Pasaron 56 años de aquel fatídico 12 de noviembre de 1963 en el que el Mono José María Gatica moría en un increíble accidente.
José María Gatica no consta entre los mejores de la historia del boxeo argentino pero sí entre los más carismáticos y entre los que con mayor vigor separaron las aguas de los amantes del llamado arte de pegar sin dejarse pegar.
Prócer de un deporte, a secas, con la modestia que implica esa denominación, pero prócer al fin, por su naturaleza de peleador de los de dar espectáculos vibrantes, por los condimentos de una niñez y una adolescencia determinadas por las privaciones y por su perfil expansivo y polémico.
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El apodo que más se ajustó a las destrezas que cultivó dentro del ring fue “El Tigre”, pero el difundido y el más recordado, "El Mono”, aunque su portador lo rechazaba de forma sistemática y amenazante: “¿Mono? Mono, las pelotas”.
El Mono, un buscavidas que hacía explotar el Luna Park
Gatica nació el 25 de mayo de 1925 en Villa Mercedes, San Luis, donde vivió 13 años, hasta que una noche juntó las pocas ropas que tenía, las envolvió, las convirtió en un paquete rudimentario, se subió a un tren de carga y a la mañana siguiente llegó a Plaza Constitución.
Pasó una noche en el Ejército de Salvación, se hizo lustrabotas, buscavidas, pero al poco tiempo el peluquero albanés Lázaro Koci descubrió sus dotes de peleador callejero y lo convirtió en un boxeador delivery que brillaba en combates informales a tres asaltos en un alojamiento para marineros británicos.
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Al tiempo el joven Gatica fue El Tigre Gatica, brilló como aficionado, nació el célebre clásico con Alfredo Prada y a partir del 7 de diciembre de 1945, cuando se hizo profesional, devino pasión de multitudes de la popular del Luna Park y su sola presencia resultó un imán que dejó chico el máximo coliseo boxístico de Sudamérica, no una, ni dos, ni tres veces, unas cuantas.
Espontáneo, bocón, charlatán, Gatica repartió su caudal emocional entre un elocuente rencor ante quienes habían retaceado una mirada piadosa a sus años de franca pobreza y su saludable empatía con los niños carecientes, lustrabotas, canillitas y otras variantes de los desposeídos.
Precisamente su afán solidario con los desposeídos tuvo un natural correlato en una fervorosa adhesión al peronismo y en una chispeante admiración a Juan Domingo Perón, chispeante por su inusitada y zumbona reacción cuando el por entonces Presidente de la Nación fue a ver una de sus peleas y decidió corresponder al gesto pasando la cabeza por entre las sogas y saludarlo a la voz de “General, dos potencias se saludan”.
Advertido de las buenas perspectivas de Gatica (peleador franco en la media distancia, veloz y con manos picantes), el General Perón fomentó que se abra paso en los Estados Unidos, pero a la hora de concertarse la pelea con el campeón mundial liviano, Ike Williams, el villamercedino alternó su entrenamiento con licencias nocturnas de más por saber y fue noqueado en el primer round.
Pero si fue decepcionante el desenlace de aquella pelea que había tenido en vilo a la comunidad deportiva argentina, no menor fue la decepción sufrida por el maestro Fioravanti, narrador del fugaz pleito: “Me acerqué al hotel, a consolarlo por la derrota, pero Gatica bailaba rumba, muy bien acompañado”.
Después, la decadencia lisa y llana, acentuada por las cuentas que por su condición de peronista le pasó la Revolución Libertadora, un puñado de peleas medio clandestinas, sin licencia profesional, algún tiempo en el rol de precursor de RRPP en el restorán de su ex enconado adversario Alfredo Prada (Gatica recibía a los comensales con un proverbial “buenas noches, buen provecho”) y una desdichada experiencia como luchador ante Martín Karadagian, que con una toma le lastimó un tobillo y provocó una cojera de la que nunca se recuperó.
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Gatica se retiró del boxeo dueño de una foja excepcional: 85 victorias, 72 antes del límite, siete derrotas, dos empates y una sin decisión.
Esas 95 batallas en el campo rentado, muchas de ellas en noches de Luna lleno, habían fecundado una montaña de dinero que se esfumó en largas noches bien regadas y forzaron el regreso al punto de partida: ganarse la vida a como diera lugar.
El día en que murió el Mono Gatica
Un domingo, volvía de la cancha de Independiente, de vender muñequitos alusivos a los Rojos de Avellaneda, cuando cayó bajo las ruedas de un colectivo 295 en la esquina de Herrera y Pedro de Luján.
Estaba ebrio y eufórico. El micro le pasó por arriba. Su cadera quedó destrozada. Sufrió fracturas en las costillas, en las vértebras y en la pelvis.
Murió dos días después de agonizar, el 12 de noviembre de 1963 en el Hospital Rawson.
La muerte en Gatica, el mono, una película de Leonardo Favio
José María Gatica fue personaje de una novela de Enrique Medina (Gatica) y de una película de Leonardo Favio (Gatica, el Mono) con una sublime interpretación de Edgardo Nieva.
Sus restos estuvieron cuatro décadas en el panteón de los boxeadores del cementerio de la Chacarita y al prosperar una iniciativa de su hija, Eva Gatica, desde el 24 de mayo de 2013 descansan en un monumento especialmente construido en Villa Mercedes.
