Historias de vida

Paso a paso de cómo reconstruir una casa incendiada

Para evaluar los daños de un incendio, hay que determinar que el fuego se lleva parte de tu propia vida y hay que estar a la altura para combatirlo

Si la extrañas hoy, al abrazar / No vas a olvidarla, se oye en su alma hablar / mora en la luz y su esplendor / Guía tu andar y te da su amor / Fue a donde va lo que se extravió"

Hay una canción que no puedo escuchar. Se llama "Lo que se extravió" y pertenece a la banda de sonido de la película “El Regreso de Mary Poppins”. Cuando la vi por primera vez, mi hija era muy chiquita y todavía necesitaba un almohadón para sentarse en la butaca del cine.

En ese momento no recordé especialmente esa canción, porque nos divirtieron más otras, más festivas y menos nostálgicas. Era febrero del 2019 y todavía faltaban 30 meses para que se nos reiniciara la vida.

Hoy, lo que se extravió es mi mamá despidiéndose frágil y etérea de este mundo terrenal al que nunca perteneció del todo, son mis gatas, suaves y silenciosas, durmiendo a mis pies en el invierno. Es la casa que tuve, tan pequeña y tan mía. Es la habitación de mi hija, sus carpetas del jardín de infantes, sus primeros dibujos, su infancia que cabía en sus cajas con juguetes.

Eso es lo que se extravió para mi y que el incendio en el que ardió mi casa se llevó.

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En el incendio de una casa, hay lugares que se pueden reconstruir y otros que se pierden para siempre, tanto afuera como adentro de vos misma

En el incendio de una casa, hay lugares que se pueden reconstruir y otros que se pierden para siempre, tanto afuera como adentro de vos misma

Reconstruir esa casa desparramada en el suelo, convertida en escombros, ha significado reconstruir mi vida y mis recuerdos, aunque el esfuerzo sea insuperable y "lo que se extravió" nunca vuelva a ser lo que fue.

En uno de estos días, me estoy haciendo el mate en el rincón en el que se lo hacía mi mamá y conversamos.

"Acá está tu casa, mami, te la estoy arreglando, te la estoy cuidando".

Mi mamá no me contesta y tampoco me hace falta. Su voz vive en mi para siempre, como el amor. Como el sabor de sus comidas. Como el olor de su delantal. ¡Si habré llorado en ese delantal!, El delantal de mi mamá era un escudo protector para todos los males de este mundo.

Mi mamá no me contesta, pero sabe del esfuerzo y del amor que significa reconstruir una casa incendiada.

La limpieza después de un incendio

La destrucción de un incendio es muy extraña. No se parece a ninguna otra destrucción. Es una mezcla de trapos sucios, juguetes muertos, vidrios explotados, muebles aplastados, brea, hollín y olor a humo que no se va.

Limpiarla es muy dificultoso. Una vez que sacás los escombros, desde abajo emerge un edificio en terapia intensiva: apenas reconocés algunas partes, los lugares donde estuviste no son los mismos. Pero extrañamente, son iguales. Paradojas de la destrucción.

El hollín también es raro de limpiar. Es una mezcla de tierra y grasa, que mientras más lo querés hacer desaparecer, más se expande. Después de un incendio, el mismo hollín te queda pegado en las entrañas, que es donde realmente se siente la angustia, no solo en el corazón, sino en el resto de las vísceras y en el pellejo.

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Después de la limpieza de una casa incendiada, surge desde abajo de los escombros un edificio en terapia intensiva

Después de la limpieza de una casa incendiada, surge desde abajo de los escombros un edificio en terapia intensiva

Limpiar los restos de la casa de mi mamá y de la mía –ambas ardieron al mismo tiempo- ocupó cuatro contenedores y decenas de horas de terapia.

Finalmente, algo quedó en pie y algo no. Lo que quedó en pie fue semilla. Lo que no, un resto de cenizas suspendidas en un aire estrecho, que ningún viento se termina de llevar.

La ardua tarea de la reconstrucción

Para reconstruir una casa incendiada, tenés que agarrarte de lo que sobrevivió. Tanto afuera como adentro de vos misma. En el caso de la casa de mi mamá, lo que sobrevivió fue la cocina.

Es significativo porque para mi mamá, la cocina era "su" lugar en el mundo. Las horas de su vida bien vividas, donde amasaba el amor con el que alimentaba al mundo entero. Aún veo la tabla en donde hacía descansar la masa, la pastalinda dando vueltas infinitas, los fideos oreándose en el respaldo de las sillas.

La cocina de mi mamá aguantó el fuego porque lo entendía. En ese lugar el fuego nunca fue peligroso. Servía para darle forma al amor.

En el caso de mi propia vida, lo que sobrevivió fueron los ojos redondos de mi hija, tan oscuros como dos caramelos media hora. Ella, enojada, feliz, graciosa y ocurrente. Ella y sus pestañas enormes como peldaños para subir desde cualquier infierno.

Mi hija chiquita y su vida por delante. Eso quedó en pie dentro de mi y me empujó hacia adelante.

Después vinieron las horas de dudar, las cuentas por pagar, la ayuda de los demás, los albañiles.

Gente que te quiere y que te odia. Personas puente y personas perdidas.

Todo eso que va y viene, pero una vez que la decisión está tomada, es tan intensa como ver la realidad: no se puede volver atrás.

La casa se reconstruye a si misma.

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La reconstrucción de una casa incendiada implica entender que siempre van a faltar partes y hay que aprender a vivir con esa falta

La reconstrucción de una casa incendiada implica entender que siempre van a faltar partes y hay que aprender a vivir con esa falta

Lo que falta para siempre

Una de las etapas más importantes de una reconstrucción es tener en claro que siempre va a faltar algo.

Reconstruir es como armar un rompecabezas sabiendo, desde el inicio, que nunca vas a encontrar todas las partes. Habrá algo que quedará sin terminar.

Una hendija. Una pared quemada que guarda el olor del fuego que emerge, aunque la pintes y la vuelvas a pintar.

Un hueco. Una ventana que no cierra. Vidrios en el suelo. Puertas que no están.

Aprender a vivir con esa falta es la unidad del programa que nunca llegaste a estudiar y es justo la que te preguntan en el examen.

Lo que falta, es lo que se extravió. Hay cosas que se perdieron para siempre.

Sin embargo, ahí está la casa, de pie.

Y ahí estás vos, restaurada.

A pesar de las noches sin dormir, de los años que te pasaron por encima como una tropilla de caballos de carrera. De la angustia que solo puede entender alguien que se quedó sin techo.

Ahí estás vos, mirándote en el espejo que increíblemente no explotó y en el que tu madre se maquillaba para salir.

Ahí estás vos, sabiendo que estás de paso. Que esa no es tu casa, que estás en lo de tu mamá, que viniste para hacerte cargo de ponerla de pie, lo que no pudiste hacer por ella en los últimos días de su vida.

Ahí estás y también está la casa. O lo que quedó de ella, sobreviviendo. Haciendo lo que se puede.

Ahí está tu hija y tus gatos y el hogar que ambas construyeron, que es el sustrato amoroso desde donde reconstruir una casa incendiada. Desde donde alimentar de nuevo la vida.

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