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Perdón Serrat, pero la verdad es medio triste

Editado por Manuel De Paz
mdepaz.2015@gmail.com

No se puede decir todo el tiempo la verdad. Así suelen repetir por lo bajo los políticos más zorros de todo pelaje partidario. Según ellos, el pesado paquete de problemas que genera un país (el nuestro, ni hablar) necesita una cuota de mentiras para que la verdad no sea tan dura. Ir todo el tiempo con la verdad no asegura éxitos, explican.

Hay que admitirles a estos sátrapas que no pocas veces en la vida real pasa lo mismo.

Por eso es que los políticos necesitan de militantes más que de ciudadanos. El militante no pone en duda la doctrina que abraza. Es un acto de fe. Y la fe es más atávica que la razón.

Pero hete aquí que la gente se ha puesto medio rebeldona con eso de los dogmas y de quedarse pegado con sus elecciones en la faz político-partidaria.

Aquellos hermosos versos del juglar catalán Joan Manuel Serrat que aseguran que "nunca es triste la verdad, lo que no tiene es remedio", no cuadran en el imaginario de los políticos.

¿Podría el presidente Alberto Fernández, por ejemplo, decir todo el tiempo la verdad de la milanesa? Está clarísimo que en esta coyuntura, no. 

En este rincón...

Su gobierno se está asentando, pronto terminará la luna de miel, y el Presidente tiene ante sí el problemón de llevar a puerto la negociación de la deuda argentina con el FMI y los bonistas y, a partir de ahí, terminar de definir cómo será el plan económico para los cuatro años de gobierno, algo con lo que lo apura la oposición y su propia sobrevida.

Lo acecha, además, la necesidad de atender -full time- los avatares de la coalición de gobierno. Alberto intenta sostener, por un lado, el delicadísimo equilibrio entre el kirchnerismo, que conduce la vicepresidenta Cristina Kirchner, de posturas más radicalizadas; y por otro lado, el futuro de los sectores más moderados que genera el "peronismo republicano" del mandatario.

En la última etapa del macrismo, el analista político Alejandro Catterberg decía que la mutación en el sistema de partidos de la Argentina iba a terminar bifurcando entre una coalición más republicana (con base en lo que fue Cambiemos, pero con mayor presencia de los radicales), la que haría hincapié en una visión menos estatista de la economía y de mayor integración al mundo. Enfrente iba a quedar otra coalición (el peronismo-kirchnerismo) más estatista, proteccionista y cerrada

Golpe a golpe

Hoy, sin embargo, pareciera que ambas coaliciones estuvieran cohabitando, pero dentro del mismo gobierno. ¿Cómo es eso? Tanto el abertismo como el cristinismo tratan a diario de avanzar más casilleros que el otro. Lógico es, entonces, que salten y sigan saltando chispas, reacomodando los tantos para uno y otro lado, pero ninguno de los dos sectores, ni Alberto ni Cristina, están en condiciones de sacar los pies del plato

Cristina, como un boxeador, entra golpea y sale. Pero se ha encontrado con un retador que esquiva muchos de esos golpes y tira los suyos aunque los haga en versión Ghandi.

Alberto busca con fruición aquietar las aguas y se preocupa por demostrar que el timón está en sus manos, sin hacerla, claro, a un lado a la vice. Es crucial para él que se lea así (sobre todo fuera del país) para poder encaminar la encabritada deuda con un gobierno que guarda las formas de unidad. Cumplida esa etapa ya se verá cómo sigue el mambo.

Ni Alberto la está sacando fácil ni, aquí viene lo interesante, tampoco ella. Para tratar con el mundo y con la clase media y para generar confianza en los inversores, sería suicida querer pasarle por encima al Presidente o que sigan ocurriendo cosas como que una ministra del propio Gabinete (puesta por Cristina) salga a recitar relatos que están en las antípodas del pensamiento albertista, como aquel de los supuestos presos políticos. 

Tranquilo, man

En el oficialismo no se pueden hacer los locos porque, ojo, en la oposición no han enloquecido. Tanto el PRO como el radicalismo insisten en hacer un control del Ejecutivo basado más en los datos que en las consignas. Mauricio Macri está llamado a silencio y eso es sanitario. Y se consolida la idea de que la política opositora debe conducirla, como hasta ahora, una mesa colegiada de dirigentes.

Este comportamiento opositor debe ser merituado con mucho celo por el oficialismo para no hacer lo contrario en el gallinero propio. Ni el 48% de votos de Alberto-Cristina ni el 40% del macrismo-radicalismo están comprados de por vida. 

 

 

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