado toda la vida. Por eso escribí el libro anterior sobre la amistad masculina, porque me interesaba esto de ser tan amigo de mis amigos y, a la vez, no hablar de los temas importantes con ellos.

-¿De qué manera ocurría esto?

-Yo soy ese tipo de hombre raro que tiene amigas con las que habla mucho, que está muy cómodo en un grupo de chicas, sin ser el amigo gay, ¿no?

-¿Con qué resultados, en definitiva?

-Este espacio un poco raro en el que me he movido como hombre heterosexual, supongo que me ha llevado a plantearme más cosas respecto a todas estas estas dinámicas, por decirlo así.

-La última. ¿A vos tampoco te gusta el fútbol como a Ernest?

-Me gusta poco, la verdad. Estoy siguiendo un poco el Mundial porque quiero mucho a Messi, ya que estuvo en el Barça.

-Es curioso, pero nos hemos ido encontrado a muchos catalanes haciendo fuerza por Argentina gracias a Messi.

-También porque, al final, como somos nacionalistas catalanes, no nos acaba de encantar la Televisión Española, tenemos otros problemas. No me meto más, pero, sí, nos gusta encontrar otro amigo en el Mundial, digamos.

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