Análisis y opinión

El peronismo sigue sin poder escapar de su laberinto, tanto en el país como en Mendoza

Ningún político sensato envidiaría estar hoy en la piel de los peronistas. Son legión en ese partido los que se sienten desconcertados

Tuvieron vergüenza. Están muy golpeados. Los políticos peronistas, tanto los de Mendoza como los del gobierno nacional, se borraron de la Fiesta de la Ganadería de General Alvear, que siempre ha sido una vidriera atrayente para los dirigentes partidarios. Es que el presidente Alberto Fernández acababa de adelantar que va a laudar en contra de Mendoza en la disputa interprovincial por la construcción de Portezuelo del Viento.

El mandatario decidió favorecer a provincias peronistas (La Pampa, Río Negro, Buenos Aires) o filo oficialistas (Neuquén) en la pelea por la construcción de esa presa hidroeléctrica que se iba a levantar sobre el río Grande, en Malargüe. Con esa decisión presidencial, la denominada "obra del siglo" que hace casi 16 años anunciaron con fanfarria el presidente Néstor Kirchner y el gobernador Julio Cobos, se cayó como un castillo de naipes.

Ningún político sensato envidiaría estar hoy en la piel de los peronistas. Son legión los simpatizantes que se sienten desconcertados. En 2019, mal que mal, estaban todos bajo el rótulo del Frente de Todos. Ahora están por un lado los que siguen a muerte a Cristina; por otro, los que bancan la institucionalidad de Alberto; y finalmente los que no saben para dónde disparar, que son los más, pero que están entrampados por la preocupante falta de civilización política en el orden nacional; y, en el caso de Mendoza, por la ausencia chirriante de nuevos liderazgos.

El peronista estándar quisiera volver a tener un gobierno nacional con una sola conducción. Y no el doble comando actual entre Alberto y Cristina, un merengue que confunde a todos. Y le gustaría volver a decir que pertenece a un partido sin tantos conflictos dirigenciales, sin tanta irritación, sin tantas amenazas, El peronismo necesita una política más sensata y criteriosa. En la prensa extranjera nos analizan bajo títulos como "La loca existencia argentina" (The Economist)

Parafraseando aquello de "he cometido el peor de los pecados, no he sido feliz", la actual dirigencia peronista podría afirmar "he cometido el peor de los pecados, me he olvidado del país" o "he desatendido a Mendoza". ¿Cómo defender un proyecto nacional bifronte donde uno de esos sectores del Gobierno hace de afiebrada oposición con un nivel de virulencia que la verdadera oposición se cuidaría de exhibir?

¿Y por casa?

En la provincia no hay ninguna posibilidad de que el kirchnerismo siga teniendo influencia en el justicialismo provincial. La gestión partidaria de Anabel Fernánez Sagasti al frente del PJ local está terminada y ella se limita a completar los plazos formales. Es como si se evaporara despacio sin hacer demasiado ruido.

"Quiero ser una más", dijo Sagasti tras las últimas derrotas electorales en esta provincia el año pasado. Intentó socializar la derrota. La del kirchnerismo en general y la del camporismo en particular son formas de hacer política que los mendocinos no comparten. Nunca se va a aceptar aquí la sujeción escandalosa a los dictados de Cristina por encima de los intereses de la provincia de Mendoza.

Las gobernaciones de los peronistas Celso Jaque y Paco Pérez fracasaron por varios motivos de gestión. Pero uno de los principales fue haber entregado la Provincia, atada de pies y manos, a los caprichos de la presidenta Cristina Kirchner quien desde la Casa Rosada disponía hasta las listas de los concejales que se debían presentar en los departamentos de Mendoza.

En Mendoza pasan los meses y no se avizoran vientos de renovación. Los que han esbozado intenciones de prenderse en la pelea por la gobernación en 2023 (Righi, Aveiro, Omar Félix, Adolfo Bermejo, entre otros) no acompañan esos propósitos con ideas y proyectos que puedan movilizar el interés de los mendocinos. Todos están atrapados en su municipalismo.

Vivir en el disgusto

En el orden nacional el camporismo vive diciendo que Cristina tiene los votos y que por eso hace valer su jefatura sobre Alberto. Sin embargo, esos votos no le alcanzan para ser presidenta ni para gobernadora de Buenos Aires. Tanto Cristina como su hijo Máximo Kirchner figuran entre los políticos con peor imagen en el país.

Cristina acaba de acusar públicamente al presidente Fernández de estar decepcionando con sus políticas a los votantes del Frente de Todos. ¿Cómo no van a decir en los medios europeos y de América que la Argentina va a la deriva en medio de corrientes traicioneras del propio oficialismo?

El mandatario argentino, que ahora intenta ejercer su cargo con mayor poder de decisión para salvar el acuerdo con el FMI, le ha contestado a Cristina desde su gira europea (lo que es todo un detalle). Le ha dicho concretamente que ella tiene una mirada parcial y que vive observando al pasado. Cristina siempre lo ha destrozado sin piedad a Alberto, a quien por lo general no lo nombra para que el ninguneo sea con mayor fruición.

En cambio cada vez que Alberto refuta dichos de la dama busca hacerlo con cierto profesionalismo político y dejando sentado que discrepa de ella pero que reconoce su historial político en la Argentina. Pero además, de inmediato aprovecha para echarle la culpa de todo a Macri y así licuar el disgusto de la vicepresidenta.

La mayor parte del país considera políticamente incorrectas e innecesaras las peleas tipo Pimpinela que el cristinismo y el albertismo han trasladado a las instancias más altas de la vida nacional y que vienen entorpeciendo la solución de los problemas centrales, en particular los de la macroeconomía, con la inflación a la cabeza.

Sólo unos pocos en La Cámpora y en el Instituto Patria sostienen que la lucha ideológica sin cuartel es algo que va hacer avanzar al país. El ADN social de la Argentina guarda, sin embargo, recuerdos a fuego de los daños que el ideologismo extremo y la violencia desatada produjeron en el tercer gobierno del justicialismo, daños de los que el peronismo fue el principal responsable en el primer lustro de los años '70.