La Argentina está invadida por la política berreta. Es algo que no nos hemos podido sacar. Incluso cambiando de signo y hasta de modelo político.

¿Qué es la política berreta? Son todos los dirigentes que trabajan y que obran por debajo del standard, del piso, al que deberían superar para ser políticos que le sirvan de verdad a este país.Un piso moral, de comportamiento. Y hasta de idoneidad para el cargo.

Todos los que tienen momentos (o en algunos casos se da durante toda su carrera) en los que nos brindan menos que la mínima aceptable en esos sentidos son la berretada política.

Y lo peor no sólo es que lo hagan con nuestra plata (porque no debemos olvidar que su motor es el capital público), ni tampoco que se aprovechen de que nosotros mismos los pusimos ahí. Lo peor, lo verdaderamente grave de esto, es que están naturalizados. Como validados. Estamos tan acostumbrados a sus tropelías que ya nos parecen normales. Eso las vuelve invisibles, lamentablemente.

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Voy con algunos ejemplos: hemos contado acá que la diputada nacional Lourdes Arrieta ha puesto y sacado directores del PAMI en Mendoza, prácticamente a su gusto. A discreción. Y lo normalizamos: “ah claro, sí; la diputada decidió que tal no esté más y ahora va este otro”.

Pensemos un segundo: ¿por qué una legisladora nacional tiene que poner, a dedo, un miembro que debería elegir el Ejecutivo? ¿Por qué alguien que pertenece al Congreso decide alegremente quién va a manejar una institución de máxima importancia y sensibilidad como la obra social de los jubilados? Y no sólo eso, sino que -según denuncias- hasta sus padres se habrían metido en el trato con esos funcionarios; ¡pidiéndole a uno que renuncie!

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¿Dónde está escrito que un diputado, pertenezca al partido que pertenezca, tiene que designar gente? Puede sugerir, pero ¿poner y sacar? ¿Alguien la votó para eso? No. Y sin embargo, el asunto ni siquiera enciende las luces de alerta o de asombro que debería. Insisto: pasa como si nada.

Lourdes es el caso más cercano en el tiempo y quizás geográficamente. Sin embargo, caerle sólo a ella por esto sería hasta injusto. No es la única que lo ha hecho; y si buceamos apenas un poco, vamos a encontrar casos idénticos por todos lados y en todos los partidos políticos.

La semana pasada supimos que la senadora Lucila Crexell, que votó en contra del DNU, y había dicho estar en contra de la delegación de facultades de la Ley Bases, fue una de las que terminó sorpresivamente respaldando esa misma ley semanas después. Y justo, pero justo, justo, después de que el Gobierno nacional le ofreciera ser embajadora ante Unesco con un sueldo que ronda los 12 mil dólares -o 15 millones de pesos- al mes.

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Lucila Crexell.

Lucila Crexell.

¿Raro, no?

No es buena señal para un país que sueña con que se terminen las prebendas políticas.

Otra cara de la berretada es la doble vara. Medir todo según la conveniencia del caso. Ahí aparecen con mucha frecuencia, varios peronistas y, sobre todo, muchos sindicalistas. Los gordos, la CGT, todos los "importantes" del sindicalismo argentino son los campeones de la doble vara. Y basta sólo un ejemplo -acaso el más emblemático- para demostrarlo y enojarse: en democracia han hecho 44 paros generales. A gobiernos no peronistas (Alfonsín, De La Rúa, Macri y Milei) les hicieron ¡28! de esos paros. Condensando 12 años y medio de gestiones.

Muy en cambio, a gobiernos peronistas les hicieron sólo 16 paros generales, a pesar de condensar casi 28 años en el poder. Una diferencia llamativa. A Milei, de hecho, ya le hicieron dos antes de terminar mayo. ¿Y a Alberto Fernández, con pobreza en el 50%; la mitad del país laburando en negro, e inflación de 211 puntos anuales? ¿Cuántos le hicieron?

Adivinaste: cero.

Todo muy extraño. ¿Cómo medirán el humor social los muchachos?

Hay varias berreteadas. Está la de los camaleones; que pasan de un partido al otro, o directamente de una ideología a la otra sin ponerse colorados –no hace falta que nombre a ninguno, porque a esta altura ya sería redundante-; está la berreteada de usar lo público para el beneficio propio (que es tal vez la más clásica); y está otra actitud, que molesta particularmente, que es decir que no se está pensando en las elecciones, en los armados, en las listas; cuando en verdad sí se está recontra pensando -y armando- para el 2025 y el 2027. Pasa en el país y pasa en Mendoza.

Si no le quitaran horas a la gestión (cosa que dudo mucho) no lo veo necesariamente mal. Ahora, sí está mal que no digan la verdad. Que no digan que algunos hasta están tejiendo las listas de concejales para el año que viene. Digan, cuenten, que muchos dividen su tiempo entre la gestión por la que les pagamos, y las internitas de comité que tanto los apasionan. Blanqueenló.

En fin. Lo berreta va desde cosas muy graves a otras menores, pero están en todos los partidos y están todas tristemente normalizadas. Eso es lo terrible. Somos tolerantes y pasivos con el atropello monárquico que nos hace la clase política y ahora lo grave es que, a veces, ni siquiera lo vemos.

Si este país realmente está en vías de arreglarse (cosa que quiero creer), y si realmente va a acabar con la casta (cosa que no creo para nada); va a ser necesario que tomemos otra actitud nosotros mismos. No que esperemos a que esa transformación y ese fin de la avivada “lluevan” desde la política misma.

Primero, erradicar nuestra propia doble vara: que no nos moleste menos lo que hacen los políticos que nos caen bien.

Y segundo, estar más despiertos. Que la próxima vez que el poder se te quiera reír en la cara, por lo menos lo piense dos veces.

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