El UPD, o último primer día de clases, preocupa a familias, profesionales de la educación y de la salud integral de adolescentes. No es para menos, dado que estamos en las vísperas del inicio de clases.
El UPD y el desafío de educar en límites, valores y responsabilidad
El Último Primer Día expone tensiones entre familia y escuela y revela la urgencia de educar en límites, valores y responsabilidad para resguardar a los chicos
Adolescentes del último año del secundario aceleran los preparativos y el gobierno escolar divulga los lineamientos estratégicos y el protocolo de actuación a fin de resguardar el derecho a la educación, la salud y la integridad de los estudiantes.
Sin embargo, es de público conocimiento que, la última noche del día anterior al primer día de clases del último año del colegio secundario, los estudiantes que iniciarán quinto año se reúnen en casas habilitadas, quinchos o inmuebles alquilados para pasar toda la noche despiertos, en muchos casos ingiriendo bebidas alcohólicas. Al día siguiente, las instituciones educativas deben recibir a los estudiantes -en su mayoría menores de edad-, en ocasiones en estado calamitoso.
Cada etapa que termina implica un duelo, y es legítimo que vaya acompañada de una celebración y del acompañamiento en tribu. De hecho, rituales de iniciación y transición han existido en diversas sociedades y en todas las épocas a lo largo de la historia. Sin embargo, el UPD tiene algunos aspectos que, como sociedad, deberían invitarnos a reflexionar.
El sistema educativo ya tiene tanto ceremonias de culminación de estudios como rituales de acompañamiento sobre el final de la trayectoria escolar. Un buen ejemplo de ello son la colación de grado, la elección de madrinas y/o padrinos por parte de los estudiantes que cursan quinto año y la despedida de los quintos: un momento especial en el que reciben un reconocimiento (obsequio, video, palabras alusivas, merienda o ágape) por parte de directivos, docentes, profesionales del servicio de orientación y no docentes que resultaron significativos durante su trayectoria escolar.
Si ya existen celebraciones inherentes al ámbito educativo, deberíamos preguntarnos como sociedad: ¿qué hace tan importante al UPD? En relación con este festejo, ¿nos cuestionamos la responsabilidad parental sobre lo que pasa antes del ingreso de los chicos y chicas al establecimiento educativo? A propósito del UPD, urge plantearnos la educación en valores, como el ejercicio de la libertad responsable, porque es el único camino para habilitar prácticas libres, saludables y responsables que no comprometan la integridad de los adolescentes.
Muchas veces, algunos adultos temen dejar afuera del grupo de pares a sus hijos y afectar su pertenencia. Otros, para evitar la confrontación, omiten proponer a los hijos e hijas pensar con antelación el disparate que significa ingresar a una institución educativa habiendo pasado la noche en vela y, en más de un caso, con los frenos inhibitorios afectados por la intoxicación etílica.
Si la escuela es una institución que forma para la vida y el trabajo, debemos cuestionarnos con ellos si el ingreso a clases en ese estado es pertinente. Acaso, ¿los adultos concurrimos a las instituciones laborales o desempeñamos nuestras tareas cotidianas en semejante estado?
¿Dialogamos con nuestros hijos acerca de la red de lucro que alimentamos con las erogaciones referidas a las múltiples celebraciones de quinto año? Porque no se trata únicamente del UPD. El elenco de eventos es largo: UUD o último último día, presentación de remeras y buzos, fiesta de egresados. De algo no cabe duda: alguien lucra en este mercado de necesidades creadas, y no son precisamente las familias ni los estudiantes.
Cuando avalamos estas instancias, ¿somos conscientes de que es el lugar de trabajo de profesionales que tienen que responsabilizarse de una situación que se ha naturalizado, pero que excede el sentido pedagógico fundamental de la escuela en tanto institución? Al priorizar estas prácticas particulares, ¿hemos pensado que esto denigra la integridad pública de los establecimientos educativos, organizados para cumplir metas y objetivos específicos orientados al bien común?
Es tiempo de que los adultos nos sentemos a la mesa para dialogar en familia con quienes necesitan límites y orientación. No se puede ser madre, padre o adulto responsable de un menor desde la comodidad o el miedo. Tampoco olvidando que la institución familiar es corresponsable de la institución educativa cuando se pretende educar en valores. Gustar a los hijos no es el trabajo de los padres: la tarea de la familia es pensar, reflexionar y orientarlos a tomar decisiones deliberadas a favor de sí mismos, ya sea a corto, mediano o largo plazo.
Por mucho empeño que pongan las escuelas en recibir a los estudiantes en el UPD de acuerdo con el protocolo establecido, por más que el gobierno escolar dé lineamientos precisos y claros de cómo debería ser el ingreso y permanencia de los adolescentes en las instituciones ese último primer día, la falta de límites por parte de la familia es una forma de abandono que ningún profesional de la educación ni el Estado podrá suplir.
Por lo tanto, ya no se trata de un emergente de la vida escolar: es una urgencia que requiere el compromiso, la responsabilidad y el sentido común de la familia y la sociedad frente a quienes todavía tienen mucho por vivir.
*Verónica Ungaro, profesora universitaria certificada por el BID en Project Management for Results en Educación.







