Análisis y Opinión

¿Presidente u otra vez gobernador? Digámoslo: a Alfredo Cornejo lo que le gusta es mandar

Para algunos medios, Cornejo ha decidido volver a postularse para gobernador, otros aseguran que su objetivo es la Presidencia. El personaje, agradecido.

Alfredo Cornejo suele cuestionar con dureza "el relato" de los kirchneristas. Sin embargo, él ya tiene muy adelantado su propio relato. Lo ha construído lentamente a medida que le tocaba enfrentar a sus adversarios ideológicos. Ahora ha tomado la decisión de convertir eso en algo más formal: un relato hecho y derecho. Es que "el petiso", "el maldito", "el agrandado ése", como lo suelen llamar sus detractores, ha decidido que su carrera política sea, como algunas leches, de larga vida.

En esta primera quincena de mayo ha sido muy mencionado en la prensa nacional. Algunos medios han dicho que, definitivamente, Cornejo quiere ser presidente de la Nación y que peleará por ese objetivo. Ha sorprendido, por ejemplo, su aparición en eventos junto a Mauricio Macri. A muchos no les ha gustado. Preferían al Cornejo equidistante dentro de la coalición opositora.

Otros sostienen, en cambio, que Cornejo quiere volver a ser gobernador de Mendoza, que ése es su gran metejón porque anhela terminar varios proyectos que dejó inconclusos en su primer mandato (2015-19). Ambas posibilidades, gobernador o presidente, le sirven para seguir estando en el candelero. Y para hacer trabajar su fibra constitutiva: la que ordena que hay que gestionar, mandar, definir.

Ningún "exit"

En las redes sociales aún le siguen pegando por aquellas apreciaciones que tuvo en su momento en el sentido de que comprendía (aunque sabía que era un imposible) a los que pregonaban que Mendoza debería separarse de la Argentina ante el constante ninguneo de la Nación. El MendoExit duró lo que un pelado en la nieve por la simple razón de que era un disparate. Prenderse en ese asunto no le sirvió políticamente.

Cornejo ha cumplido 60 años y eso es una bisagra. Por lo general, es la última década de total plenitud para un político. Después de los 70 años ya no es tan fácil porque el cuerpo y el deterioro natural empiezan a pasar algunas facturas. Y además porque para ser un político de las grandes ligas hay que permanecer muy lúcido, muy avispado y, en algunos casos, ser muy malo.

Está comprobado que los malos viven más tiempo. Además la política es uno de los pocos territorios donde está permitido hacer maldades siempre que sea en nombre del bien común. Y para ser malo, la buena salud es la gran clave. La persona achacada se pone medio sentimental, algo que los políticos tienen prohibido.

Cornejo sigue practicando deportes. Ahora le ha dado por el pádel. Ha tenido algunos episodios de salud en los que ha hecho algo rarísimo: ha acudido al Hospital Central para atenderse o hacerse operar, siendo que la norma de oro indica que para los políticos no hay otro destino que la medicina privada. (Perdón. El peronista Emir Félix se pasó un mes en el Central y ahora ha vuelto a estar en carrera.)

Del Uco

Los sancarlinos son singulares, tozudos. Son menos festivos que los tunuyaninos y diferentes a los orgullosos tupungatinos, por más que todos sean de la misma región. El sancarlino Cornejo es, además, jodido, raro, obsesivo, a veces áspero, pero de una firmeza de tierra adentro. Cree estar debidamente curtido en las lides políticas, pero sospecha que aún le queda mucho hilo en el carretel.

Intuye, por ejemplo, que todavía le falta la frutilla del postre, o sea llegar al gran cargo nacional. Ha hecho de todo en política: desde secretario de repartición municipal hasta gobernador, pasando por ministro de Seguridad y de Gobierno, legislador provincial, dos veces intendente, diputado nacional, presidente de la UCR a nivel país, y ahora senador nacional.

Él quiere volver a un cargo ejecutivo, de gestión. Los puestos legislativos no terminan de alegrar su carácter. Además no le nace ser un gran orador, aunque no le escapa al debate fiero de los recintos o de las comisiones parlamentarias. A veces, cuando un periodista de TV lo agarra de imprevisto en la calle, se suele trabucar, pero una vez que arranca no hay quien lo pare. Le apetece, en cambio, la negociación entre bambalinas, porque es diestro en el toma y daca.

El equilibrista

Así como otros hacen masters y doctorados, él ha aprendido a negociar con astucia. Entiende cuando un debate no da para más, o en qué momento hay que ceder para no perder todo. Cuando fue gobernador tensó varias cuerdas (con la Justicia, con los gremios, con los kirchneristas), pero si eso lo llevó cerca de algún precipicio, supo parar. La soberbia ha estado, más de una vez, pronto a sofocarlo. Pero sigue vivo.

Durante su gobernación Cornejo se recibió de equilibrista republicano. Como radical actualizado que no le teme al mercado ni a la actividad privada, llevó a buen puerto su relación con el presidente Macri a pesar de que muchas veces discrepó de sus medidas, lo cual dejó explicitado con habilidad institucional. No cayó en el "que se quiebre, pero que no se doble" de aquellos radicales furiosos de Alem, algo que en otros tiempos hubiera hecho trizas la única coalición opositora que ha tenido éxito en enfrentar al peronismo kirchnerista.

Digámoslo: a Cornejo lo que le gusta es mandar. Tiene ese don. El otro, es el de hacer, es decir fijarse metas y cumplirlas, pero eso es hoy un albur en esta Argentina alocada. Posee además fervor por el armado, por la tramoya, por el poder de decisión, cosas que suelen distinguir a quienes aspiran al liderazgo. A veces se pasa de rosca y suele acercarse a la arrogancia.

Ahí es cuando no falta quien lo señale con el dedo y masculle: "Ahí lo tenés, agrandado como todo petiso".

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