Para los investigadores, Pablo Sparta (69) concretó el secuestro de su pareja durante diez años en un domicilio ubicado en Las Heras. Pero todo parece indicar que el hombre zafará de enfrentar un juicio por el hecho de violencia de género y de hecho en los últimos días logró recuperar su libertad.
Liberaron al acusado de secuestrar a su pareja por 10 años y se diluye la chance de ir a juicio
Estaba previsto que en noviembre último se iniciara el debate contra el acusado de encerrar a su novia en el domicilio donde convivía en Panquehua durante casi toda la década pasada. Sin embargo, el proceso se suspendió debido al estado de salud del imputado.
Pablo Sparta sufre de problemas físicos producto de una hernia pero también padece un deterioro cognitivo producto de una enfermedad. Tres peritos, incluidos integrantes Cuerpo Médico Forense (CMF), determinaron que por el momento no se encuentra en condiciones de atravesar un proceso penal.
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Ante esta situación, los abogados defensores Armando Chalabe y Florencia Fiadino solicitaron el cese de la prisión preventiva. La medida fue avalada por la fiscal de Violencia de Género Mónica Fernandez Poblet y finalmente fue dictada por el juez Mauricio Juan.
En una audiencia que se realizó el jueves, el magistrado impuso como condiciones que el imputado mantenga un domicilio físico, no se acerque a la víctima y asista a un centro de salud mental.
Pero más importante, el juez ordenó que suspendió provisoriamente la realización del juicio y ordenó que Pablo Sparta sea evaluado semestralmente para determinar si mejor su estado cognitivo y puede afrontar el proceso, algo que parece difícil ya que los médicos determinaron que la enfermedad es degenerativa e irreversible.
Un secuestro que duró 10 años
A mediados de 2006, Eli -se reserva su identidad por ser víctima de violencia de género- vivía con sus tres hijos -dos varones y una mujer-, una nuera y un nieto en un lote ubicado en Panquehua. La propiedad ubicada en calle Vicente Gil, en el norte lasherino, estaba dividida en dos inmuebles: uno en el frente y otro en la parte trasera.
La víctima, que sufría una grave incapacidad tras un accidente vial, comenzó una relación con Pablo Sparta y decidieron convivir juntos. Los hijos de la mujer se hicieron grandes, se fueron a vivir con sus propias familias y, sin quererlo, allanaron el camino para que el hombre comenzara su macabro plan.
La acusación fiscal sostiene que Sparta empezó a reducir el contacto de la víctima con su entorno familiar. Empezó a "plantar" ideas en su cerebro hasta que logró convencerla de que sus hijos querían internarla y quedarse con la propiedad. La tarea de manipulación le demoró tres años pero logró su objetivo: a mediados de 2009 su novia le firmó la cesión de derechos sobre la casa.
Sin embargo, no claudicó en su accionar. El círculo de violencia de género fue creciendo día a día a medida que el hombre inoculaba miedo a Eli. A mediados de 2012 decidió cortar definitivamente los contactos con su círculo íntimo. Aprovechó la construcción del fondo de la propiedad, que era una especie de cuarto de servicio, y la encerró con llave y candado. Se convirtió en su cárcel personal durante 10 años. El único momento parecido que se asemejaba a la libertad era cuando Sparta la dejaba salir un rato a la vereda, durante la madrugada y siempre bajo su custodia.
El secuestrador se había garantizado que no hubiera sospechas. Los hijos de la mujer escucharon de la boca de su propia madre que no quería verlos nunca más. Sin embargo, la hija no se fue del lugar convencida. Intentó volver a contactarse con su madre pero el resultado fue siempre negativo.
Decidió preguntarle a Sparta dónde estaba la mujer y el hombre les contestó que se había ido a vivir a Brasil con una congregación evangélica. A mediados de 2013, los hijos decidieron radicar una denuncia por averiguación paradero que se formalizó en el expediente 46875/13.
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Los sabuesos policiales y judiciales entrevistaron en tres ocasiones a la pareja de la desaparecida. La respuesta fue siempre la misma: la mujer se había ido a vivir a otro lado y no sabía muy bien dónde. Las tareas de búsqueda fueron infructuosas y el expediente quedó prácticamente durmiendo en algún cajón del Poder Judicial.
A mediados de 2019 la causa se reactivó al caer en manos de un nuevo fiscal. Tal es así que notificaron a los hijos de Eli.
Uno de ellos estaba viviendo en Tierra del Fuego pero decidió volver a radicarse en Mendoza para estar al tanto de todo lo que ocurría. Incluso solía publicar en su perfil de Facebook pedidos de ayuda para obtener datos y poder develar la incógnita de su vida: ¿qué había pasado con su madre?
Los investigadores se fueron convenciendo poco a poco que había algo raro en Pablo Sparta. Tal es así que el 6 de mayo de 2020 se realizó un allanamiento en la casa ubicada en calle Vicente Gil, que ahora tenía las ventanas tapiadas con madera y había un puñado de autos estacionados en calidad de chatarra en la puerta.
En el cuarto del fondo encontraron a Eli. La mujer estaba inserta en un contexto de violencia de género de tal modo que en un primer momento quiso esbozar una defensa de su pareja, pero la situación era clara para las autoridades: había estado 10 años secuestrada.
Sparta quedó detenido a disposición de la fiscal de Violencia de Género Mónica Fernández Poblet. Fue imputado por privación ilegítima de la libertad calificada por el vínculo, por durar más de un mes y por mediar violencia de género.
Pese a lo grave de la acusación, el Código Penal establece penas de 2 a 6 años de prisión para este delito.





