La serie documental Nisman no tiene la culpa de no poder darnos certezas sobre la muerte del fiscal especial que investigaba la causa AMIA. Tiene en cambio, entre varias virtudes técnicas y conceptuales, la de sugerirnos algunas de las peores lacras argentinas, esas en las que caemos una y otra vez, y que nos llevan a sufrir continuas frustraciones.
Una de esas características, altamente dañina, es la tendencia a elaborar hipótesis o a sacar conclusiones a partir de prejuicios, ideologías o intereses particulares o sectoriales, pero sin datos ciertos que las sostengan.
Observadores extranjeros que le han puesto la lupa a la muerte aún dudosa del fiscal Nisman coinciden en que ante un hecho concreto (como fue este deceso) la tendencia en los argentinos es, primero, a sacar conclusiones apresuradas y tóxicas y recién después a intentar obtener pruebas para sostener ese preconcepto.
Ponele un marco
La muerte de Nisman ha estado impregnada -desde un comienzo- de demasiada politiquería; de un escaso profesionalismo en un sector amplio de la Justicia; y de una profunda infección proveniente de los servicios de inteligencia, acostumbrados en la Argentina a tener vuelo propio por encima de las directivas políticas.
En ese sentido, el peso del espía Jaime Stiuso en esta historia es uno de los momentos más sugerentes de la serie, en particular su forma de contar la historia siendo que en realidad parece estar escondiendo buena parte de la verdad entre los pliegos de sus artilugios.
Stiuso es el encantador de serpiente. Y, además, la serpiente. Todo junto. Quien no haya visto todavía la serie ponga mucha atención en sus declaraciones y en sus gestos y miradas, desgranadas en varios de los seis capítulos.
El ovillo y su punta
Por ejemplo, una de las puntas que deja planteado el documental -y que pese a los cinco años transcurridos aún no se ha aclarado- son los centenares de llamadas telefónicas que en la mañana del 18 de enero de 2015 (mientras aún no se sabía públicamente de la muerte del fiscal) cruzaron entre sí numerosos personajes vinculados a los servicios de inteligencia, incluso los de algunos países extranjeros.
Decime tu lectura
La serie, dirigida por el inglés Justin Webster, está llena de aciertos de edición, de un suspenso cinematográfico, de una fotografía cuidada como pocas veces se ha visto en la TV en las entrevistas especiales. Y levanta tensión con ciertos materialses inéditos. Algunos, sorprendentes.
Pero en el fondo es como un cachetazo para los argentinos. Sin bajar línea, la serie está hablando sobre nuestra inveterada incapacidad a la hora de convertir en una eficaz gestión las investigaciones judiciales de hechos desgraciados.
Está hablando, en esencia de todo lo que nos falta para que llevemos a la práctica el sagrado mandato constitucional de la división de poderes, que es el corazón de una república.
Está hablando, sin decir una palabra, de los excesos del presidencialismo, o si se quiere, de esa tara atávica que es el caudillismo en nuestra idea de gobierno.
