Análisis y opinión

Esas acequias del...alma, o de cómo el turista no debe meter la pata

Algunos visitantes creen que nuestras acequias son "cloacas a cielo abierto" o "zanjas del orto" que están en toda la ciudad

A fines de la década del ´80 conocí a un periodista porteño que había llegado a esta ciudad a hacer un informe sobre las características que diferenciaban a Mendoza del resto del país. Me inquirió sobre nuestras particularidades, en especial las de tinte político, y cuando estábamos terminando la charla me largó un comentario que me causó una mezcla de gracia y preocupación.

"Che, ¿por qué tienen tantas cloacas a cielo abierto?". Traté de disimular mi asombro, me acomodé la mandíbula caída, y le dije: "No, hermano, esas son acequias, llevan el agua de los deshielos de la cordillera para regar, y es lo que permite que ahora estemos hablando bajo estas arboledas. Si no fuera por esas acequias y ese agua, en Mendoza, que es un desierto, no tendríamos árboles en las calles".

Pidió disculpas por su ignorancia y prometió documentarse mejor sobre esta provincia. Nunca más lo vi personalmente. En cambio sí pude seguirlo en los años siguientes por radio y TV como analista de temas políticos y económicos.

El tuit

Rescaté esta anécdota de mi memoria cuando en estos días se hizo viral el tuit de un turista porteño que sufrió una caída en una acequia de Mendoza. El viajero, como es norma, hizo pública su queja en las redes sociales. Dijo no entender por qué los mendocinos tenemos la Ciudad llena de "esas zanjas del orto", todo lo cual lo llevaba a hablar de un "pésimo servicio".

Si no fuera por esas "zanjas del orto" Mendoza no podría ser una ciudad turística. Pero no es con los turistas poco informados con los que debemos disentir, sino tal vez con nuestra propia ineficacia.

Hace mucho que deberíamos haber concretado un operativo de difusión para que en cada hotel de Mendoza, en cada restaurante, en cada sitio turístico, así como en los aviones o en las redes de ómnibus, se ilustrara al visitante -sin ánimo de didactismo aburrido- sobre las características de las acequias y de su razón de ser. Y de los cuidados que deben tener los visitantes, algo que los mendocinos ya traemos en nuestro ADN.

Guarradas

Nuestras acequias no han tenido toda la suerte debida. En las Fiestas de la Vendimia, por ejemplo, no suelen ser un personaje central, como tampoco lo es el Aconcagua. Le suelen asignar el papel de extra. El lugar común las martiriza con el calificativo de "cantarinas". Así como "los duendes" están obligados a nadar en el vino.

Lo cierto es que esas zanjas del orto (ya sin las comillas que denotan autoría) hablan más de nosotros de lo que podemos sospechar. Son como nuestras venas sociales. Nos definen. Esas zanjas o cloacas son tan familiares que tienen la desgracia de ser casi invisibles, salvo para algunos foráneos poco avisados que meten la gamba o el cuerpo dentro de ellas.

A veces las guarradas o exabruptos terminan siendo de utilidad. En una semana hemos pasado de "La Vendimia es una poronga", dicho por una reina vendimial de nombre Cielo para significar ese andamiaje empalagoso y falso que se vive en esos concursos de belleza, a "estas zanjas del orto" como definió un turista porteño a nuestras queridas acequias porque se tragó una de ellas.

Si, como dijo el poeta Ramponi, "El árbol es un pensamiento de la tierra", bien podríamos afirmar nosotros, desde nuestra humilde cotidianidad, que las acequias son como un útero de cemento o de tierra que protege ese pensamiento; y que el agua de la cordillera que por ellas discurre, su necesario alimento.

Con lo cual debemos concluir diciendo que esas zanjas son del alma y no del recto.