La pandemia nos está enseñando a hacer política. A todos. No
sólo a los que trabajan de políticos y tienen carnet de afiliación.
El encierro nos está probando. El grupo familiar es hoy una gran
fábrica de experimentación.
Un intendente del conurbano bonaerense explicaba que hay
casas de villas donde viven 10 o 12 personas que, de repente, se
han visto obligados a compartir el encierro.
Esos vecinos tienen armado un sistema singular para que
siempre haya alguien durmiendo en las escasas camas. Los
hombres, por caso, suelen tener trabajos nocturnos para liberar
plazas. Ahora, en cambio, los chicos están sin clases y las
changas cortadas. El funcionario teme que aumenten los
problemas de violencia familiar.
En México 30 millones de personas se mueven dentro de la
economía informal con venta callejera, haciendo comida o
prestando servicios. Eso explica la problemática que tienen las
autoridades aztecas a la hora de fijar una orden única, general.
“Si los sacamos de las calles se salvan del coronavirus, pero se mueren de hambre”, planteó al diario El País un funcionario de la capital.
¿A quién culpar?
El asunto central es que nadie es culpable del inicio de esta crisis
mundial. Ni los políticos que se ven en figurillas para acertar con
sus políticas (ahí sí serán responsables) ni tampoco los
particulares que deben recortar sus libertades individuales en
nombre del bien común.
Los diarios europeos han dado cuenta de las ásperas discusiones
que se registraron por estas horas en la cumbre de la Comunidad
Europea para tratar la ayuda a Italia y España, los dos países de
la región más afectados por la peste.
Dicen que esta reunión virtual, realizada por teleconferencia
para evitar desplazamientos de delegaciones, fue, como en los
torneos de fútbol, el partido de ida, y que no se pusieron de
acuerdo pese a las 7 horas de debate. La semana que viene será
“el partido de vuelta” en el que españoles e italianos tratarán de
convencer a la férrea Angela Merkel de que sea más dadivosa,
algo casi imposible. La familia política europea está que trina.
Eso mismo (el buscar ponerse de acuerdo en medio de una
crisis), pero a menor escala y por otras razones, es lo que se vive
en las casas de todos nosotros.
¿Y la señora?
En algunos hogares no poder contar con la ayuda de la señora de
la limpieza es un drama. En Buenos Aires un hombre fue
detenido cuando llevaba en el baúl de su auto, escondida, a la
mucama que habitualmente hace las tareas en su departamento,
y que ahora tiene prohibido sus desplazamientos por el decreto
presidencial de aislamiento.
Si hasta el famoso hijo presidencial, Estanislao Fernández, se ha
mudado con su padre y la primera dama Fabiola Yañez a la
residencia de Olivos.
Sería apasionante poder hacer un documental de cómo viven el
encierro diversas familias de todas las clases sociales y ver
cómo manejan “políticamente” la situación.
Miles de esos grupos han tenido que llevar a sus casas el trabajo
cotidiano que madres y padres hacían fuera del ámbito
hogareño y que ahora deben concretar vía online mientras
vigilan y ordenan la cotidianidad de sus hijos.
Esas niñas y chicos hasta hace dos semanas iban a la escuela, a
idiomas, hacían deportes, tenían juntadas o piyamadas, iban a
los centros comerciales con sus pares y ahora están obligados a
compartir las tareas del hogar. Y estar todo el día con sus padres.
Apechugar
La pandemia, impensada y temeraria, nos ha puesto en la
obligación de ser seres políticos en un sentido más concreto,
reasignando roles, cuidando con nuevos parámetros la sanidad
familiar, o estableciendo otras prioridades en las finanzas
hogareñas.
Y nos ha colocado en la obligación de pactar, de convencer, de
no perder los estribos, de poner a prueba nuestras relaciones, y
todo entre cuatro paredes.
Lo mejor y lo peor de nosotros puede salir cuando la realidad
nos acorrala. Ahí te quiero -y me quiero- ver.
