La figura de Alberto Fernández navega en una nebulosa. Su influencia política ha sufrido una importante licuación que va de la mano de la tóxica realidad económica. En un país históricamente presidencialista, esa delicuescencia debería notarse mucho más, pero ello no ocurre porque las anomalías han colonizado nuestra cotidianidad.
El raro presente de Alberto Fernández y el bendito aporte de la institucionalidad
Por lo menos podemos agradecer que dicha situación imprecisa del jefe del Poder Ejecutivo siga dentro de un bendito funcionamiento de la institucionalidad. Otros, que viven en países más normales, podrán verlo como consuelo de tontos, pero no nosotros que tenemos harta experiencia con dictaduras. La institucionalidad ya nos salvó en el 2001 cuando estuvimos a punto de descarrilar.
¿Qué peso podría tener la devaluada voz presidencial en estos días en que el país se prepara para las PASO nacionales? Si hasta la propia vicepresidenta, Cristina Kirchner, se ha llamado a un supuesto recato.
El protagonismo casi excluyente se ha centrado en Sergio Massa, ministro de Economía y precandidato presidencial de Unión por la Patria, la nueva marca del peronismo kirchnerista. Empoderado de hecho como primer ministro, Massa actúa como un jefe de terapia intensiva acuciado por tener que dar un parte diario sin demasiadas noticias positivas a los parientes del enfermo.
El pecado
El tiempo no ha hecho más que ratificar que la decisión de Cristina de llevar a Alberto Fernández de candidato presidencial en 2019 ya portaba un pecado original. Y, como se sabe, el pecado viene con la penitencia incluida. Que en este caso ha sido con mortificaciones variadas. Era imposible que de ese plan saliera algo productivo.
En una fórmula presidencial donde Cristina sea la vicepresidenta es imposible que ella no termine mandando o fijando las líneas directrices. Salvo que el socio se destape como un líder político y le cope la parada. Alberto hizo algunos intentos pero nunca se animó a más. No se la hizo totalmente fácil a la dama, aunque casi siempre terminó rindiéndose.
Cada vez que parecía que se venía un cambio de actitud para emparejar esa relación asimétrica de poder donde la Vicepresidenta tenía más vuelo que el Jefe de Estado, Alberto terminaba alabando a Cristina o a su hijo Máximo para tratar de congraciarse. Poco a poco las personas o los grupos que bancaban a Alberto empezaron a abandonarlo.
El castigo
Al principio de la gestión, que coincidió con la llegada de la pandemia, Cristina lo dejó actuar a medias a Alberto. Ella se guardó para no quedar pegada a un suceso doloroso para la ciudadanía. Esa actitud ha sido un clásico de los Kirchner, desde el infierno de Cromagnon hasta la tragedia de Once. Lo que no se nombra no existe. Pero ese silencio de Cristina duró poco. Rápidamente sacó a relucir su poder de veto y nunca lo abandonó.
Ella lo ha castigado de todas las maneras posibles. Usó a destajo las famosas cartas abiertas al país en donde le enseñaba al Presidente cómo gobernar. Acusó al Gobierno (su gobierno) de estar lleno de funcionarios incapaces y temerosos. Autorizó a los legisladores camporistas a no votar la ley con la que se aprobó el acuerdo de la Argentina con el FMI. Tras la derrota en las elecciones de medio término, en 2021, los ministros que responden a Cristina hicieron una parodia de renuncia masiva para obligar al Presidente a poner en marcha los cambios que dictaba Cristina.
Además de no atenderse el teléfono durante meses, ambos cometieron la imprudencia de llevar esas desavenencias a un nivel de intemperancia política que se trasladó a la sociedad, generando un ruido que carcome la confianza de los ciudadanos. Varias veces, acicateado por los que querían instaurar el albertismo, el Presidente trató de hacerle frente a Cristina, pero siempre terminó volviendo sobre sus pasos.
El nervio social
Quedó entonces claramente demostrado que no es lo mismo ser operador que líder político. Alberto Fernández fue el principal operador en el gabinete presidencial de Néstor Kirchner. Pero cuando en 2007 llegó Cristina a la Presidencia trabajaron un tiempo juntos, pero no congeniaron, y él partió. Se distanciaron y Alberto la criticó con fruición cada vez que pudo.
Cuando en abril de 2018 comenzó la crisis económica en el gobierno de Mauricio Macri, Cristina entendió que debía prepararse para volver. Pero cayó vencida ante la evidencia de que como candidata a presidenta nunca iba a llegar porque no le daban los números. Debía volver a juntar a todos los peronistas, muchos de los cuales la cuestionaban sin pudor, pero que, sin embargo, no dudaron en apoyarla.
Ergo, necesitaba con urgencia a un dirigente que le asegurara votos de la clase media: Y ese fue el papel que le dio a Alberto quien, encandilado, se sometió creyendo que iba a crecer y la iba a terminar opacando a Cristina. Por supuesto, fue a la inversa.
Este hombre, que al principio de la pandemia llegó a tener el apoyo del 80% de la población, y que convocó a la oposición en la figura de Horacio Rodríguez Larreta para dar muestras de unidad política ante la adversidad de la peste, se terminó enamorando del palabrerío y de medidas innecesarias (el lamentable encierro eterno) que afectaron la economía y el nervio social. Cristina le torció el brazo y ordenó que Larreta saliera de escena.
El hablador
Munido de esas características del típico porteño hablador y amiguero, buscó flashearnos con su cargo docente en la UBA y terminó haciendo o diciendo cosas que se daban de patadas con el derecho, como su solidaridad con las satrapías de Venezuela, Irán o Cuba, en una nueva muestra de la vara torcida con que el kirchnerismo mide esa conquista universal que son los derechos humanos.
Quiso convencernos de que era un estadista americano, pero nunca logró tener un ministerio de Relaciones Exteriores creíble. Se rodeó de un gabinete donde la excelencia estuvo ausente y divagó entre ser y no ser. Creyó que podía encauzar la economía y, embelequero, puso a un ministro con currículo vistoso, pero sin garra ni experiencia política.
Nadie es totalmente malo y hay que admitirle a Alberto Fernández que no ha registrado casos de corrupción, sucesos que fueron moneda corriente en los gobiernos de Néstor Kirchner y de Cristina. En cambio, si cayó en actos reñidos con la ética, como el famoso cumpleaños de su esposa Fabiola Yañez en medio de lo más bravo de la pandemia, cuando el resto del país estaba enclaustrado; o el denigrante vacunatorio vip, dos hechos donde el Gobierno quemó su modestisimo prestigio sin lograr retomarlo más.
También se debe rescatar que cuando todavía soñaba con la posibilidad de ser reelecto, Alberto bregó para que se cumpliera la ley que fijó las PASO (norma votada en la gestión de Néstor Kirchner) tendiente a que fueron los ciudadanos los que eligieran candidatos y no el dedazo clásico con el que Cristina ordenaba quién debía ser postulante, sin debate posible.
En síntesis: los ciudadanos -de todos los colores políticos- y la institucionalidad del país son los que han bancado a este presidente gris y perplejo para que termine, como corresponde, su mandato constitucional. De estos avatares también se puede consolidar una nación. Roma no se hizo en un día.


