No hay restaurante de bodegón ni mesa familiar que se precie de tal sin un buen budín de pan. Surgido históricamente como el arte de "no tirar nada", este postre ha pasado de ser una receta de aprovechamiento a una delicia codiciada.
Pero, ¿qué diferencia a un budín común de uno extraordinario? La respuesta está en el contraste: la cremosidad del interior frente a una costra de azúcar perfectamente caramelizada.
Receta de budín de pan con costra de azúcar, ingredientes
Para un molde de unos 24 cm, vas a necesitar:
- Pan del día anterior: 500 g (miñón, flautita o incluso facturas que sobraron).
- Leche entera: 1 litro.
- Azúcar: 250 g para la mezcla + 150 g para el caramelo.
- Huevos: 5 o 6 unidades.
- Esencia de vainilla: 1 chorrito generoso.
- Ralladura de limón o naranja: a gusto.
Receta de budín de pan con costra de azúcar, paso a paso
- La base del sabor: cortar el pan en cubos pequeños (quitar las cortezas muy duras si se prefiere un acabado más fino). Remojarlo en la leche tibia por unos 30 minutos. Si buscás una textura más rústica, pisalo con un tenedor; si preferís algo tipo "flan", pasalo por la licuadora.
- El alma del postre: batir los huevos con el azúcar y la vainilla. Incorporar esta mezcla al pan remojado. Aquí es donde los sabores se integran.
- El truco de la costra: hacer un caramelo seco en una ollita y volcarlo en el molde. El secreto: Una vez que el caramelo esté firme en las paredes del molde, espolvorear una lluvia extra de azúcar granulada antes de volcar la preparación. Esto generará esa capa crocante y oscura tan buscada.
- Cocción paciente: el budín de pan no tolera apuros. Se cocina a baño María en un horno medio (180°C) durante unos 50 a 60 minutos. Sabrás que está listo cuando al insertar un cuchillo, este salga limpio pero húmedo.
Tip del experto: dejalo enfriar totalmente en la heladera antes de desmoldar. El frío asienta los azúcares y permite que la costra mantenga su estructura brillante.
El maridaje ideal para la receta
Este postre pide a gritos un acompañamiento a la altura. Una generosa cucharada de dulce de leche colonial o una crema chantilly a medio batir son los socios perfectos. Para beber, un vino tardío o un mistela, completan una experiencia sensorial que nos transporta directo a la infancia.







