Nuestra peor decisión fue habernos alejado de la política. En la grave pregunta acerca de cómo llegamos hasta acá, a esto, hay un gran componente de culpa nuestra. De culpa ciudadana como respuesta. A pesar de que no lo sumemos al debate, tanto como deberíamos. Es la lejanía desde la que vemos pasar todo lo que nos ocurre.
Hemos marginado de nuestra vida a la actividad que lo rige todo. Convertimos a la política en algo abominable; en algo soso, aburrido, incomprensible o demasiado predecible; en algo completamente ajeno a nosotros. Vaciamos de sentido a la política, en un supuesto acto de rebeldía, sin darnos cuenta de que en realidad, nos estábamos vaciando a nosotros mismos: nos vaciamos de poder. Del poder para incidir en las cosas y para cambiarlas.
Nuestro interés ha bajado estrepitosamente. Estamos en pisos mínimos, y ese es el mejor botón de muestra: nadie pelea por lo que no le interesa.
Por desprecio a quienes conducen el barco, nos tiramos por la borda nosotros. Y los empoderamos a ellos, a nuestros criticados.
¿De qué nos sirvió alejarnos de nuestro rol político como ciudadanos?
¿Cuántos años más pretendemos seguir haciendo lo mismo?
Y sobre todo, ¿por qué nos anestesiamos así?
Por un lado, porque nos cansamos de resultados tan malos: esta malaria, el amiguismo en la repartición de poder, la corrupción, la inflación, el despilfarro, la falta de metas, las promesas incumplidas...
A su vez, nos subimos a un pesimismo reduccionista y fácil, según el cual el Estado y la dirigencia siempre hacen todo mal; nunca hacen nada bien. Mea culpa mediante, debemos decir que los periodistas tenemos mucho que ver ahí.
O tal vez estamos anestesiados porque no tenemos resto psíquico ni tiempo para pensar en política: estamos ocupados en sobrevivir.
O porque estamos hartos de ir a votar seis o siete veces, en un sistema que parece pensado más para otra realidad que para la nuestra:
Digo, ¿de verdad? ¿Tres primarias y un balotaje? ¿En un país mil veces más preocupado por el precio que van a tener las cosas el lunes, que por el nombre de quien gane la elección el domingo?
(Eso sin mencionar la plata que se gasta. Listas fantasmales, como la de Julio Bárbaro, por ejemplo, recibieron 131 millones de pesos, limpios de tus impuestos, para imprimir boletas. ¿Sabés cuántos votos sacó Julio Bárbaro en Mendoza? Uno. Y ni siquiera participaba el hombre. Se bajó días antes, pero a la boleta se la imprimieron igual).
Sinsentidos.
Quiero decir: entiendo la sensación. Los por qué de este asco y desinterés que sentís por la política. Pero no los justifico. Porque en países exitosos, a la gente le interesa -y mucho- saber qué está pasando. Se desviven por estar “ahí”, donde se cuecen los pormenores de su vida y su comunidad.
Quieren saber qué hacen dentro de sus parlamentos; a quién responden esas personas; cuáles son los detalles de cada proceso; cuáles son los resultados de cada proceso.
Es más: hace poco vino un amigo de Alemania. Sabía más sobre los candidatos argentinos y mendocinos, y su filiación política, que mucha de la gente que vive acá. No sólo sabía más: preguntaba más.
Obtienen resultados porque son exigentes.
Y son exigentes porque les importa.
Nosotros estamos haciendo el camino inverso: creemos que alejarnos de la política es el antídoto, pero es más veneno.
¿A dónde va a ir a parar un país al que el eje, la esencia, de la democracia cada vez le importa menos?
La demonización de nombres propios no logró acabar con los malos dirigentes. Al contrario: los ayudó a reproducirse, a disfrazarse y a engañarnos repetidas veces.
Peor aún: les da carta blanca para conducir mal a la Argentina, precisamente por lo cansados que estamos de que la conduzcan mal. Parece sólo una paradoja, pero es también nuestro error más arraigado.
Argentina tuvo proscripciones reales y otras inventadas. Pero la más grave de la actualidad es esta: nuestra auto-proscripción del juego democrático. Nos corrimos del tablero solos.
No sirve de nada putear a los políticos y nada más. Hay que involucrarse para poder controlarlos. Hay que volver a interesarse por la vida pública.
Pero para eso, antes que nada, hay que dejar de despreciarla.
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