Irónica, filosa, tan parecida a sí misma como hacía tiempo no se la veía. Así se presentó Cristina en un ámbito que se prestó para que hiciera gala de su locuacidad manejando con precisión el clima del auditorio colmado por sus fans e invitados especiales.
Su presencia no pasó inadvertida para nadie y, como cada vez que se expresa, sus palabras dejan una estela que da para varios días de comentarios a favor y en contra.
Todo lo que rodea a Cristina es pura emoción, que trasciende la explicación meramente política. En todo caso, lo politico, la lucha por el poder, es una estrategia que está dentro de algo mayor. Está comprendido en el campo de la cultura kirchnerista (o más bien cristinista), que retoma aspectos tradicionales del peronismo pero que lo nutre y actualiza con notas heterogéneas de la movida generada en los últimos años.
Allí caben desde la dirigencia pejotista tradicional, sindicalistas históricos, militantes de derechos humanos, intelectuales, pañuelos verdes y celestes, hasta artistas de distintas generaciones. Una cultura que permea emocionalmente en diversas capas sociales, entre hombres, mujeres y sectores juveniles con la esperanza a flor de piel. El rock barrial, la cumbia villera, el trap, entre otras expresiones de perfil urbano, forman parte del ritual movimientista. El motor y el fundamento de la convocatoria son las ansias de volver.
El cristinismo busca recuperar su trono con la líder secundando la fórmula, con la mujer que divide aguas apasionadamente. La que mucho debe agradecerle a Mauricio Macri, a quien se negó a entregarle los atributos de mando, por estar de nuevo en carrera hacia el poder, y muy cerca de la meta.
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Retomando la prédica que acentuó en su segundo gobierno, Cristina insistió con el "blindaje" mediático, para explicar el sostén de las políticas que "maltratan" a la población. Otra vez "el picasesos" de la corpo para defender sus intereses económicos, le explicó a los presentes en un clima de algarabía.
¿"Se acuerdan del asado"?, "Sorry, con la comida hoy estamos igual que Venezuela", fueron algunas de sus frases más celebradas.
Macri tuvo la oportunidad de encarnar un capitalismo en serio pero eligió ser "carancho del sistema financiero", interpretó la estrella del encuentro antes de dar su última estocada cuando sentenció que "es tan horrible que ni los ortodoxos lo defienden".
Alberto apareció poco y nada en su discurso. Después de todo se trata de una figura de reparto en la escena cristinista.
La campaña del miedo
El escenario de hiperpolarización a un puñado de días de las PASO aparentemente ya está jugado con una marcada paridad. Habría hasta el momento una exigua ventaja para los Fernández, lo cual no es una mala noticia para el oficialismo.
En las filas macristas confían que con una elección pareja tendrían el impulso para imponerse el 27 de octubre. Hasta piensan que podrían consagrar la reeleccíón sin necesidad del balotaje sumando votos reactivos al kirchnerismo que se dispersen en las primarias.
Inversamente, en el Frente de Todos confían en la ventaja que tendrían en las PASO para ampliarla y dar el salto en primera vuelta con la diferencia de votos que aporta el conurbano bonaerense.
En el fondo, en ambos sectores esperan que hasta el comicio de agosto las cosas se mantengan como hasta ahora, evitando errores no forzados.
Después de la gran encuesta del domingo 11, habrá tiempo para ahondar la grieta.
Desde el Gobierno plantearán que no debe volver el pasado de corrupción, autoritarismo y un largo etcétera.
Acompañada por una pequeña imagen de yeso de la Virgen de la Carrodilla que le ofrendaron desde el público, la expresidenta también dio señales de cómo sigue su discurso: en el gobierno de Macri "la chocaron toda", dijo. Y planteó el dilema de si son muy malos o si "hicieron lo que vinieron a hacer".
Está claro que Cristina irá a fondo. Por necesidad y porque está en su naturaleza.

