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Otra Vendimia de capas y coronas apolilladas

Editado por Manuel De Paz
mdepaz.2015@gmail.com

Como periodista vengo "padeciendo" las fiestas de la Vendimia desde hace décadas. 

Me explico: por un lado, hacer la cobertura para Diario UNO de todos esos días de festejos fue siempre pura adrenalina. La meta era salir a la calle con la edición papel antes y mejor que el competidor. Quedábamos rendidos pero con una buena sensación laboral.

Pero por otro lado, poco a poco me hartaron los clichés conceptuales y visuales de la Fiesta, los duendes del vino, la ausencia de vuelo, la prepotencia de los bailarines que se negaban a abandonar el escenario del Frank Romero Day  y, sobre todo, me empezó a hacer ruido todo lo relativo a las reinas, la profusión de capas y de coronas, los chambelanes de cartón, los discursos "reales" y el desgano para hacerle frente a todas esas convenciones que ya se habían ido al pasto. Sobraba formol y faltaba frescura.

Hay que salvar el festejo. Se debe replantear no sólo el Acto Central. También los festejos callejeros como la Vía Blanca y el Carrusel, que se han empantanado en una estética pobretona que no está a tono con lo que debe ofrecer una de las grandes capitales mundiales del vino como Mendoza.

El quid de la cuestión

Y, claro, en ese devenir hay que replantearse seriamente la eliminación de  la elección de la reina de la Vendimia.

Es decir, un concurso donde se premia a la que las convenciones del momento dicen que es la más bella. Ese  segmento ha cumplido un ciclo. Dejarlo de lado es una decisión política que no será fácil de tomar. Pero que es inexorable.

En el mundo occidental ha habido un vendaval producido por las mujeres. Desde la caída del Muro de Berlín, que pulverizó el comunismo marxista, la de las mujeres es quizás la primera gran revolución.

La habitualidad

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Desde 1936 la elección de una reina vendimial formó parte de la idiosincracia popular, una movida que jugaba a dejarse llevar por la monarquía de la belleza en un universo de mujeres -diversas, distintas- que sin embargo vivían en una república.

Como en un dominó, las elecciones de reinas de la belleza empezaron de a poco a venirse abajo en los países más desarrollados. Cuando aquí llegaron esos primeros aires hubo resistencia argumentando  que no se podía  estar en contra de algo instaurado con fuerza en el sentir del pueblo.

Aquí, se decía, las niñas juegan desde chiquitas a ser reinas. Pues ahora ,de a poco, empezarán a jugar también  a que tienen los mismos derechos que los varones.

También desde chiquitas, generaciones de niñas naturalizaron que los varones podían mandarlas a piaccere o golpearlas cuando no se comportaban de acuerdo a lo que ellos consideraban lo normal.

Lenta pero inexorablemente todo eso ha comenzado a cambiar y no va a parar hasta que el péndulo social  vuelva a mecerse hacia un centro más justo. 

Esas capas pesadas en pleno verano, esos vestidos recargados y esas esperpénticas  coronas vendimiales que ya no se usan ni en las monarquías republicanas europeas, son demasiado anacrónicas en un mundo en el que  las princesas reales se visten con toques de gente común.

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