La Comisión de Reinas Nacionales de la Vendimia (CORENAVE) ha generado un interesante hito rupturista en el historial de esa nobleza impostada con la que los mendocinos nos habíamos acostumbrado a celebrar, desde 1936, la Fiesta de la Vendimia.
De ser un organismo protocolar y modosito para mantener vivo el recuerdo de aquellas mujeres que fueron reinas de este festejo, de repente las integrantes de la CORENAVE se rebelaron políticamente.
Y se expresaron claramente en contra de la sanción de una ley de la provincia de Mendoza, votada por una mayoría de diputados y senadores del oficialismo y de la oposición: la que permitió la minería metalífera, pero que duró un suspiro.
No sólo eso, Además, le exigieron al gobernador Rodolfo Suarez la suspensión de la Fiesta de la Vendimia de este 2020 si él no estaba dispuesto a derogar la norma que permitió el regreso de la minería metalífera bajo controles rigurosos.
Ordeno y mando
Que una reina vendimial exija que no se haga la Fiesta de la Vendimia es, a escala, claro, como que la reina de Inglaterra o la de Holanda salgan de un día para el otro a exigir que se suspenda en sus países la tradición monárquica milenaria porque no les gusta una norma de sus parlamentos. Por ejemplo, y para estar a tono con los disparates, una ley que prohíba esos sombreros ridículos que suelen portar las soberanas de esas monarquías.
Lo que llamó la atención es que esta misma CORONAVE es, al mismo tiempo, la que ladinamente venía gambeteando expedirse formalmente sobre esa antigualla en la que se han convertido los concursos de belleza femenina en el mundo, a raíz del avance de los derechos femeninos, entre los que está el rechazo a la cosificación de la mujer por su físico.
Se esté o no de acuerdo con la posición antiminera de la CORENAVE, es indudable que como mujeres pensantes están en su derecho de expresarse como quieran.
Tal vez debieron cuidar un poco más el detalle de que la ley cuestionada, que abría el juego a la minería responsable y preveía la generación de riqueza y de miles de puestos de trabajo directos e indirectos, había sido votada por una mayoría de senadores y diputados elegidos por el pueblo. Y de otro dato no menor: la Constitución Argentina dice que "el pueblo no gobierna ni delibera sino a través de sus representantes".
Esto, aclaro, sin desconocer el sagrado derecho a peticionar ante las autoridades que tienen todos los ciudadanos, incluídos los pelmazos que escribimos columnas de opinión en los diarios.
En modo naftalina
Esta concreta y respetable rebelión de las capas y las coronas vendimiales en contra de la minería como fuente de riqueza y en defensa del agua, debería quizás hacernos repensar nuestra Fiesta para que sea relanzada artísticamente con otros ímpetus y perspectivas, con lo cual podríamos asegurarnos mantener el festejo por muchas décadas más, mejorando las regalías que nos dejan los turistas del país y del mundo.
Debemos consolidar el concepto de que somos una de las grandes capitales mundiales del vino, pero sin reinas. Y ya sin ese dejo de ropajes con olor a naftalina.
Y, sobre todo, sin esa excentricidad de batallar por ver qué departamento tiene la mujer más linda, un concepto que, como una media, ya ha sido dado vuelta por esa realidad que ha generado una de las pocas revoluciones que no tiene que ver con la tecnología sino con la humanidad: la de las mujeres contra el machismo y la violencia de género.
Mojándole la oreja a la Vendimia
Desde hace varios años la Fiesta de la Vendimia empezó a ser tomada para el churrete por todo grupo que quería hacer hocicar al gobernador de turno, sobre todo por los gremios estatales, que se habían acostumbrado a cogobernar con sucesivos mandatarios.
En esos lapsos algunos de sus dirigente/as cacheteaban a los funcionarios si cuadraba y les rompían en sus cabezas los papeles con los aumentos que nos les convencían.
A tal punto quedó "consagrado" ese estilo, que todo aquel que quería protestar se tenía que presentar el sábado del Acto Central y ponerse a la cabeza del Carrusel vendimial. Y desfilar por toda la ciudad cantando consignas contra el gobierno de turno.
Los militantes ambientalistas que están en pie guerra contra la industria de la minería (incluidos sus grupos de choque de la izquierda) se lanzaron a exigirle a Suarez lo que ellos quieren y ordenan. Y creen haber tocado el cielo con las manos.
Ahora la Constitución para muchos de ellos ya no es la Ley básica sino que lo que cuadra es "la ley de redes", es decir esa idea de que la actividad parlamentaria se puede subsanar por una especie de democracia directa representada por Facebbook o WhatsApp, la que se utiliza no sólo para cuestionar a funcionarios sino para amenazar y escrachar a periodistas por, supuestamente, no acompañar su catecismo.
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