Análisis y opinión

Que la buena onda de paz y amor perdure más allá de la celebraciones de Navidad y Año Nuevo

Alberto Fernández brindó una salutación de concordia, mientras las divergencias entre oficialismo y oposición se agudizarán esta semana

Un nuevo frente de conflicto entre los gobiernos de Rodolfo Suarez y el de Alberto Fernández podría abrirse a partir del lunes con la adhesión al Consenso Fiscal que pretende la Nación de todos los mandatarios provinciales.

No obstante, pese a estar decididamente en contra de la política de aumentar impuestos, el gobierno provincial estaría dispuesto a privilegiar la normalización de la relación financiera con la administración nacional.

La Provincia necesita asegurarse la refinanciación de deudas con el Banco Nación y ANSES, entidades que dependen políticamente de la Presidencia, y no querría dilatar los acuerdos para poder volcar los recursos a la obra pública planificada. Ya el nuevo ministro de Hacienda, Víctor Fayad, explicó que de quedar truncas las negociaciones por el refinanciamiento no habrá más remedio que ajustar la ejecución de algunas obras programadas.

Estampar la firma en un acuerdo fiscal que dé vía libre a la suba de impuestos locales, tampoco obligaría a la Provincia a aumentar ingresos brutos, cuando su política es a la inversa desde la administración anterior de Cambia Mendoza.

El tema impositivo es el asunto que también encuentra a oficialismo y oposición confrontados en el Congreso. La sonora derrota de Juntos por el Cambio a raíz del faltazo de dos irresponsables legisladores de sus bancadas, permitió al Gobierno avanzar con el incremento de alícuotas en Bienes Personales.

A pesar de la suba de los mínimos no imponibles en ese impuesto, al igual que en Ganancias, la oposición advierte que cada vez se acentúa más la presión fiscal, una carga que desalienta la inversión y que afecta a la clase media.

El de Bienes Personales es un impuesto que es desalentado en el mundo por resultar inconveniente, explicó por radio Nihuil el especialista César Litvin. El catedrático de la UBA también criticó el pacto fiscal para aumentar impuestos, al tiempo que elogió a la administración financiera equilibrada de Mendoza.

Teniendo en cuenta las medidas que se están tomando, en el gobierno de Fernández la posición es financiar el incremento del gasto con más impuestos, además de la emisión sin respaldo, en tanto que el achicamiento del déficit fiscal no constituye una prioridad. Tampoco el tamaño de una torta que ha quedado estancada en más de una década, pero con mayor cantidad de comensales, parece ser una preocupación preponderante para las esferas gubernamentales.

Y no se observa que se apunte al crecimiento económico como estrategia de inclusión y de promoción de empleos de calidad, ya que el énfasis sigue puesto en el afán recaudatorio y distributivo a través de la participación directa desde el Estado.

Volver a las fuentes

Alberto Fernández ganó la elección presidencial con el mensaje de la moderación, luego de tantos años de confrontación entre los bloques políticos que también dividió a la sociedad. Durante las gestiones que había encabezado Cristina Fernández, la ex presidenta se ocupó de ahondar las diferencias explícitamente, como método de acumulación política. Al llegar el turno de Mauricio Macri, cual respuesta en espejo, desde su Presidencia se tomó como blanco privilegiado a la líder kirchnerista.

Después de tantos años de crispación, entonces, el electorado se volcó mayoritariamente hacia quien encarnaría una esperanza de cambio de estilo político, con experiencia en el poder, y con una supuesta capacidad para enderezar el rumbo económico que con Cambiemos venía fracasando estrepitosamente. Una base nada despreciable del 40 por ciento siguió acompañando al expresidente, pero principalmente bajo la sospecha de que la fórmula Fernández-Fernández llevaría a un paso gigantesco hacia el pasado.

Con dos años de gestión, el apoyo inicial que había cosechado Alberto se fue diluyendo por una realidad acuciante y porque buena parte de la sociedad responsabilizó al Presidente por el manejo de la pandemia, el cierre de las escuelas y la mala administración económica. Tampoco mejoró la relación política entre oficialismo y oposición, mientras las internas en el Frente de Todos se han asemejado, en más de un momento, al desgobierno y a la carencia de una conducción unificada.

La falta de acuerdo con el FMI, más que generar una impresión de fortaleza de la posición argentina, inspira una actitud dubitativa que proyecta incertidumbre. En el medio, el organismo dio a conocer su evaluación del préstamo que le otorgó al gobierno de Macri y, además de cuestionar el fracaso de aquella gestión económica, aventó las dudas sobre supuesta ilegalidad del crédito stand by denunciada por miembros del kirchnerismo.

Hay más: El empeño en "reformar" la Justicia que compromete a la vicepresidenta afecta la calidad institucional. En tanto, la política exterior, en cada pronunciamiento, pone a la Argentina en una posición incómoda frente a los países objetores de los estados que desprecian la democracia y atropellan los derechos civiles y políticos. En fin, el inventario ofrece un cúmulo de desaciertos que han llevado a Alberto Fernández a niveles extremos de imagen negativa. A esto se suman las decisiones erráticas del día a día: ahora acaban de disponer una regulación tarifaria a las compañías low cost que no puede simpatizar a nadie.

La columna del debe es extensa, sin embargo, no todo está sentenciado cuando resta la mitad del mandato. El crecimiento del diez por ciento de la economía con que concluye el año -por efecto rebote al recuperarse la actividad a los niveles pre pandemia-, genera estímulos para hacerse eco de una supuesta reactivación, aunque es impensado que se persista a ese ritmo en 2022 atento a que las comparaciones se están haciendo contra el peor año de la última década.

Sin presupuesto, con una inercia inflacionaria superior al 50 por ciento anual, prácticamente sin reservas líquidas, con un déficit creciente, mayor presión impositiva, y sin programas ciertos, la economía da muestras de fragilidad. Pero, a pesar de todo, el Presidente ha dado una señal de pleno optimismo en su mensaje de Navidad al enfatizar que hay más actividad económica, más producción, más exportaciones, más trabajo y más consumo.

En esta oportunidad, sin culpar a la herencia ni hacer referencias a Macri, lo más interesante fue su llamamiento a la concordia: "Hagamos que 2022 sea el año de los grandes acuerdos en procura de una sociedad más justa". Se trata de acuerdos indispensables, porque el país está en problemas y no hay demasiado margen para intentar sacar partido por la competencia anticipada hacia el 2023. No siempre el que más se opone es el que gana, sino el que da señales de capacidad política para comprender el momento que estamos atravesando.

Se ha hablado mucho de los conflictos internos de la coalición gobernante, pero también en Juntos por el Cambio se observan diferencias profundas en las tácticas e intereses. La lucha por el liderazgo a los codazos seguirá minando sus propias fuerzas, mientras que la carencia de disciplina interior termina conspirando contra el logro de haber obtenido más bancas en ambas Cámaras, como quedó de manifiesto en el papelón del faltazo injustificado de dos de sus tres miembros ausentes en la sesión de Diputados.

Ahora se viene el tratamiento en Senadores sobre los temas impositivos y, aunque la derrota para la oposición resulta previsible, está obligada a dar muestras de coherencia y solidez en el debate. El jefe del interbloque de Juntos por el Cambio, Alfredo Cornejo, tendrá un fuerte desafío en su debut con la búsqueda de una posición cohesionada entre los parlamentarios que necesita liderar.

Dylan y Brownie pegaron onda

La gran victoria de Gabriel Boris en Chile, llegó como una brisa triunfalista al kirchnerismo, que se entusiasma con un nuevo ciclo político campeando en la región.

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El kirchnerismo se entusiasmó con la victoria de Boris en Chile.

El kirchnerismo se entusiasmó con la victoria de Boris en Chile.

De llegar a consolidarse nuevamente un bloque como el que en otros tiempos alumbró a la Unasur, el cristinismo no solo podría lograr una posición de fuerza ante el mundo en su política exterior. La alianza restaurada entre los líderes con una tendencia ideológica afín propiciaría un paradigma de heterodoxia económica distributiva y lograría permear definitivamente en las instituciones judiciales locales la doctrina del "lawfare", sin la cual no habría garantías de continuidad de un proyecto que hoy se encuentra jaqueado.

La relación con el presidente electo de Chile recién empieza a gestarse y falta tiempo para que empiece a cristalizarse en hechos concretos. Boris, por su parte, tiene por delante una agenda compleja, con expectativas propias de una sociedad que exige transformaciones urgentes, mientras se desarrolla un proceso de reforma profunda de la Constitución. Con eso tiene demasiado el joven dirigente elegido presidente por el pueblo chileno como para comprometerse plenamente en cuestiones accesorias en su país.