Los cordobeses son gente muy singular. Diríase que ése es su plus. Poseen una dirigencia que le pone una nota diferenciadora a casi todo, pero de manera particular a la política. Esa característica envuelve al peronismo no kirchnerista que gobierna dicha provincia desde hace 20 años, pero también al radicalismo mediterráneo, que supo ser muy influyente, y que ahora tiene chances de recuperar el Gobierno con el vistoso Luis Juez.
Juan Schiaretti, el cordobés, que fue telón de fondo de la semana política
En realidad cualquier versión de la política, desde el liberalismo hasta la izquierda, posee en Córdoba un sello propio. Lo mismo ha pasado con expresiones artísticas, como la música cuartetera. O con algunos dirigentes gremiales que han dejado marca para diferenciarse de los gordos de la CGT nacional.
Usted recordará, lector/a, que a poco de asumir como presidente de la Nación, Alberto Fernández definió a Córdoba como "un territorio hostil" (para el kirchnerismo, no para el país) a pesar de que su gobernador fuera -y es- un peronista sui géneris. Esa "hostilidad" que ve el jefe de la Rosada en Córdoba también se la ha atribuido a Mendoza.
El supuesto enclave "hostil", que el Presidente catalogó con esa liviandad supina que lo caracteriza, en realidad es como si fuera la "capital" del centro productivo del país, compuesto por provincias no feudales como Córdoba, Santa Fe, Entre Ríos y Mendoza.
Pues bien, hoy hablamos de Juan Schiaretti porque su nombre y apellido ha sido el telón de fondo de la política de esta semana. Larreta lanzó al ruedo de Juntos por el Cambio -sin consultas previas con el PRO de los halcones- su propuesta de ampliar la base de sustentación de la coalición opositora al kirchnerismo con la incorporación del peronista Schiaretti y del liberal José Luis Espert.
Mauricio Macri y Patricia Bullrich aceptaron al libertario Espert a regañadientes, pero a Larreta lo sacaron vendiendo almanaques con el tema Schiaretti. En caso de ganar la interna, Larreta incluiría al cordobés manu militari, aunque más no sea para tenerlo después como socio en el Congreso.
Lo concreto es que el caso Schiaretti ha generado un bolonqui mayúsculo entre las dos vertientes del PRO corporizadas en el palomo Larreta y la halcona Patricia Bullrich. Es que el hecho de querer meter con fórceps al schiaretismo en JxC pareció más un manotazo de ahogado para no consensuar,
Sin embargo el empeño larretista por llevar al redil al cordobés ha contado con el apoyo del radicalismo que conduce el jujeño Gerardo Morales y, además, con el aval tibio de Lilita Carrió.
Tres veces
Schiaretti lleva tres gestiones como gobernador cordobés. Arrancó en 2007, en consonancia con la primera presidencia de Cristina Kirchner. El distanciamiento entre Córdoba y el kirchnerismo viene desde julio del 2008 cuando se produjo "la guerra con el campo", contienda en la que Schiaretti tomó partido de manera contundente por los dirigentes del agro y en contra del gobierno nacional de su mismo signo político.
Entre 2011 y 2015 Schiaretti se dedicó a armar redes políticas y reapareció como gobernador en 2015, en consonancia con el triunfo presidencial de Macri. Hoy, el inventor del PRO se hace el olvidadizo, pero en aquel entonces hubo un manifiesto feeling entre el cordobés y el hijo de Franco Macri.
Córdoba fue la provincia que más le ayudó -desde el interior y junto con Mendoza- a consolidar el triunfo de Cambiemos. Luego, en 2019, Schiaretti se presentó a la reelección en su provincia y ganó cómodamente. Ahora ya no tiene posibilidades de otra reelección continuada. Para volver tendría que esperar a 2027 y ya va a estar cerca de los 80 años. Es decir que esta movida con Larreta podría leerse como la última oportunidad de seguir marcando presencia.
El chúcaro
Cristina nunca pudo domar a Schiaretti. La razón es sencilla: Schiaretti nunca se dejó domar. Sin embargo, el kirchnerismo duro debería estar agradecido de que ese peronismo rebelde de Córdoba le haya ayudado en varias ocasiones a sacar en el Congreso nacional leyes especiales que el kirchnerismo necesitaba como el agua.
La política cordobesa no es moco de pavo. Es compleja de entender. El potente balurdo con Schiaretti y Larreta ha explotado muy cerca de las elecciones generales en esa provincia afectando tanto a los peronistas como a los radicales.
Schiaretti es de los que hace su tarea político sin alharacas. No es bocón. Teje y desteje y las mata callando. Si tiene que pelearse, se manda sin problemas. Pero si se tiene que abuenar porque las papas queman o porque le conviene a Córdoba, también lo hace. Es un pragmático que no manifiesta asco si tiene que saltarse algunos dogmas.
El historial político del contador público Schiaretti es de amplio espectro, como los remedios. Ha pasado por los variados ropajes con los que el peronismo se ha vestido en los últimos 40 años. Desde el peronismo de izquierda de los '70 hasta posiciones más liberales o republicanas.
En "modo Córdoba"
Pero siempre las mutaciones -pequeñas o grandes- Schiaretti las ha hecho en "modo Córdoba". Ha sido torazo en su rodeo, pero no en el ajeno. Nunca ha logrado una verdadera proyección nacional.
Hasta hace unos días venía intentando presentarse para la presidencia de la Nación con una propuesta que lo tenía a él de cabeza y a Juan Manuel Urtubey de vicepresidente. Pero el salteño se bajó. Y Schiaretti está a la espera de lo que defina Juntos por el Cambio con el ofrecimiento que le hizo Larreta con el okey del radical Morales.
No es de los políticos que trajinan los estudios de la televisión porteña. Tampoco es un comunicador de esos de verba florida, Es sí un buen administrador, de esos que llevan los números al dedillo, contando día tras día de la plata que entra y sale.
El peronista Schiaretti se jacta de que va a dejar a Córdoba bastante ordenada (los radicales de "la docta" no opinan lo mismo), con profusión de obra pública y con una forma singular y natural de conectarse con los aires del mundo, muy distinta a la de esos otros peronistas populistas que patentizan los Insfran, los Quintela, los Zamora o los Capitanich.




