Fiel a la receta populista, pandemia mediante, la gestión Alberto-Cristina consumió su crédito a través del gasto exacerbado de un Estado fundido.
Un golcito en el campeonato contra la inflación
A poco de comenzar su mandato, el Gobierno parecía sentirse muy cómodo con la población acuarentenada, las actividades paralizadas y con la chequera alegre a la orden del día.
Tras la derrota en las primarias de medio término los más ultras le saltaron a la yugular al Presidente, al que trataron de ocupa, y también al ministro de Economía, Martín Guzmán, al que tildaron de garante de las recetas del FMI.
Guzmán tuvo que ceder al "plan platita" para achicar la brecha en las generales volcando cuantiosos fondos en el conurbano bonaerense. Una concesión generosa que más temprano que tarde terminaría pagando todo el país con el más brutal de los ajustes: la inflación.
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Empobrecidos y decepcionados, los electores se siguieron mostrando esquivos.
El juego de "yo gobierno pero soy oposición" y "vamos a volver" socavó toda la base de sustentación del ministro de Economía quien, después de los golpes certeros de la vicepresidenta, se escapó por la tangente.
Tras la experiencia exprés y fallida de Silvina Batakis, se hizo cargo Sergio Massa -la tercera pata de la coalición- del timón de un barco a punto de darse con un iceberg debajo de la línea de flotación.
Hacía falta un gestor con espalda política porque sin ella no hay conducción económica posible. La apelación al desastre del gobierno de Macri ya no alcanzaba para contentar a los que confiaron en la fórmula Alberto-Cristina para superar la crisis.
Massa, que no tiene un pelo de zonzo, decidió aferrarse a las negociaciones con el Fondo, el BID, el Banco Mundial y el Club de París para empezar a transitar un camino de relativa ortodoxia hacia la estabilización de la economía.
Mientras Cristina libraba la batalla judicial en la causa Vialidad y otras, y Alberto se entretenía con una agenda banal, Massa -y su pragmatismo al palo-, encontró en los sojeros el recurso para sumar reservas y en el achique del déficit su carta ante el Fondo.
No está demás destacar que su despliegue en todos los frentes no sería posible sin el pragmatismo del Frente de Todos y la bendición de la vicepresidenta. El doble discurso en la coalición, a la orden.
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Justo el 4,9%
Generó suspicacia el dato de la inflación de noviembre, que las consultoras proyectaban cercano el seis por ciento. El número de cuatro y pico da a entender que la meta de Massa ya empezó a cumplirse antes de arrancar a pleno el programa Precios Justos.
No son pocos los especialistas que consideran al "acuerdo" de estabilización como un engaña pichanga porque cuando se liberen, como pasa en la mayoría de las economías occidentales, los precios en las góndolas pegarán un salto para equipararse a la inflación general. Sin reales cambios estructurales, la inflación retomará el ritmo de crecimiento y se habrá perdido la bala de plata que le quedaba al Gobierno.
El maquillaje de los precios de referencia que nivelan los promedios para abajo sirve a las estadísticas, pero la realidad está marcada por el poder adquisitivo o simplemente en el enfrentarse con lo que hay que pagar en el día a día para vivir (o subsistir).
La vocera presidencial, Gabriela Cerruti, pifia cuando comenta que los consumidores sienten que está bajando la inflación cada vez que van de compras al supermercado. Los precios, casi todos, siguen subiendo a diferente ritmo, lo que se hace palpable a través de una sensible pérdida del poder adquisitivo.
La velocidad en el gasto público poco es lo que ha bajado, pese al achicamiento del déficit desde que asumió Massa. En todo caso, algunos indicadores podrían complacer a los auditores del Fondo, pero son números que están lejos de mostrar una mejoría a la población.
"Estamos mal pero vamos bien", parecen decirnos las autoridades al atajarse, entre otras razones, por la pospandemia y la guerra en Ucrania. El 4,9 por ciento es suficientemente alto como para mantenernos angustiados pero, al mismo tiempo, todo lo bajo para que Massa pueda sostener su relato.
Cualquier medida estructural implicaría un cambio de paradigma, con una alta conflictividad al interior del Frente de Todos, máxime en una etapa preelectoral. El reparto de recursos a cambio de votos, si bien conspira con el saneamiento de la economía, no deja de ser una permanente tentación para el Gobierno de cara a la necesidad de ganar la contienda en 2023.
Si la suerte política de Massa, de Alberto, u otro candidato oficialista está atada al derrotero de la inflación, el equipo económico deberá esmerarse para que sus medidas de corto plazo no echen su estrategia por la borda antes de que concurramos a las urnas.
Un mal cálculo puede ser letal para tales aspiraciones políticas y extremadamente dañina para la población, que es la que tiene la última palabra a la hora de la votación.
El bono para los trabajadores del sector privado forma parte de la estrategia política de seducción en una temporada históricamente conflictiva, y tensa en una alta dosis la relación con las cámaras empresarias, que en buena medida agrupan a pymes al límite de la supervivencia.
Es "ser generoso con lo ajeno", según acusa la Mesa de Producción y el Empleo de Mendoza en el comunicado que firmaron diversas entidades privadas, mientras advierte que "no es necesaria la intromisión del Estado para que el sector privado haga lo que tiene que hacer" de acuerdo con la realidad de cada empresa.
Como se ve, en el país cada cual sigue su juego sin compatibilizar, ni mucho menos empatizar con los demás actores. Son lógicos los intereses que están en competencia, pero cuando no hay reglas claras y se patea para distintos lados, no existen formas de convocar a un proyecto con la fuerza necesaria para salir de la crisis.
Por eso, y como contraposición, resulta emotivo ver esa marea de argentinos y argentinas sin distinción, con las camisetas celeste y blanca, alentando a un mismo equipo, el que tan bien nos ha representado. El milagro del fútbol es capaz de aglutinar a todos haciendo omisión de la grieta y de la diversas banderías.
Lástima que el Mundial no tiene prórroga y cada sector o facción vuelve a tirar para su lado haciendo gala de sus propias conveniencias.
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