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Ser gobernador

Editado por Manuel De Paz
mdepaz.2015@gmail.com

Salvo el peronista Francisco Paco Pérez, el resto de quienes han sido gobernadores de Mendoza  han contado con el beneficio cívico, una vez vueltos al llano, de poder caminar con tranquilidad por las calles de Mendoza sin temor a ser insultados o escrachados.

"Mirá ese es don Pancho Gabrielli, sale a caminar todos los días sin problemas", me explicó un profesor de periodismo cuando a comienzos de los años ´70 yo estudiaba para entrar en esta profesión. "A este ganso lo respetan todos, así sean peronistas, radicales o comunistas", me graficó.

Ese Gabrielli del Partido Demócrata había sido electo dos veces por el voto popular en la década  del ´60, cuando el peronismo estaba proscripto, y luego tuvo una tercera intervención, esta vez como gobernador de facto al quedar el país en manos del militar Roberto Marcelo Levingston, 

Todavía recuerdo una nota que leí ese año (1970) donde Rodolfo Braceli, ya famoso periodista, lo catalogaba a don Pancho Gabrielli (el artículo era para un medio nacional) como una especie de "gobernador natural de los mendocinos", razón por la que los militares lo habían convocado.

Incorrectos

En esta época en que la idea de corrección política suele alcanzar tontas exageraciones, me voy a permitir comentar lo que me dijo hace un tiempo un conocido empresario -cuyo anonimato respetaré por tratarse la suya de una opinión algo incorrecta- al hablarme de las singularidades de los gobernadores mendocinos.

Según él, solo había dos gobernadores de la etapa democrática instaurada en 1983 que escapaban de las características del mendocino típico: Celso Jaque y Paco Pérez.

De acuerdo a su visión, el malargüino tenía muchas más características del habitante patagónico que del mendocino. Y con respecto a Pérez, primaba en éste una tipología norteña por haber nacido en la provincia de Jujuy donde el padre de Paco fue intendente.

Pérez abominaba del mendocinismo. Decía que esa supuesta cualidad  provinciana tenía "muy poco de mendo y mucho de cinismo".

Dejemos tranquilos a estos dos señores que por más equivocados que hayan estado tienen una virtud de origen que es la de haber sido elegidos por la voluntad popular, y hagamos un paneo por los otros.

Unos y otros

Felipe Santiago Llaver (83-87) fue un viejo tan chinchudo como querible. Mendocino hasta el tuétano, principista y alfonsinista, no dudó en armarle un lío fenomenal a su propio líder. Fue cuando tuvo que elegir entre los intereses de Mendoza y los de la Casa Rosada para exigirle el traspaso del complejo Los Nihuiles a la provincia.

José Octavio Bordón (87-91), que no era mendocino sino de Santa Fe, había entendido como pocos las particularidades del menduco. Tuvo la habilidad de encarnar él mismo esa mendocinidad. Fue un antigrieta cuando todavía no se hablaba de eso. En su despacho tenía un gran retrato de Emilio Civit tal vez el demócrata más brillante que gobernó esta provincia. Desde el peronismo renovador exhibió un respetuoso trato con Alfonsín.

Rodolfo Gabrielli (91-95), sobrino de Don Pancho, puso énfasis en la actualización económica de la provincia. Su gobierno fue el comienzo de la renovación vitivinícola que luego se consolidó. Intentó abrir la provincia al mundo y darle un rasgo menos salvaje al liberalismo del presidente Menem, Consolidó al peronismo local como algo distintivo dentro del país, tarea que había comenzado Bordón.

Arturo Lafalla (95-99) completó la tercera etapa del Equipo de los Mendocinos, ya sin la guía de Bordón que había hecho rancho aparte. Dejó  en su haber la privatización de la banca provincial y de los servicios públicos esenciales. En su gestión se inició la construcción del dique Potrerillos. De  personalidad más compleja que sus dos antecesores, pareció haber buscado el cierre de una etapa.

Roberto Iglesias (99-03), fue la vuelta del radicalismo a la Casa de Gobierno en consonancia con los aires renovadores de la Alianza. Apodado El Mula por su carácter tenaz, debió lidiar con la debacle nacional del corralito y la renuncia de De la Rúa. Pese a algunas decisiones duras, como la rebaja de los sueldos estatales, logró que la provincia no se desbocara y que su sucesor fuera otro radical.

Julio Cobos (03-07). Salido del riñón iglesista, rapidamente tomó vuelo propio. Explotó al máximo su carisma, su feeling con la gente y su mendocinidad fatto in casa. Su gobierno no brilló pero él supo venderlo bien. Su gran audacia política fue una inesperada sociedad política "transversal" con el presidente Néstor Kirchner, que explotó en 2011 con Cobos de candidato a vicepresidente secundando a Cristina Fernández de Kirchner.

De Celso Jaque (07-11) y Paco Pérez (11-15) ya hablamos, pero permítanme recordar que en ambos casos hubo una atadura vergonzosa de la Provincia a las dos gestiones de Cristina Kirchner al punto que hasta las listas de ediles mendocinos se cocinaban en la Casa Rosada.

Alfredo Cornejo (15-19), aún en funciones, tuvo el sello del orden tras el descalabro de Pérez. Reacomodó las cuentas, hizo funcionar al Estado, achicó la planta de personal como no lo había hecho ningún predecesor, le puso coto a los avances desmedidos de los gremios estatales, modernizó la policía y obligó a la Justicia a ser más transparente, además de  ocuparse de mejorar la paz de los vecinos con el Código de Convivencia  En varios momentos estuvo a punto de traspasar límites, pero se frenó a tiempo. Fue el socio más crítico que tuvo el presidente Macri.

Rodolfo Suárez (19-23) El electo gobernador tiene en apariencia buena parte de las características del mendocino tipo. Su trayectoria lo ha vendido como medido, previsible, cuidadoso en no ostentar, familiero, afecto al trabajo y poco farabute..

Habrá que esperar hasta el fin del 2023 para saber si Suarez va a poder salir a caminar a la calle sin temor a que se acuerden de su buena madre.

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