Los festejos en un Monumental repleto para homenajear a los campeones parecían sacados del contexto de un país amargado por los avatares económicos, marcado por la decadencia cultural en sentido profundo y agrietado por las diferencias políticas. La concordia, la alegría y la emoción vestidas de celeste y blanco mostraron metafóricamente otro país posible, antes de que la fiesta llegara al final para que cada cual volviera al otro día a sus cosas con horizontes colectivos inciertos.
La esperanza en medio del fuego cruzado
El equipo, con mayúsculas, que nos genera tanto orgullo ante el mundo dista mucho, tanto en capacidades, como en profesionalismo, organización y liderazgo, de lo que nos toca en suerte en la conducción del Estado, y así vamos de crisis en crisis.
Cuando Alberto Fernández fue jefe de gabinete de Néstor Kirchner, el país se estaba levantando de las cenizas por la explosión de la convertibilidad y el estallido del gobierno de la Alianza.
Por entonces Eduardo Duhalde, a quien le tocó llevar la transición, ya había hecho el trabajo sucio junto a Remes Lenicov y, tras la superdevaluación, con Roberto Lavagna dejó un tipo de cambio competitivo que sería aprovechado por Néstor Kirchner.
El cuadro se completaba con precios extraordinarios de los granos, de la soja y los derivados del complejo productivo. Así se daba el tan mentado viento de cola, que aprovecharía con destreza un presidente que supo empoderarse, pese a haber asumido con el 23 por ciento de los votos.
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Alberto Fernández sería un testigo privilegiado de las bondades de la época, como también de la capacidad de administrar el Estado y de ejercer la política en todos los frentes posibles del mandatario al que le tocó servir, cuando la región vivía una sintonía plena entre sus gobiernos.
El tiempo que duró como jefe de Gabinete de Cristina Kirchner antes de salir eyectado, fue suficiente para convertirse en uno de sus detractores más fervientes, sobre todo en el segundo mandato, por temas de corrupción, entre otros no menos graves.
La historia más reciente encontró a Alberto Fernández de la mano de Cristina para encabezar la fórmula que lo llevaría a la presidencia y, actualmente, los muestra enfrentados por el presente y el futuro político de ambos.
Y si hay un método para estropear más las cosas, es minando al gobierno desde el mismo oficialismo.
Es que pareciera que hay un afán para complicar aún más la situación de por sí adversa, ya sea por herencia, por el contexto internacional o por la sequía extrema. Sea porque el Presidente ha dilapidado parte de su crédito en las prioridades de Cristina, o por su falta de competencia para el cargo, o por las pujas internas, el panorama para el país luce demasiado crítico en los meses que restan de mandato, y amenaza con una crisis prolongada hacia los años venideros.
Gobierno orinado por los elefantes
A la situación de decadencia de larga data que recibió Alberto Fernández, se agregó la parálisis por la pandemia que hizo estragos en la economía debido a la prolongación de las cuarentenas.La invasión de Putin nos agarró mal parados por la inflación y por la necesidad de importar energía a precios de guerra.El ciclo climático de sequía cada vez más severa va a llevarse una porción de las cosechas que implica una caída de entre 15 y 20 mil millones de dólares por exportaciones. A eso se agrega otro de los imponderables con efectos fuera de control a raíz de la inestablidad financiera global.
La gestión económica atribuible a este gobierno ha vivido sobresaltos por la imprevisibilidad política, las decisiones erráticas y por la cuestión de fondo que consiste en manejar la economía de acuerdo a los antojos políticos.
La falta de sustentabilidad de las medidas económicas, y apretados por las deudas de Macri y las actuales, ha ocasionado como consecuencia una inflación que ajusta brutal e irracionalmente a la población, sobre todo a la más vulnerable.
El fracaso en las metas de inflación, con Sergio Massa al frente del ministerio, es un termómetro del mal momento que pasa el gobierno, mientras crece el descontento por el canje compulsivo de los bonos en dólares de la ANSES. Massa ha tocado una fibra sensible, que no ha sido bien explicada para aventar críticas y suspicacias.
Sin embargo, pese a que las noticias del campo económico no ofrecen buenos augurios, el líder del Frente Renovador ha declarado que cuenta con el respaldo de Cristina, algo que la vicepresidenta no ha hecho explícito.
Problemas con los vencimientos de deuda, inflación, escasez de reservas, proceso recesivo y crisis de confianza combinan un panorama incierto en este año electoral.
En verdad, Cristina parece estar ajena a los asuntos de la cotidianeidad y se dedica a predicar sobre el lawfare, las corporaciones, el macrismo, los medios, y la justicia.
El operativo clamor está en marcha, según se evidenció en el encuentro con ex presidentes, donde estuvo en su salsa, y en el acto realizado en Plaza de Mayo por la Memoria, Verdad y Justicia.
Al grito de "vamos a volver", el apoyo de su sector ayuda a Cristina a blindarse políticamente más que a su candidatura a presidenta. Su estrategia electoral estaría atada, no tanto a los designios judiciales ni al clamor de la grey kirchnerista, sino al dictamen de las encuestas.
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En tanto, lejos de su vicepresidenta, Alberto Fernández se hizo presente en la Cumbre de Presidentes Iberoamericanos. En Santo Domingo se le escuchó criticar al FMI, cuyo management, sin embargo, viene teniendo contemplaciones poco comunes con el caso argentino.
Con la grandilocuencia propia del ámbito donde le tocó hacer uso de la palabra, Alberto Fernández llamó a la unidad de la región, citando al Papa Francisco.
No obstante, el presidente argentino llegó al encuentro a días de protagonizar un enfrentamiento con el gobierno ecuatoriano y a horas de ser tildado de impertinente por el gobierno chileno. Ambas rispideces, una con un gobierno de derecha y otra con uno de izquierda tienen un común denominador: la falta de respeto de Alberto Fernández a la justicia de esos países. Sendos conflictos dan cuenta de que tampoco en el plano de las relaciones internacionales fue un buen discípulo de Néstor, quien tenía más claro cuál era su marco de alianzas. El miércoles Alberto tendrá al fin su cara a cara con Joe Biden, aunque es difícil preanunciar, a la luz de sus contradicciones, con qué intenciones irá a la reunión bilateral tan buscada.
Aunque alineado a pie juntillas con Cristina en sus embates al Poder Judicial, Alberto no ha logrado evitar las críticas en público del kirchnerismo, ni que Máximo deje de mojarle la oreja, como pasó en el acto en la Plaza de Mayo.
La lucha por la sucesión no hace más que atormentar a un gobierno que sigue cuesta abajo, mientras la oposición se frota las manos, no sin preocupación por la situación en la que eventualmente le tocaría gobernar. Pero el problema real recae en la ciudadanía que deberá elegir en un país en crisis entre diversas opciones, ya sean oficialistas o de un arco opositor que tampoco está dando muestras de ser muy competente.
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