Semana terrible. Es Vendimia. Mis muchos años como periodista están llenos de Vendimia. Me pesa ese equipaje. Demasiado. Ya no quiero escribir de Vendimia. Siento la Marcha de la Vendimia y me pongo en guardia. Esta columna diaria debería ser zona libre de Vendimia.
Las líneas que usted está leyendo podrían haber sido sobre temas más picantones. Por ejemplo, la exhorbitante cantidad de asesores que tienen los tres senadores nacionales por Mendoza. O los $400.000 mensuales que gana la secretaria del presidente de la Suprema Corte de Justicia local. Pero aquí estoy, entrampado en los vapores del "A Luján, Las Heras, Rivadavia y Tunuyán".
Lo que me afecta no es la Fiesta en sí, que es un "bien-mal" necesario. Hemos sido Vendimia-dependientes así no hayamos ido nunca al anfiteatro. Lo que a mí me jode es esa pátina alambicada que a lo largo de décadas ha ido cubriendo el festejo, el exceso de acartonamiento, el reino del lugar común, la insistencia en sofocar la ambición creativa. El tradicionalismo de utilería. Lo pobretón que han quedado la Vía Blanca y el Carrusel.
No te confíes del santo
Nos hemos confiado. Creíamos que teníamos la mejor fiesta popular del mundo y eso nos ha llevado a repetirnos, a insistir en clichés. A encorsetar a nuestros creadores para trabarles su genio artístico con exigencias de cómo debe ser un un guión o de qué maquetas no deben faltar.
Creemos que el cielo se vendrá abajo si dejamos de elegir una reina de la Vendimia cuando el mundo civilizado ya ha eliminado los concursos de belleza por ser contrarios a cualquier idea de evolución de la condición de mujer.
Me bastó leer por la mañana que una candidata a reina había declarado "Yo soy la líder de mis propias decisiones" para que me subiera el nivel de colesterol. Quiero ser portador sano de Vendimia. Pero el mal acecha.
Con ustedes, el artista
Cuando era joven y trabajaba en Los Andes hubo una época en que solían titular en cada Vendimia departamental, calcado, este sonsonete: "Belleza y simpatía en la reina de Junín", Belleza y simpatía en la reina de Maipú". Es decir que la comodidad vendimial hizo estragos.
Empecé a ir Vendimia en la que quizás haya sido la época más creativa de la Fiesta: en los años ´60 y parte de los´70. Por entonces, Abelardo Vázquez, el inventor de las fiestas como gran espectáculo, marcó el espíritu maestro que luego no ha logrado ser superado, aunque por acá o por allá haya Fiestas posteriores a él que deban ser recordadas.
Vázquez dirigió y escribió 13 actos centrales en el anfiteatro. Dio vuelta como una media la forma de hacer Vendimia. Metió mano en guiones, escenografía, luces, música. Fue una especie de Fellini. Un artista total.
Todavía recuerdo la Vendimia de Cristal, considerada por los expertos, como la mejor Fiesta de la Vendimia de todos los tiempos.
¿Vió cuando se dice "no había ojos para verlo"? Bueno, quienes estuvimos en esa noche mágica en las gradas del Romero Day sentimos que se nos caía la mandíbula.
Abelardo fue el inventor de las cajas lumínicas, de los bailarines suspendidos en los cerros, de la cascada que se desparramaba repleta de luces por las laderas del piedemonte, efectos que luego se repitieron hasta el hartazgo.
Por esa época Mendoza todavía ni imaginaba que iba a ser nombrada como una de las grandes capitales del vino. Sin embargo, lector/a, en los años '60 Abelardo Vázquez ya burilaba a la Fiesta de la Vendimia como un espectáculo de interés internacional.
