La mala palabra con la que el mundo asocia a Mendoza

Cuando aquí se esperaba que, finalmente, el papa Francisco saliera de una vez por todas a decir algo sobre el horror que fue el Instituto Próvolo de Mendoza, otra vez la elección del pontífice de origen argentino Jorge Bergoglio ha sido el mirar para otro lado.

Esta provincia, a la que en el mundo vinculan de inmediato con el Aconcagua y con los mejores vinos, ha quedado ahora asociada también al averno. Somos el Próvolo.

Lo único que dijeron por estas horas los voceros del pontífice es que hay que esperar a que el fallo de la justicia mendocina quede en firme.

Recién entonces, eventualmente, se iniciaría el proceso de expulsión desde la Iglesia Católica de los depredadores sexuales Horacio Corbacho, con pena de prisión de 45 años, y de Nicola Corradi, el exjefe del colegio, con una pena de 42 años de prisión, por los numerosos casos comprobados de abusos a niños sordomudos.

Esto es coherente con el hilo conductor con el que la Iglesia ha cosido la tela que recubre este caso aberrante. La orden pareciera haber sido: ojo, pastores, no hay que hacer demasiadas olas ni escupir para arriba de manera muy evidente. 

Ese comisario

La investigación realizada aquí por el obispo auxiliar de La Plata Alberto Bochatey, comisario apostólico designado por el Papa, ha sido un ejemplo de esto. La ropa sucia hay que seguir lavándola en casa.

En varios países europeos, particularmente en Italia, se habla por estas horas de la "ejemplar" condena de la justicia mendocina, y se la compara con otros fallos "benignos" aplicados a curas abusadores en otras naciones, que en varios casos han servido para que al salir de la cárcel, los hombres de sotana volvieran a caer en los abusos contra niños.

El fiscal de instrucción que lideró la causa judicial en Mendoza, Gustavo Stroppiana, recordó que la Iglesia nunca le hizo conocer a la Justicia la investigación interna que hizo el comisariato católico dispuesto por Francisco.

Las víctimas de los abusos y su familiares se han cansado de advertir, y lo han repetido al conocerse la condena, cómo desde distintos sectores de la Iglesia han tratado todos estos años de minimizar o de desprestigiar las denuncias de los afectados.

Todo un mecanismo de encubrimiento de la propia Iglesia está en la base de este y otros escándalos similares. Durante años la institución eclesial utilizó una política de traslados de los curas que eran señalados como abusadores. En lugar de separarlos, los mandaban a hacer daño a otras partes. 

Los premiados

Es lo que ocurrió con Nicola Corradi, hoy de 83 años. Hasta 1969 fue parte del Próvolo de la ciudad de Verona, en Italia. Allí fue denunciado por primera vez de abusos contra alumnos sordos, y la opción que le dio la jerarquía fue renunciar o partir a "predicar" en América.

Así fue como llegó primero al Próvolo de La Plata, donde ya mostró sus garras y fue también denunciado. Luego pasó "premiado" en 1997 al Próvolo de Luján de Cuyo, donde fue su director y actuó a sus anchas.

Nadie del Arzobispado de Mendoza detectó que en ese colegio de niños sordos funcionaba una sucursal del infierno. Uno de los altillos de ese predio donde algunos alumnos solían ser llevados para ser sometidos era mencionado por los canallas como "la casita de Dios". 

Mayra Garay Sosa, que ahora tiene 26 años, y que de niña fue una de las víctimas de esos sátrapas, contó con señas su sensación tras el fallo condenatorio de Corradi y Corbacho: "Estamos felices, pero no festejamos, sentimos paz".