Mendoza era el paraíso. Yo había dejado todo en Bahía Blanca para empezar de nuevo en esta tierra maravillosa. La punzada en el corazón aparecía cada vez que hablaba con mis padres, cuando pensaba en mi casa —esa que tanto amaba—, en la escuela de los chicos, en las amigas de toda la vida. Pero Mendoza era Mendoza.
Ya se había consolidado como esa provincia fuerte, turística, deseada. Había rumores de que pronto para entrar se iba a necesitar casi un pasaporte. “Nada tonta para elegir”, me decían desde Bahía cuando subía fotos, todavía asombrada, de las acequias, los aguaribay de mi barrio, el parque, la montaña. Qué hermosa provincia. Intentaba que mis hijos, que entonces tenían 13 y 15 años, la amaran tanto como yo empezaba a amarla.
Se hablaba del coronavirus, sí. Esa palabra larga, lejana, casi ajena. Como periodista había hecho algunas notas. Pero era impensado que ese virus raro llegara a la Argentina. ¿De qué hablan? Parecía algo de otro mundo, de otras realidades.
Hasta que todo empezó a cerrarse como un embudo.
Cada día traía un rumor nuevo. Cada conversación tenía un tono más extraño. Algo no encajaba. Y de repente, el anuncio. El presidente anunciando las restricciones. El aislamiento. El encierro.
¿Qué? ¿Cómo? ¿Encerrada hasta nuevo aviso?
Y mis padres. Y mis hijos sin amigos. Y esa vida nueva que recién empezaba a construirse… ¿pausada? ¿congelada? ¿suspendida?
El 20 de marzo no fue un día más: fue un quiebre
El 20 de marzo de 2020 no fue un día más. Fue un quiebre. Un antes y un después. Un tsunami silencioso que arrasó con todo lo que creíamos seguro.
Y ahí empezó todo.
Porque no fue solo el encierro. Fue el miedo. El desconcierto. La sensación de estar en una provincia nueva, todavía ajena, con una vida que no terminaba de echar raíces… y de golpe, sin salida.
Era como estar dentro de un “Gran Hermano” involuntario, en una casa que no era del todo propia, en una ciudad que todavía estaba aprendiendo a ser mía, con un futuro completamente incierto.
Los días se hicieron largos. Pesados. Repetidos.
Las noticias eran un conteo constante de contagios, de muertos, de restricciones. El mundo se achicó a cuatro paredes. Y dentro de esas paredes convivían el miedo, la ansiedad, la culpa por estar lejos, la angustia por no poder abrazar.
Mis hijos, encerrados. Sin escuela, sin amigos, con el celular como única ventana. Yo, con una búsqueda laboral que parecía disolverse en el aire.
Y afuera… un silencio que era incertidumbre.
Pero en medio de ese encierro, algo empezó a moverse.
Quise salir a ver. A contar. A entender qué estaba pasando más allá de mi propia historia.
Y entonces empecé a entrar en otras casas.
Casas sin conectividad, computadoras ni teléfonos, el recuerdo vívido
Casas sin conectividad. Sin internet. Sin computadoras. Sin celulares. Familias enteras compartiendo espacios mínimos. Desempleo. Ollas populares. Comedores desbordados. Niños sin escuela, no por falta de ganas, sino por falta de todo.
Ahí el nudo se volvió más profundo.
Porque el encierro no era igual para todos.
Que muchos contaban las comidas.
Que mientras algunos nos quejábamos del aburrimiento, otros luchaban por sobrevivir.
Que la pandemia no solo enfermaba cuerpos: desnudaba realidades.
Cada casa era una historia. Cada puerta que se abría era un mundo.
Entraba con barbijo, preguntaba, escuchaba. Y lo que encontraba muchas veces superaba cualquier ficción. Historias de pérdida, de lucha, de resiliencia, de amor en medio del caos.
La solidaridad también apareció como un hilo invisible que sostenía todo. Vecinos ayudando a vecinos. Manos que se extendían sin preguntar demasiado. Por primera vez, de verdad, todos éramos iguales en algo: vulnerables. Temerosos. Humanos.
Y en ese escenario duro, crudo, incómodo… encontré mi lugar.
La pandemia que me cambió y también me empujó
Con el diario del lunes, puedo decirlo: la pandemia me rompió, pero también me empujó.
Me empujó a salir —cuando se podía— a buscar la historia. A meterme donde antes quizás no hubiera llegado. A escuchar lo que no siempre se dice. A mirar donde muchos no miran.
Me abrió una puerta. Hoy, seis años después de aquel 20 de marzo que nos cambió la vida, sé que ese encierro no fue solo oscuridad.
Fue también el origen de una manera de hacer periodismo. De un compromiso. De una forma de contar.
Las historias que hoy elijo narrar —las de la gente anónima, las silenciosas, las que no siempre tienen lugar— nacieron ahí. En ese momento incómodo, doloroso, incierto.
En ese encierro que parecía no tener sentido.
En medio del miedo, de la pérdida, de la distancia y de la fragilidad, también aprendimos algo esencial:
Que incluso cuando el mundo se detiene, la vida —y las historias— encuentran la forma de seguir.







