Por estas horas Ricardo López Murphy, precandidato a diputado nacional de Juntos por el Cambio (JxC), ha sido noticia porque toma el micro para moverse en el centro porteño, como si fuera un político escandinavo. ¿Ardid publicitario? El postulante lo desmiente.
Sea propaganda o no, lo de López Murphy viajando en micro es noticia por lo inusual

Ricardo López Murphy, precandidato a diputado nacional, fue fotografiado por un particular viajando en micro. El dice que es pasajero desde hace años.
Dice que desde hace mucho tiempo tiene por costumbre utilizar el transporte público. Y asegura que él no subió a las redes la foto que se viralizó sino que fue un particular quien se sorprendió de que un político de carrera anduviera en bondi. Sea cierto o no, lo de Murphy es noticia por lo inusual.
Ocurre que los encargados del transporte público (ya sean ministros, secretarios, subsecretarios o directores) ni se asoman por los micros, salvo para posar al lado de los buses en un acto específico. Su sapiencia del tema es sólo teórica. Ellos tienen choferes oficiales o se manejan en sus autos.
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Un ritual
Utilizar el transporte público es mucho más que subir, pagar el boleto y sentarse si se tiene suerte. Puede llegar a significar un dolor testicular, sobre todo en la Argentina donde falta muchísimo para lograr la excelencia en el transporte público que tienen los suecos, los finlandeses o los ingleses.
Andar en micro es un trabajo. O un ritual pagano. Significa, por ejemplo, tener que levantarse una hora antes que aquel que anda en auto, caminar hasta la parada así esté lloviendo o el sol cayendo a pleno en enero, y esperar, ser muy paciente. Es decir: el pasajero de micro es una persona común que no tiene privilegios.
A la salida del trabajo ocurre lo mismo. El que anda en auto llega una hora antes a su casa. O tiene tiempo para irse a cafetear con amigos, al gimnasio o a huevear. El pasajero común también puede ir al gimnasio pero eso le significa tener que volver a vestirse empapado en transpiración y subirse así al micro.
Parar la oreja
Pero lo más beneficioso para el pasajero decidido a aprovechar el tiempo que demandan esos traslados es acometer la tarea con ánimo de investigador. Sacarle el jugo. Leer un libro, repasar las noticias en el celu, escuchar música o, si no, ir con las antenas paradas. Ojos y oídos. Esto suele ser lo mejor para un periodista. Y debería serlo también para un político.
Por ejemplo, cuando uno afina esa atención puede hasta percibir cierta tendencia que late entre los pasajeros. Si están distendidos, si están preocupados, enojados, si hay tensión. En mi caso le presto mucha oreja a las conversaciones, máxime en los tiempos electorales. A veces saco la libreta y anoto lo que se dice o las particularidades del lenguaje de los jóvenes.
Durante la crisis del 2001 y 2002 escribí varias columnas en Diario UNO sobre cómo iba percibiendo el humor social desde los micros. Y me acuerdo en particular de un detalle. Ya que a veces me tocaba ir parado, solía mirar las cabelleras de las damas y caballeros para ver si el común de la gente había mutado los hábitos de limpieza personal debido a la mishiadura. Comprobé, por ejemplo, que la mayoría de los pasajeros llevaba el pelo limpio.
Lo tomé, aunque pueda parecer una pavada, como un dato esperanzador, como que en medio de ese desastre social que fue el poscorralito, la castigada ciudadanía se resistía al desaliento y anhelaba futuro. Otro dato: casi nadie tenía olor a transpiración. Dicho así, a algunos esto les puede sonar discriminatorio. Nada que ver. Es simplemente descriptivo y habla bien de ciertos hábitos y costumbres que no se suelen tener en cuenta en estos análisis.
Esa palabra
En otra época, cuando debía entrar a trabajar poco después del mediodía, me encontraba en los micros con dos grupos muy singulares, los alumnos de la secundaria que entraban o salían de los colegios y las empleadas domésticas que terminaban de cumplían con su turno matutino.
Entre los adolescentes habían también dos grupos diferenciados: el de los colegios de la UNCuyo era por lo general bullanguero, pero muy enfrascado en temas que tenían que ver con asuntos o materias de la escuela o gustos personales y rara vez se metía con el resto del pasaje. En cambio el de los otros colegios solía hablar muy fuerte, decir guarradas, provocar, y hablar pestes de chicos y chabonas. La palabra pija era la que predominaba.
Entre las mujeres trabajadoras los asuntos más escuchados eran temas vinculados al sostenimiento del andamiaje familiar. No sólo en lo económico o lo sanitario sino en cómo se las arreglaban para que no se les cayera esa verdadera obra de ingeniería que es repartir niños en la escuela, llevarlos a gimnasia, buscarlos, llevarlos al dentista y todo ello sin auto. O madres que salían de trabajar en una casa y se iban a cumplir turno en otra. Y en el micro usaban el celu para mantener a raya la disciplina familiar y para indicarles a los más chicos cómo debían preparar tal o cual comida.
Los comentarios vinculados con lo político partidario eran esporádicos y nunca vi una discusión de ese tipo que se saliera de cauce. Una de las coincidencias era que los políticos parecían vivir en una burbuja, alejados de las preocupaciones concretas del día a día. Una vez me extrañó escuchar a un trío de pasajeros criticar a viva voz a un intendente municipal. Paré la oreja y ellos mismos aportaron el dato: eran punteros sindicales de signo opuesto al jefe comunal.
Ley de Murphy
Sea propaganda o casualidad, lo de López Murphy ha venido bien para remover el avispero y recordarles a los candidatos lo alejados que suelen estar de muchas cotidianidades argentinas. Y además para fijar algunos criterios básicos de crecimiento.
Si realmente queremos llegar a ser como los países escandinavos -un imposible porque nos diferencian siglos de historia y de cultura- deberíamos comenzar por fijar como política de Estado una mejora sustancial del transporte público.
En las ciudades avanzadas del mundo, hay muchos López Murphy que salen de su casa en auto, lo dejan en el parking de la estación ferroviaria del pueblo, y viajan a trabajar en confortables vagones que los depositan en pleno centro donde al fin de la jornada hacen lo mismo de vuelta.