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Análisis y opinión

El peronismo aferrado al fragmento y Macri contaminado de grieta

Los ciudadanos argentinos necesitan aferrarse a la seguridad de que la política va a hacer todo lo posible para evitar el desmadre

La única etapa en que la gestión de Alberto Fernández tuvo un alto nivel de apoyo fue entre mayo y agosto de 2020 y coincidió con el ciclo en que el Gobierno actuó unido a la oposición (o a un sector de ella) para abordar algunas de las principales acciones de la pandemia. Fue también el lapso en el que Cristina Kirchner menguó su protagonismo para no quedar pegada a lo que tuviera que ver con el virus.

Pero eso no parece haber sido una enseñanza política. Los que fungen de estrategas no parecen registrar que los pactos básicos también otorgan réditos electorales. Sobre todo los que favorecen al país, no tanto a las facciones. Creen que eso no garpa.

Cristina no soportó la presencia de Horacio Rodríguez Larreta en aquella mesa tripartita con Alberto y Kicillof que, con acuerdos y discrepancias, se presentaba ante el país para informar sobre el estado de la peste. La vicepresidenta no aguantó que el Presidente hubiese empezado a nombrar a Larreta como "el amigo Horacio".

Fue entonces que Cristina mandó a que le manotearan parte de la coparticipación al jefe de Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires para, al mismo tiempo, traspasar esos fondos al gobernador bonaerense Axel Kicillof, es decir al territorio que ella quería favorecer para luego recibir como devolución los votos de bonaerenses agradecidos, algo que las recientes PASO desmintieron de manera tajante.

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Mauricio Macri volvió al país y los halcones del PRO y la UCR empezaron a gruñir.

Mauricio Macri volvió al país y los halcones del PRO y la UCR empezaron a gruñir.

Para ganar el 14 de noviembre la oposición sólo debía quedarse quieta, coincidían los observadores al referirse al grotesco estado de pelea continua entre kirchneristas y albertistas que les permitía a los de Juntos por el Cambio hacer la plancha.

Todo venía bien para los del PRO, la UCR y los "lilitos" hasta que Mauricio Macri volvió al país, convocado esta vez por la Justicia. Fue llegar al país para que los halcones del PRO y de la UCR se pusieran en guardia y empezaran a gruñir y, en algunos casos, a irse de boca.

Alentada o no, la presencia de Macri está contaminada de grieta. Y, a escala, claro, de cristinismo. La grieta desalienta diálogos y posibles acuerdos. Y Macri ha quedado preso de cierta lógica ultra de la vicepresidenta. Por algo la orden en el kirchnerismo es hablar mal de Macri cada vez que se pueda y de recordarle a la población que ese apellido es el origen de todos los males actuales de la Argentina.

Desde las PASO y hasta que volvió Macri, la (mala) escena política la capitalizaban los que perdieron esas elecciones primarias, esto es, el kirchnerismo, La Cámpora y el albertismo.

Sergio Berni tildaba de "cachivache" al Gobierno y aseguraba no sentirse representado por Alberto. Hebe de Bonafini acusaba al Presidente de juntarse sólo con los ricos. Guillermo Moreno reclamaba un gobierno sin Alberto ni Cristina. El Estado argentino se retiraba como querellante en la causa por la ocupación de nuestros parques nacionales por parte de activistas mapuches. Nuestro embajador en Chile, Rafael Bielsa, se presentaba en un juicio para defender a Jones Huala que está condenado a 9 años de prisión. Y Máximo Kirchner veía cómo se esfumaba su supuesto poderío político en la provincia de Buenos Aires.

Para colmo, la dividida celebración del Día de la Lealtad Peronista fue el summun del delirio. En los dos actos (el del kirchnerismo duro el 17 y el de la CGT el 18) se ninguneó a placer al Presidente. En el del 17 lo bombardearon a críticas personajes como la desorbitada Bonafini y el condenado Boudou. "Fue el 17 de octubre más inoportuno de la historia" dijo con sorna Jorge Asís. Y el lunes 18 la concentración de los gremios peronistas difundió un documento en el que no se nombró ni una vez a Alberto ni a Cristina.

El sábado 16 Cristina había utilizado las instalaciones de la ESMA para hacer un acto partidario con La Cámpora donde intentó una actualización doctrinaria y se metió, como pocas veces, en un merengue conceptual sin lograr aclarar si el peronismo es un movimiento de izquierda, de derecha o de centro. "Es algo superador", alcanzó a decir.

"Nos dicen kirchneristas porque nos quieren bajar el precio, pero somos peronistas", definió Cristina intentando olvidar todas las veces que ella y su esposo Néstor Kirchner cuestionaron a Perón, "al pejotismo" y a las peronistas "que se cuelgan del apellido de sus maridos", como cuando ella martirizaba a Chiche Duhalde.

Una cosa es que algunos macristas y radicales no quieran apoyar ahora un diálogo. Es entendible: hay que esperar el resultado de las elecciones. Pero otra cosa es plantear esa negativa como si fuera una marca a fuego, de aquí hasta diciembre del 2023.

El país está necesitado de dirigentes que se definan como abiertos al acuerdo, por mínimo que éste sea. Los ciudadanos argentinos necesitan aferrarse a la seguridad de que la política va a hacer todo lo posible para evitar el desmadre. A esta gestión le quedan todavía dos años de gobierno y los argentinos que vamos en el barco necesitamos algo de tranquilidad. Ya bastante tenemos con el doble comando de gestión en el oficialismo, con sus peleas intestinas, con la ausencia de un plan económico, con el fracaso en la lucha contra la inflación, con todos los cepos y trabas en la economía, con la emisión monetaria desatada para tratar de salvar la ropa en la elección de noviembre. Debemos recibir claramente de parte de la oposición la señal de que el diálogo no se esfumará de su horizonte.