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Análisis y opinión

El votante reafirmó los contrapesos y le sacó aire a las hegemonías

En el país existen contrapesos políticos. No ha triunfado la hegemonía. Ese es uno de los datos más salientes de estas elecciones

La Argentina ha cumplido con su rutina electoral sin despertar ninguno de esos resquemores que generan otros populismos de América Latina. Ni el desarrollo de los comicios ni los posteriores conteos de votos han abierto dudas respecto de la claridad de la elección. El país debe congraciarse de ello. Por lo menos en este rubro hemos mostrado cultura política.

Un país que a pesar de todos sus problemas macroeconómicos, políticos y de gestión puede exhibir esta muestra de estabilidad y respeto electoral, es una nación que aún no ha perdido totalmente el rumbo.

No sólo hay una oposición consolidada en Juntos por el Cambio, sino que también el Gobierno albertista ha tomado aire para transitar los dos años que le quedan sin estar tan sofocado por el cristinismo que ha visto tambalear su posición dominante en el Senado Nacional y que no ha podido dar un batacazo en la provincia de Buenos Aires.

Que el kirchnerismo se vea impedido de hacer gala de hegemonía política y que no pueda aventurarse a "ir por todo", es muy bueno no sólo para el país sino para el propio peronismo que necesita renovarse y sacarse de encima tanto discurso apolillado de los sectores ultras del cristinismo.

La cigarra

Las PASO y las legislativas han sido un reiterado remezón para el kirchnerismo, es decir para toda una forma de hacer política, que ha empezado a agrietarse, lo cual de ninguna manera quiere decir a caerse. Cristina ya ha demostrado que es como la cigarra.

La ratificación en estas legislativas de que la oposición de Juntos por el Cambio no es un ave de paso, ha servido, por ejemplo, para que el mundo mire a la Argentina con un poco más de confianza. Y para que nosotros mismos podamos ratificar que en el país existen contrapesos políticos y que no ha triunfado la hegemonía.

Esto sin duda va a ayudar a que el país pueda negociar en mejores términos con el Fondo Monetario, y a que el Gobierno haga más amigable el discurso con el mundo desarrollado y modere sus conexiones con impresentables autocracias como Venezuela, Cuba o Nicaragua o sus simpatías con Rusia e Irán. Y que de una vez por todas tenga un plan económico.

Alquimistas

El buen criterio del votante argentino es el que ha permitido que la balanza republicana empiece a estar más equilibrada.

Se trata de una alquimia que muchas veces no se puede poner en palabras pero que es fruto del olfato de la ciudadanía que marca tendencias (la inflación y la inseguridad son hoy sus prioridades), que advierte de los peligros (un gobierno débil es peligroso); y que libera espacios para nuevas pruebas, como la de los libertarios Milei y Espert por derecha, o para seguir conteniendo a la izquierda trotskista dentro del sistema.

Esta oxigenación es la que le ha dado aire a Alberto Fernández y le ha hecho hablar de una especie de triunfo, que no es tal en el análisis convencional, pero sí cuando se comprende que en la coalición gobernante es el kirchnerismo el que ha recibido el golpe más fuerte. Que el Frente de Todos haya perdido por menos de lo esperado en la provincia de Buenos Aires, le ha significado al oficialismo albertista una especie de reconocimiento.

Otro dato revelador: nuevamente es la clase media del interior del país (Córdoba, Mendoza, Santa Fe, Entre Ríos) y de la ciudad de Buenos Aires, la que renueva el compromiso de creer en el progreso, en la educación, en la generación de riqueza privada, en la creación de empleo genuino, en la innovación, en un país abierto al mundo, en el ascenso social, y en una nación de justas oportunidades.

El votante ha ayudado a acomodar las cargas y de alguna manera ha reencaminado al país. Ahora son los políticos los que deben estar a tono con las demandas del ciudadano. ¿Deberemos esperar sentados?