Silvia Plager (Buenos Aires, 1942) acumula, en su amplio recorrido, pasión y sabiduría.
Silvia Plager señala cuál es límite de edad para el amor: "Nunca se termina ese poderoso sentimiento llamado deseo"
Apasionada y sabia, la escritora Silvia Plager (84) presentó la novela Sin Canje, centrada en la historia de dos mujeres, tía y sobrina, abocadas a construir una relación valedera y duradera
Silvia Plager ya escribió cerca de 30 libros.
Foto: YouTubeLa sabiduría le viene de haber vivido ochenta y cuatro años con intensidad, con lucidez, sobre todo con curiosidad. Una curiosidad inapagable. Sus casi treinta libros publicados son una prueba contundente.
Recomendadas
La pasión le viene de adentro. De su propia fuerza interior y de sus convicciones. La ratifica el título de su nueva novela, Sin canje. No se abandona lo que constituye a cada uno. No es negociable.
Básicamente, la historia se centra aquí en dos mujeres, Laura, de sesenta y cinco años, y su sobrina Valeria, casi una hija.
Ambas se abocan al empeño de cualquier destino humano: cómo construir una relación valedera, duradera, que progrese hacia una posible felicidad.
Pero la tarea de Laura es, de las dos, la más compleja. Guarecida en una vivienda de Bariloche que le facilitó su amiga de siempre, Catalina, conoce a un profesor unos años más grande. ¿Tienen fecha de vencimiento el amor, el erotismo, la sed de novedad?
¿Cuándo se le pasa el cuarto de hora a cada uno?
Pequeñas grandes preguntas.
Por su parte, el viaje de Valeria a Ámsterdam la implica, a través de su novio, en la cuestión antisemita, otro fantasma que hoy recorre el mundo.
Para Silvia, cuyos padres fueron inmigrantes judíos y con parientes cercanos fallecidos en la Shoá, no es una materia menor.
Temas, todos estos, que se desgranan en la siguiente entrevista para el programa La Conversación de Radio Nihuil, en cuya introducción mencionamos la visita de Gonzalo de Garcés dentro del ciclo Autores por los Caminos del Vino.
-Hola, Silvia, ¿qué tal?
-Bien, contenta de escucharlos y hablar un poco de mi amigo y colega Gonzalo Garcés, a quien envidié cuando se fue por los caminos del vino.
-¿Por qué tanta envidia?
-Porque yo hice mi luna de miel en Mendoza, hace dos mil años. Adoro Mendoza. Fui muchas veces.
-¡Qué bárbaro! Vamos a tener que invitarte a presentar tu libro.
-(Ríe) Además, en todas mis novelas no puedo evitar que alguien esté tomando un vino. No puedo.
-En Sin canje, de paso, tus personajes no tienen ningún problema en destapar una botella.
-(Ríe) No. Nunca falta un episodio en el que estén necesitados de una copa para celebrar la vida, para olvidar una pena. Siempre está a mano el vino como buen compañero; siempre hablando de compañía y no de exceso, por supuesto.
-Esto de disfrutar las cosas de la vida vos lo debés encontrar también escribiendo. Llevás publicados más de veinte libros y no parás. La tuya es pasión envidiable.
-Mirá, por un lado, te doy la razón. Es envidiable porque pronto van a ser veintinueve libros.
-¡Todo un número!
-Suena impresionante, pero, si te ponés a pensar, no es tanto, porque yo soy una mujer grande.
-¿Con qué continuidad?
-Según cómo haya sido la vida. Hay momentos en que se te presenta la posibilidad de escribir en cuatro años dos o tres libros. Y después hay épocas en que pasan siete u ocho años sin escribir nada por equis razones o porque estás muy ocupada. Es así la cosa. No es una oficina en la que tengo que estar de tal hora a tal hora.
-En una producción de ese volumen te has abocado a asuntos diversos. ¿Qué te llevó a escribir Sin Canje sobre el tema del amor maduro?
-Ese no es el tema central. Sí lo es para la protagonista, Laura. Pero está el otro amor, que es el de la dificultad que enfrentan los más jóvenes.
-Sí, claramente se trata de otro registro.
-Es pensar en el futuro, cuando vos tenés veinticinco, treinta años y también una relación amorosa. A vos eso te trae un conflicto, porque siempre, cuando son mundos diferentes, uno tiene que amoldarse al otro y sufre con el otro.
-De eso se trata, ¿no?
-Pero también se piensa en tener hijos, en la familia, en un mundo caótico. Mientras que, si se logra en esa mujer de sesenta y cinco, sola, con un señor viudo de setenta y cinco, lo que quise mostrar es que nunca se termina ese poderoso sentimiento llamado deseo.
-¿Cómo opera el deseo a esa altura?
-No es que una se enamora con todas las hormonas y con todas las cosas como cuando se tiene dieciocho, porque es como todo. Hay etapas para la vida. Vos no podés correr una maratón poniendo a uno de setenta con uno de veinte o de treinta. Va por categorías, salvo que sea una maratón libre en donde la gente da lo que puede y chau.
-Lo cual no corresponde.
-Pero, en general, es así. El amor va mutando. El tipo de pasión va mutando. La gente que no es sana psíquicamente lo puede tomar de manera obsesiva. Pero, dentro de lo que es la compañía, el deseo de encontrar cosas en común, el probarse a sí mismo que mientras una está viva, la cercanía de la muerte no te debe impedir que vos estés aprovechando ese changüí de años que nos dio la ciencia.
-Ni qué hablar. Siempre hacia adelante.
-Yo no quiero irme a siglos tan anteriores donde la gente moría a los treinta años, donde tenía diez hijos y sobrevivían dos. No quiero irme a épocas tan dramáticas. Pero sí voy a mi propia infancia y me acuerdo de mi propia madre, de mis tías, reprendiendo a mi pobre abuela, que era también viuda.
-¿Qué le decían a la abuela?
-Como tenían una boda, le decían: ¡pero, mamá!, ¿cómo te vas a poner una manga corta? ¿Cómo te vas a poner un vestido que no sea negro o con florcitas blancas?
-¡Pobre nona, es verdad!
-Los hijos les marcaban a los padres mayores lo que les parecía la conducta que tenían que seguir para ser unos viejos dignos.
-Vos decís que tu novela habla del amor de dos mujeres, pero las peripecias de su sobrina Virginia están dentro de parámetros más estandarizados. Para Laura, en cambio, a los sesenta y cinco, el asunto es otro. Por ejemplo, en uno de los tantos diálogos con su amiga Catalina, esta le dice: "Enamorarse a nuestra edad, ¡por favor! Todas mis amigas están hartas de sus maridos, amantes o amigos circunstanciales. Es bueno conocer gente distinta".
-Lo que pasa es lo que hace el tiempo cuando la relación no es sólida. La gente antes se casaba y eran ancianos a los cuarenta y pico, cincuenta años. La vida era mucho más corta.
-¿Cómo lo abordamos hoy, entonces?
-Ahora vos tenés tus achaques con este señor de setenta y cinco y tenés el concepto de que tu cuarto de hora ya pasó, esa frase común.
-Ahí está la clave del asunto.
-Pero ¿quién define cuál es el cuarto de hora que pasa de cada uno? Cada uno puede enfrentarlo como quiere. Lo que sucede es que dicen peyorativamente lo del cuarto de hora porque consideran que, bueno, si vos ya pasaste una tranquera de edad determinada, lo que te queda es poco.
-¿Cómo saberlo, además?
-Es que ese poco está desvalorado porque se relaciona con el almanaque. Y nosotros no tenemos que medir el poco cronológicamente. El poco y el mucho tienen que ver con la intensidad con que se vive.
-Incuestionable.
-Hay un refrán muy simpático que dice: la juventud es algo demasiado bueno como para dejársela a los jóvenes (risas).
-¿Adónde apunta?
-En el sentido de que los jóvenes desperdician a veces su tiempo y después, cuando somos grandes, decimos ¿por qué no le hice caso a mi vieja, a mi viejo?; ¿por qué no estudié esto, por qué no aquello otro, por qué me hice tan amiga de esa chica o de ese muchacho que lo único que querían era aprovecharse de la situación de que yo tenía la moto o tenía un auto o tenía dos bicicletas? Lo que a vos se te ocurra. Pero lo pensás después.
-Tarde piaste.
-En el entretanto, te dejás llevar por la vorágine, por las fiestas, por salir en grupo. Y después llega un momento en que comenzás a sentir la soledad.
-¿Con qué peso?
-Pero la soledad no es si vos sos viudo o estás soltero. Es la soledad de otro tipo, la soledad de estar acompañado a veces con gente que no te comprende, porque la sexalescencia es como la adolescencia.
-¿Cómo sería eso?
-¿Viste que hay adolescentes que son amorosos y otros que tenés ganas de acogotarlos, de alguna manera, porque no hay nada que los conforme, están en contra de todo? Bueno, hay gente que después de los sesenta o setenta se vuelve lo que yo llamo los viejos chinchudos (risas). Pero no todo el mundo es así. Hay gente que celebra la vida.
-De hecho, vos reflexionás mucho sobre el tema de la edad y las relaciones. Te leo otro párrafo muy significativo. Laura está en Neuquén, frente a la ventana, mirando el río y reflexiona: "Pienso en los equilibristas, en los andinistas, en los exploradores, en los buzos, en todos los seres humanos que deben enfrentarse al paso en falso continuo, igual que los viejos". Inevitable cuestionamiento de la gente mayor, ¿no?
-Claro que sí. Es el paso en falso en la vida de no equivocarnos, el paso en falso de no caernos, porque sabemos muy bien que el músculo y el hueso no son los mismos que a los doce años o a los veinte. Por eso el buzo, que también sabe que cualquier error puede ser fatal. Hice alusiones a profesiones de riesgo. Y yo creo que envejecer es una profesión de riesgo.
-¿Por qué? ¿En qué sentido?
-Porque Philip Roth, el gran escritor, decía que envejecer es cosa de héroes. Porque te tenés que acostumbrar a que esa persona que eras vos sigue existiendo.
-¡Nada menos!
-¿Te imaginás con noventa años? Yo todavía no lo experimenté, pero tengo amigos que ya han tocado esa brecha y, bueno, hay que defender tu mente de lo que los demás piensan. Porque también está el prejuicio.
-¿Cuál prejuicio?
-Hay un prejuicio de dejar abandonado al viejo. Y el prejuicio de que el viejo es aquel al que se sacaba antes en los barrios. No sé si todavía en Mendoza se hace.
-En alguna barriada, sí, todavía.
-Se sacaba la silla a la vereda, a tomar la fresca, a tomar su mate. Y se quedaban ahí, las horas perdidas, esperando que pasase la carroza.
-Una postal que va quedando atrás.
-Ahora no. Hay un envejecimiento pleno en el que queremos estar informados, en el que tenemos que manejar la tecnología, que a veces también es muy cruel, porque está pensada para la gente muy joven y que se entrena. Y ahora no tenés comunicación humana.
-¿Y vos qué?
-Yo trabajo con la computadora. Obviamente no soy ninguna experta, pero dentro del sistema me defiendo. Pero hay cosas en las que vos decís: ¡no puede ser que no tenga un ser humano del otro lado para hacer una protesta, para hablar!
-Una deshumanización, como decís.
-Yo creo que es una manera de ignorar a aquellos a quienes, también, nos llaman de manera despectiva clase pasiva. ¿Qué pasivo! Yo conozco abuelos y abuelas que se matan porque tienen que ir a buscar a los nietos al colegio, los traen, les hacen la merienda, se los llevan a dormir a la casa cuando los padres tienen una ocupación y no pueden ocuparse.
-Tal cual, es así.
-Y estoy hablando de los abuelos tradicionales. Pero estamos los otros abuelos, que tenemos nuestro trabajo y que nos sentimos culpables cuando debemos decirle no a un nieto o a una nieta que te pregunta: ¿podemos ir a tu casa hoy a cenar? Y vos le decís no, hoy no puedo, porque tengo la presentación de un libro, porque tengo una alumna a tal hora, ¿entendés?
-Entendible, ciento por ciento.
-Pero también existe la culpa porque tenés adentro el mandato de que tu abuela nunca tenía otra cosa que hacer que preparar la comidita, que tejerle al nieto. Por lo tanto, es despectivo tratar así a una mujer que ha estudiado, que ha escrito. Y también al ama de casa.
-Ni más ni menos.
-Porque ella tiene que alimentar a los nietos, a los vecinos, a los chicos que vienen porque es una forma de dar amor. A veces, con una magra jubilación, esa abuela hace milagros para obsequiar a sus nietos o llevarlos a una plaza y comprarles un helado.
-La tarea silenciosa del amor.
-Entonces, cuando hablamos de tener un amor en la novela, significa que esa persona tiene capacidad de dar amor porque se lo da a su sobrina, se lo da a ese muchacho que apenas si conoce, se lo da de manera imaginaria al chico joven que le va a sacar la nieve y la va a ayudar con la compra; un chico que puede ser su propio hijo o casi un nieto.
-El vikingo de la historia.
-El vikingo. Pero ¿por qué? Porque sin el vikingo no habría existido Richard, el amor de ella de setenta y cinco años.
-El profesor.
-Porque esa soledad te engrandece, esa soledad que te parece culta, pero que te permite soñar, hace que ella esté abierta después a la relación con el profesor jubilado.
-Ahora bien, las dos amigas del relato, Laura y Catalina, que dialogan y se picotean todo el tiempo, son bastante solitarias. Laura nunca ha tenido una pareja formal y Catalina tuvo una, pero no muy gloriosa. Tampoco disponen casi de familia. Todo lo contrario de vos. Basta ver tu Instagram. Estás rodeada y feliz con tu clan.
-Lo que pasa es que mis novelas tienen mucho en común conmigo, pero no en aspectos generales. Porque si te fijás, yo tengo libros como La rabina y nunca fui rabina, como Las mujeres ocultas de El Greco, que transcurre en el siglo XVI y que tiene que ver con las beatas, con un pintor al que acusaban de haber sido judaizante porque no se conocían sus orígenes en Creta.
-Una atractiva historia, por cierto.
-He escrito también sobre Malvinas un libro en coautoría con Elsa Fraga Vidal que recrea la vida allí cuando fue una colonia nuestra. No te voy a seguir contando porque escribí una novela hace poco, anterior a esta, que se llamó Símale cumple 70, donde resucita el padre de la chica que está de festejo. Ahí el padre le dice vos me llamaste, los muertos no aparecen. Volvemos a encontrar la idea de que a los setenta años no vas a tejer batitas.
-Ya que hablamos de estas distintas tramas, aquí, en Sin Canje, metés, en paralelo a las historias de las tres mujeres, dos contenidos culturales que enriquecen mucho la historia. Ambos tienen que ver con su sobrina Valeria. Por un lado, su novio está estudiando a Spinoza, un filósofo de los eminentes. Y ella se siente atraída, fascinada, por Rembrandt y su obra pictórica. Estos personajes célebres son un magnífico plus.
-Me alegro escuchártelo decir porque esa era mi intencionalidad. Porque cuando una es turista, va a un museo, lo mira y ya está. Pero cuando una se familiariza con el entorno y lo estudia, lo vive y se convierte en viajera temporal de un espacio, convive con ese entorno. Y es lo que hacen ellos.
-Claro, se meten de lleno.
-Él se quiere especializar. Y como ya está estudiando a Spinoza, va a los cursos. Pero ella ama a Rembrandt porque le gusta la pintura, porque ha leído un poco acerca de él y se asombra, mientras está allí, de que haya tenido, como muchos, una vida tan pobre, después una vida de gloria, fastuosa, y finalmente una muerte absolutamente pobre y desgraciada.
-Un formidable material narrativo.
-Esto sirve para explicar que en toda época hubo sufrimiento y no hubo justicia en cuanto al merecimiento de cada uno, porque los contemporáneos de Rembrandt le reprochaban cosas que ahora resultarían insólitas. Digamos, el problema del dinero es viejo como el mundo.
-Vos tenés a tu hija, Débora Plager, a tus nietas...
-No, no. Tengo también un hijo mayor, que es médico y que también ha ido mucho a Mendoza a congresos y como turista. Tengo seis nietos y dos bisnietos.
-Pero la pregunta apunta a las mujeres de tu familia. ¿Qué te han dicho ellas, tus lectoras femeninas, sobre este libro?
-A mi hija le gustó mucho la novela, lo mismo que a mis sobrinas y a mis nietas. Algunos dentro de la familia me dijeron que está bien el final, otros hubieran querido saber más. Y eso me gusta porque recuerdo mi frustración cuando a una novela le ponés un moñito. Ahí se terminó la vida. Pero no es fácil el "fueron felices y comieron perdices" si vos presentás un mundo que está al borde de una guerra constante.
-Quedás desenfocado.
-Porque estamos viviendo una tercera guerra mundial sin que nos demos cuenta. Vos te levantás hoy a la mañana y te dicen que Rusia va a entrar en guerra con Polonia. Entonces te agarrás la cabeza.
-Ya que te referís al plano internacional, la cuestión antisemita en torno a Israel, Gaza, etcétera, está muy presente en tu novela.
-Exactamente. A mí me gusta investigar. Investigo la miseria que hay en todo Medio Oriente, en países que antes fueron ricos y que no tienen el dinero como para explotar el petróleo propio. Y nadie se ocupa de esa gente que se muere, que no tiene recursos para anotar a los hijos que nacen y se mueren como NN. En muchos lugares no tienen respeto por las mujeres.
-Un cuadro general complicado, sí
-Yo veo tantas cosas y me digo por qué esta franja pequeña de tierra concita tantos rencores, porque antes de tener esta franja de tierra, existió el Holocausto, la Shoá.
-Sí, se nota cómo te afecta todo esto.
-A mí eso me llega porque yo soy primera generación en Argentina. Todos nosotros vivimos acá. Tengo una gran familia, por suerte. Vivimos en Buenos Aires y en la provincia de Buenos Aires. Y amamos nuestra patria. Entonces, que alguien te diga ¿por qué no se van?, me dan ganas de decirle: pero ¿por qué no te vas vos! Acá damos pruebas de que somos argentinos.
En pocas palabras
- Silvia Plager: la escritora presentó su novela "Sin Canje", centrada en la relación entre dos mujeres, tía y sobrina.
- Amor y deseo: Plager reflexiona sobre los límites de edad para el amor, afirmando que el deseo nunca termina y que la vida a mayor edad puede vivirse con intensidad.
- Temas complejos: la novela aborda la construcción de relaciones duraderas, el antisemitismo y las complejidades de la vejez, desmitificando prejuicios.