“Nací en Mendoza, en calle San Juan. Me crié en 9 de Julio y el pasaje Ceballos, cerca de Pedro Molina”. Con una memoria intacta, así empieza su historia Susana Raina, aunque casi nadie la llama por su nombre completo. Para todos es “Popa”, una mujer que acaba de cumplir 101 años y que todavía conversa con una lucidez admirable, una sonrisa serena y una alegría que sorprende apenas empieza a hablar.
Popa, la maestra mendocina que cumple 101 años, ama el vino y aconseja: "Diviértanse y viajen"
Nació en 1925 en la Ciudad de Mendoza, fue docente, vivió 2 décadas en Estados Unidos y hoy pasa sus días rodeada de afecto y lucidez en un hogar
A veces festeja su cumpleaños el 11 de mayo y otras el 13. La explicación la tiene clarísima: nació el 11 de mayo de 1925, pero sus padres la anotaron dos días después. Por eso, entre bromas familiares y recuerdos, las celebraciones se reparten.
Hoy pasa sus días en el hogar Apart Awki, ubicado en Vistalba, Luján de Cuyo, donde está acompañada y cuidada. Allí conserva intactas las ganas de conversar y de recordar escenas de una Mendoza completamente distinta a la actual, aquella ciudad tranquila de casas bajas y calles silenciosas donde creció junto a sus hermanos.
“Fue una infancia linda, tranquila. Fui a colegios de monjas, a La Misericordia y María Auxiliadora, así que me crié muy católica”, cuenta.
Una maestra que se casó tras 7 años de novios y vivió en Estados Unidos
Más adelante se recibió de maestra en la Escuela Normal y trabajó dando clases en el San Luis Gonzaga y en La Misericordia, hasta que apareció el amor y la vida tomó otro rumbo.
Conoció a Luis gracias a una cuñada y tuvieron un noviazgo larguísimo: siete años. Él estudiaba Medicina y luego se especializó en Rayos X. Cuando recuerda aquella época, Popa se ríe al comparar las costumbres de entonces con las actuales.
“A mí no me dejaban ni salir en auto con él”, dice divertida. “Ahora los chicos se van juntos a Estados Unidos”.
Finalmente se casaron y se fueron a vivir a Buenos Aires, aunque el gran cambio llegaría tiempo después, cuando emigraron a Estados Unidos y comenzaron una nueva vida en California.
Allí vivieron 20 años.
Popa trabajó en Saks Fifth Avenue, la histórica tienda de lujo estadounidense que todavía menciona con entusiasmo.
“Era una casa divina, enorme, muy linda con sus empleados”, recuerda.
En aquellos tiempos irse del país significaba realmente partir. No existían las videollamadas ni la conexión instantánea de hoy. Y aun así construyó una vida lejos, crió a sus hijos y aprendió a moverse en otro idioma y otra cultura.
Tiene dos hijos, Susú y Luis Alberto -arquitecto radicado en Estados Unidos-, además de cuatro nietos y bisnietos que hoy forman parte central de su vida.
Cuando le preguntan por los momentos más felices de estos 101 años, no habla de grandes lujos ni de acontecimientos extraordinarios.
“Lo más feliz fue casarme”, dice sin dudar.
Más de 100 años de vida tranquila y un recuerdo hermoso de la juventud
Después aparecen las imágenes simples de juventud: tardes interminables con su amiga Chela, las charlas, las salidas y esa sensación de una vida tranquila que todavía recuerda con cariño.
“Lo pasábamos muy bien”, resume.
A sus 101 años, Popa mira el mundo actual con curiosidad más que con nostalgia. Le llaman la atención los cambios en las relaciones, la libertad de los jóvenes y, sobre todo, el rol de los padres con los hijos.
“Antes los hombres no se ocupaban tanto”, explica. “Mi marido y mis hermanos dejaban que las mujeres nos ocupáramos de los chicos. Ahora veo a los padres llevando a los hijos al club y eso me encanta”, diferencia.
Escucharla es escuchar un siglo entero. Popa nació antes de internet, antes de la televisión masiva, antes de los celulares y de las redes sociales. Vio transformarse la forma de vivir, de enamorarse, de criar hijos y hasta de relacionarse con el tiempo.
Sin embargo, cuando le preguntan cuál es el secreto para llegar a los 101 años, no da recetas mágicas ni habla de hábitos extraordinarios.
“Las cosas suceden”, responde con naturalidad.
Y enseguida agrega algo que conmueve por su honestidad:
“Ahora sé que me queda poco”.
El cumpleaños lo celebró rodeada de afecto. Salió a almorzar con su hija y una de sus nietas, recibió regalos y también brindó con una copa de vino.
“Después me descompuse un poquito y dicen que fue por el vino”, cuenta entre risas. “Pero no, el vino no me hace nada. Estaba tan rico”, exlama y ríe a carcajadas.
La frase provoca risas inmediatas porque Popa tiene algo encantador: una mezcla de elegancia, sinceridad y picardía que enamora enseguida.
Popa se fracturó y ya no pudo vivir sola: "Se acabó la joda"
Pero detrás de esa dulzura también hay experiencia dura. Hace un tiempo sufrió una caída que le cambió la vida. Se quebró la cadera y el fémur, debieron operarla y ya no pudo volver a caminar igual.
“Yo vivía sola, hacía lo que quería, salía, compraba… y de repente se acabó toda la joda”, resume.
Tal vez por eso el mensaje que deja a las nuevas generaciones tiene tanta fuerza.
“No guarden la plata”, aconseja. “Viajen, salgan, diviértanse. Sean felices con la esposa, con los hijos. Porque después pasa algo… y chau”.
En Apart Awki la conocen bien y saben que detrás de esa mujer de voz suave hay una historia enorme: la de una maestra mendocina que cruzó países, trabajó en California, formó una familia y todavía disfruta de una charla tranquila y una copa de vino rico.
Y quizá ahí esté el verdadero secreto de Popa: haber atravesado más de un siglo sin perder nunca las ganas de disfrutar la vida.









