Una de las escenas más destacadas de la película estadounidense "La sociedad de los poetas muertos", realizada en 1989 con el actor Robin Williams como protagonista, sufriría una modificación como remake en el búnker argentino en Chicago.
La recreación, robusta de imaginación, tendría al entrenador, Gerardo Martino, parado sobre un pupitre añejo de madera, preparado para vociferar una frase célebre en el mundo cinéfilo, pero con una variante donde el singular muta al plural: "¡Oh, capitanes, mi capitanes!".
Esos capitanes son Lionel Messi y Javier Mascherano. Uno porta la cinta en el campo de juego, el otro en el vestuario. El rosarino se hace patrón y cuando pide la pelota, elude rivales y convierte; el santafesino ordena a sus compañeros, tiene ojos en la nuca, genera héroes y alienta en el vestuario.
¿Quién tiene mayor influencia? Ambos por igual. Messi es el faro futbolístico y el que dio el ejemplo en San Juan cuando disputó el amistoso inoportuno ante Honduras luego de varias horas de viaje en avión. Mascherano tiene "incidencia en el grupo", dijo Martino, con su garganta caliente.
A su vez, tanto Messi como Mascherano, más allá de ser compañeros en Barcelona de España, se profesan mutuo respeto y admiración.
"Los equipos han tenidos líderes naturales desde el grupo y desde lo futbolístico. Nada que no pueden ver en el campo o en las notas sucede; ellos son los de mayor ascendencia", manifestó el "Tata" en la conferencia de prensa previa al choque ante Panamá.
Lo que se presumía hace tiempo, desde la época con Alejandro Sabella como entrenador, es una realidad hoy. Messi, con su forma de ser, es un verdadero capitán, a su manera y con el balón en los pies. Mascherano, a su modo, también lo es.
La cinta la porta solo uno, pero todos saben que está destinada para los dos.
