Durante 10 años, el paradero de Eli fue un misterio. Nadie sabía dónde estaba, excepto una sola persona: su pareja. La historia de un presunto secuestro en Las Heras que se aletargó una década llegará a un juicio oral en los próximos meses. Una historia donde la manipulación y la violencia de género estuvieron a la orden del día.

A mediados de 2006, Eli -se reserva su identidad por ser víctima de violencia de género- vivía con sus tres hijos -dos varones y una mujer-, una nuera y un nieto en un lote ubicado en Panquehua. La propiedad ubicada en calle Vicente Gil, en el norte lasherino, estaba dividida en dos inmuebles: uno en el frente y otro en la parte trasera.

Ese año ocurrió el primero de una seguidilla de golpes que el destino tenía preparados para esa familia. La mujer de 35 años sufrió un accidente automovilístico del cual logró zafar de milagro y terminó con casi el 70% de incapacidad física.

Pasaron algunos meses y Eli se encontraba en un estado casi depresivo. En ese momento se cruzó por su vida Pablo Sparta Moncho, quien por ese tiempo tenía 52 años. Formaron una relación y en un abrir y cerrar de ojos estaban conviviendo. Los hijos de la mujer se hicieron grandes, se fueron a vivir con sus propias familias y, sin quererlo, allanaron el camino para que el hombre comenzara su macabro plan.

Una historia de engaños y violencia de género

La acusación fiscal sostiene que Sparta empezó a reducir el contacto de la víctima con su entorno familiar. Empezó a plantar ideas en su cerebro hasta que logró convencerla de que sus hijos querían internarla y quedarse con la propiedad. La tarea de manipulación le demoró tres años pero logró su objetivo: a mediados de 2009 su novia le firmó la cesión de derechos sobre la casa.

Sin embargo, no claudicó en su accionar. El círculo de violencia de género fue creciendo día a día a medida que el hombre inoculaba miedo a Eli. A mediados de 2012 decidió cortar definitivamente los contactos con su círculo íntimo. Aprovechó la construcción del fondo de la propiedad, que era una especie de cuarto de servicio, y la encerró con llave y candado. Se convirtió en su cárcel personal durante 10 años. El único momento parecido que se asemejaba a la libertad era cuando Sparta la dejaba salir un rato a la vereda, durante la madrugada y siempre bajo su custodia.

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El secuestrador se había garantizado que no hubiera sospechas. Los hijos de la mujer escucharon de la boca de su propia madre que no quería verlos nunca más. Sin embargo, la hija no se fue del lugar convencida. Intentó volver a contactarse con su madre pero el resultado fue siempre negativo.

Decidió preguntarle a Sparta dónde estaba la mujer y el hombre les contestó que se había ido a vivir a Brasil con una congregación evangélica. A mediados de 2013, los hijos decidieron radicar una denuncia por averiguación paradero que se formalizó en el expediente 46875/13.

Los sabuesos policiales y judiciales entrevistaron en tres ocasiones a la pareja de la desaparecida. La respuesta fue siempre la misma: la mujer se había ido a vivir a otro lado y no sabía muy bien dónde. Las tareas de búsqueda fueron infructuosas y el expediente quedó prácticamente durmiendo en algún cajón del Poder Judicial.

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La publicación de un hijo de la víctima a mediados de 2015.

La publicación de un hijo de la víctima a mediados de 2015.

A mediados de 2019 la causa se reactivó al caer en manos de un nuevo fiscal. Tal es así que notificaron a los hijos de Eli. Uno de ellos estaba viviendo en Tierra del Fuego pero decidió volver a radicarse en Mendoza para estar al tanto de todo lo que ocurría. Incluso solía publicar en su perfil de Facebook pedidos de ayuda para obtener datos y poder develar la incógnita de su vida: ¿qué había pasado con su madre?

Los investigadores se fueron convenciendo poco a poco que había algo raro en Pablo Sparta. Tal es así que el 6 de mayo de 2020 se realizó un allanamiento en la casa ubicada en calle Vicente Gil, que ahora tenía tapiada con madera las ventanas y había un puñado de autos estacionados en calidad de chatarra en la puerta.

En el cuarto del fondo encontraron a Eli. La mujer estaba inserta en un contexto de violencia de género de tal modo que en un primer momento quiso esbozar una defensa de su pareja, pero la situación era clara para las autoridades: había estado 10 años secuestrada.

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La casa donde estuvo raptada la mujer durante una década.

La casa donde estuvo raptada la mujer durante una década.

Sparta quedó detenido a disposición de la fiscal de Violencia de Género Mónica Fernández Poblet. Fue imputado por privación ilegítima de la libertad calificada por el vínculo, por durar más de un mes y por mediar violencia de género. Pese a lo grave de la acusación, el Código Penal establece penas de 2 a 6 años de prisión para este delito. Con el correr de los días, debido a su avanzada edad, el hombre consiguió el arresto domiciliario.

La mujer fue abordada por un equipo interdisciplinario que detectó "indicadores de sufrimiento psíquico, angustia y malestar acorde a una exposición a la violencia psicológica de vieja data". Los peritos determinaron que Eli "es emocionalmente dependiente, insegura, sumisa y fácilmente influenciable".

En los primeros días de junio se realizó una audiencia donde se definieron todas las pruebas que se ventilarán en el juicio, que tiene fecha para noviembre próximo. Mientras llega esa fecha tan importante, Eli está de nuevo con sus hijos que la buscaron incansablemente durante una década.

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