Crónicas insólitas de Mendoza
Por Enrique Pfaab[email protected]
Ocurrió a mediados de los ’80 y las escenas principales sucedieron en la Comisaría 1ª de la ciudad de Mendoza, por ese entonces ubicada en la calle Chile.
En esa época, el desvalorizado peso argentino tentaba al turismo trasandino que sólo con el fin de realizar compras convenientes cruzaba la frontera y se pasaba los fines de semana vaciando negocios, especialmente los de la calle Las Heras.
Allá y aquí, las tarjetas de crédito hacían fuertes campañas de promoción para impulsar la utilización del plástico en lugar del efectivo, y en la vereda, como hoy con los celulares, los promotores se peleaban para conseguir nuevos clientes.
Como ocurre siempre, ante cada novedad comercial surge también una nueva modalidad delictiva y así, junto a los turistas que venían a comprar con tarjeta, también venían pungas, descuidistas y cuenteros a hacerse la diferencia. Los policías se volvían locos hasta que lograban descubrirles la vuelta.
En esa época era relativamente simple estafar con una tarjeta de crédito robada. Actualmente, el sistema informático detecta instantáneamente si la tarjeta con la que se quiere pagar está denunciada como extraviada, sustraída o con su límite de compra superado. En aquellos días, la validez del plástico sólo se podía constatar chequeándolo con los boletines informativos impresos que las compañías enviaban a los comercios cada cinco o siete días con la nómina de las tarjetas denunciadas.
Es cierto que también muchas cajeras, acosadas por el intenso trabajo, preferían confiar en su percepción antes que cotejar esos listados. Haciendo uso de un criterio un tanto discriminatorio, si el cliente tenía un aspecto acorde al monto de la compra realizada, las responsables de cobrar ignoraban rotundamente cualquier maniobra preventiva que pudiera retrasarlas.
Para peor, en la ciudad de Mendoza había puntos estratégicos –especialmente, algunos bares de medio pelo– en donde en horarios preestablecidos se reunían punguistas y estafadores; aquéllos, para vender las tarjetas robadas y éstos, para comprarlas y poder cumplir con su destino. Además, se podían conseguir allí cheques y documentación personal robada a buen precio.
“Me acuerdo de uno de esos tantos casos: un tipo de unos 30 años, alto, bien vestido, de fuerte presencia varonil, con barba bien aplicada”, cuenta el comisario inspector D.R.G., mientras se atusa el bigote mentando aquella época de miliquito nuevo. El policía está al borde del retiro y pareciera que el inminente final le ha estimulado la memoria y la lengua.
“Cayó en la comisaría como aprehendido, acompañado por un cabo y dos personas más que representaban a un banco de la zona céntrica”.
Los del banco, que parecían dos linyeras al lado del hombre de impecable traje color crema, camisa blanca y corbata salmón, aseguraban que ese fulano venía de voltear durante varios días consecutivos a una veintena de negocios con el uso de tarjetas doradas sustraídas. “Cuando se lo requisó, no tenía ni la tarjeta ni el documento que había utilizado”, dice D.R.G. Tampoco se encontró nada en el allanamiento de su casa.
El tipo se comportaba como si fuera un caballero inglés y los milicos, temerosos de estar metiendo preso al hombre equivocado, lo trataban con la mayor consideración posible.
“Se le hizo la causa judicial. Se le realizó en la comisaría la pericia caligráfica, que en esa época la hacían los oficiales de sumarios, y todas las otras medidas. Fue imputado por estafa y se lo pasó a la justicia”, recuerda el policía. Antes de ser llevado a la Penitenciaría, el prolijo convicto se despidió con una sonrisa de los milicos y prometió regresar para agradecer el buen trato que le habían dispensado.
Pasaron un par de semanas. En la comisaría ya se habían olvidado del caso cuando lo vieron ingresar, esta vez sin acompañantes y vistiendo un traje azul oscuro, casi negro, y una corbata de un colorado intenso.
El hombre encaró al policía, le dijo que ya había arreglado su situación y que deseaba retribuir las gentilezas dispensadas. “Puso en el escritorio de la guardia una bolsa con cinco kilos de carne, seis botellas de tres cuartos (de litro) de vino blanco y tinto, y hasta una bolsa con leña”, recuerda el policía.
Acto seguido, el tipo le dio la mano con una ceremoniosa inclinación de cabeza y encaró hacia la puerta. Algo incomodó al oficial, pero imaginó el placer gastronómico y apenas pudo murmurar un formal: “¡No se hubiera molestado…!”. El hombre esperó a llegar a la puerta, giró y, sonriendo, le contestó: “No se haga problema. Lo pagué con tarjeta”. Y salió. Cuando el oficial llegó a la vereda, apenas quedaba en el aire la torpe imitación de un perfume importado.



