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Entre la Quinta Vergara y el anfiteatro Romero Day

Editado por Manuel De Paz
mdepaz.2015@gmail.com

El Festival de Viña del Mar es a los chilenos lo que la Fiesta de la Vendimia  a los mendocinos: una marca internacional. En ambos casos esos festejos han sobrevivido a dictaduras, terremotos, y crisis de todo tipo.

Era imposible entonces que la conmoción política que Chile experimenta desde la primavera pasada no se viera reflejada este febrero en el famoso escenario de la Quinta Vergara.

El 18 de octubre de 2019 una invasión "alienígena" se apropió de las calles de Santiago y de las principales ciudades trasandinas. El mundo tomó nota de que los chilenos habían decidido exigir cambios sociales y políticos en un país que parecía ser un ejemplo de apertura al mundo y donde la clase media había crecido como nunca antes.

Pero, ojo, no querían populismo. El descontento era porque el país no avanzaba lo suficientemente rápido por el sendero del crecimiento económico y, de manera particular, porque el derrame de la riqueza era muy desigual.

Cecilia Morel, esposa del presidente Sebastián Piñera, fue la autora del término "alienígena" con el que intentó explicar lo inesperada que resultó esta movida para el gobierno y para la clase política en general.

El ex gobernador José Octavio Bordón, que vivió el fenómeno como  embajador argentino en Santiago, admitió que en el mundo de los analistas políticos no hubo nadie que previera la proporción que iba a tener esta movida.

La paradójica realidad ha querido que sea Piñera, un político de derecha, quien haya tenido que poner en marcha los cambios exigidos. En pocos días más los chilenos votarán la modificación de su Constitución. Ese será el punto de partida para lanzar una serie de profundas modificaciones.

El politólogo chileno Patricia Navia sintetizó la crisis así: La clase media chilena había sido llevada hasta las puertas del paraíso, pero cuando golpearon no les permitieron entrar y los dejaron a la intemperie.

He ahí varias claves del descontento. No quieren revolución buscan una más justa evolución.

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El actual Festival de Viña del Mar replicó lo ya visto desde octubre en el país de Neruda. Grupos minoritarios intentaron imponer la violencia en las calles. Quemaron autos, atacaron el hotel O´Higgins, buscaron entorpecer la llegada del público.

La mayor parte de los asistentes a los shows estuvo en otra. Fueron para mantener el ritual viñamarino y para disfrutar en vivo a sus artistas, pero aplaudieron con ganas cuando esos nombres famosos reivindicaron la lucha pacífica por cambios profundos.

La Fiesta de la Vendimia es mucho más veterana que el Festival de Viña. Los objetivos de ambas son muy distintos. La nuestra es de 1936. La de los chilenos arrancó en 1960 y sobrevivió a gobiernos tan disímiles como el del socialista Salvador Allende o el del dictador Augusto Pinochet.

Y, además, la señal televisiva convirtió al Festival de Viña en el producto artístico de exportación más potente de los chilenos. Lo que ocurre en el Romero Day cada inicio de marzo es muchísimo más modesto en su proyección televisiva que lo de la Quinta Vergara. Comparado, es de cabotaje.

La comprobación del peso de la TV en el festival trasandino puede encontrarse en el enojo de Adam Levine, el famoso líder de la banda de rock Maroon 5, quien generó un escandalete este año cuando al bajar del escenario de la Quinta Vergara lanzó un áspero: "esto no es un concierto sino un programa de televisión".

 

 

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