El impacto que provocó en el mundo futbolero, y fuera de su ámbito, el anuncio de Marcelo Gallardo de que no renovará su contrato a fin de año, es digno de ser analizado.
El método Gallardo contrasta con los fracasos de la gestión del país
Ha sido un ciclo que se extendió ocho años y medio, cuando lo habitual en el fútbol vernáculo es que una conducción técnica no resista mucho más allá de un par de derrotas.
Se trata de un fenómeno poco usual en la Argentina de la imprevisión, no tanto porque se trate de una figura sobresaliente, sino por configurar uno de los casos modelo de éxito atado a un proyecto sólido de gestión institucional.
El drástico contraste con lo que sucede en la esfera gubernamental, donde la lógica del "vamos viendo" se impone sobre toda planificación, evidencia las limitaciones de la administración nacional, incapaz de gestionar con cohesión un proyecto serio de largo plazo.
Los logros no llegan por generación espontánea, pues se alcanzan por causalidades a propósito de un rumbo trazado y mediante un proceso sostenido que pone en línea a todos los factores, ya sea en la esfera deportiva, política, empresarial o de otra índole.
Lo destacable, en primer término, es el liderazgo de quien encabeza la ejecución de un proyecto, que se traduce en ideas claras, convicción y capacidad de convencimiento.
Un plan de trabajo que contemple todas las variables de acuerdo con los recursos con los que se cuenta, y una mirada de largo plazo -para lo cual hace falta el acompañamiento de todos los actores-, constituyen la clave para el logro de los objetivos.
O sea, lo que ha caracterizado al proceso institucional liderado por el Muñeco Gallardo es todo lo contrario a lo que sucede con la administración del país.
Hasta los hinchas más exigentes reconocen los aciertos, incluida la temporada más magra en resultados como la presente, porque han sabido apreciar el esfuerzo fiel a un ideario.
Pero más que el equipo jugando en el campo de juego, el gran mérito está en el trabajo en equipo. Nada de liderazgo mesiánico, tal como indica el lema: "Los hombres pasan, las instituciones quedan".
En cambio, los principios rectores se basan en profesionalismo, sistema, reglas claras, disciplina, exigencia, respeto. Otra vez: equipo y trabajo sosteniendo una relación de afinidad contractual perdurable, a prueba de tropiezos ocasionales. "Los errores son parte del aprendizaje", explica el conductor del proceso.
El banque de la hinchada o de un electorado se fundamenta en la confianza depositada en un proyecto y en los actores que lo ejecutan, lo que permite superar equivocaciones, obstáculos y presiones para remontar adversidades.
Y así, las expectativas positivas sobre el futuro se convierten en el motor motivacional de los escenarios a construir.
En relación con las políticas de Estado, postulábamos en la columna de la semana pasada, que es fundamental sostener las buenas estrategias en el largo plazo, más allá de los gobiernos de turno.
Cuando se han logrado acuerdos básicos, Mendoza ha tenido la virtud de diseñar planes idóneos que han trascendido períodos de gobierno, en sectores como la vitivinicultura y el turismo, mediante el esfuerzo mancomunado entre el ámbito privado y el Estado.
Lo mismo habrá de ocurrir con los planes que están en carpeta para el sector hídrico, que requieren políticas sostenidas en el tiempo, y que serían necesarios en otros campos para el desarrollo económico y humano.
Dispersos y confrontados
La falta de confianza, y las expectativas inflacionarias conforman un combo asociado en el fracaso como lugar común de la Argentina.
Arraigado en nuestra matriz cultural, el proceso inflacionario es parte identitaria de los comportamientos y estrategias de supervivencia cotidianos. No es consecuencia necesaria de la pospandemia ni de la guerra en Ucrania, como le gusta justificar a Alberto Fernández. Lo demuestran los índices de nuestros países vecinos.
Tampoco la herencia que dejó Mauricio Macri sirve de coartada, cuando se supone que el actual gobierno llegaba para cambiar la situación de decadencia y empobrecimiento.
Lejos de un proyecto de gobierno claro, y de un plan de estabilización que esté acompañado por los principales referentes del Frente de Todos, ahora los tironeos pasan por los propósitos de Sergio Massa que se enfrentan a las pretensiones de congelamiento de precios que surgen del sector cristinista. Parece ser que mientras el ministro de Economía intenta ponerse el equipo al hombro, consigue fondos del BID, la pilotea con el FMI y acuerda con el Club de París, el ala dura kirchnerista va con los tapones arriba de la rodilla.
Lo peor que le puede pasar a la economía es la incertidumbre que se genera a partir de las voces discordantes en el oficialismo. En el Coloquio de Idea , el secretario de Industria y Desarrollo Productivo, Ignacio de Mendiguren, reconoció que el congelamiento no es la solución. De hecho, muchos de los precios regulados se han mantenido anclados, pero sin lograr un freno a la espiral inflacionaria.
Al mismo tiempo, el ex titular de la UIA, sostiene que hay especuladores y que es necesario acordar con los empresarios para avanzar en reformas estructurales preservando el empleo y el salario.
En tanto, hay coincidencia en el círculo empresarial de que es necesario consensuar entre oficialismo y oposición un plan de estabilización y crecimiento, lo que resulta difícil con tantos dirigentes en modo candidato.
La inflación es un ajuste brutal que lesiona el tejido social y promueve la conflictividad, donde siempre hay un puñado de ganadores y un tendal de perdedores.
Sin un plan sólido, que aliente la confianza y genere expectativas, no hay forma de prever los escenarios futuros, mientras las dudas se agudizan.
La meta presupuestaria del 60 por ciento ofrece poca credibilidad, cuando el mercado proyecta un ochenta y pico para 2023. ¿O habrá que tomar como referencia el 131 por ciento con el que está tensionando las paritarias Pablo Moyano? Otro interrogante: ¿Hay margen político en el Gobierno para avanzar en las reformas estructurales que requiere el Fondo y que suelen mentar tanto Massa como De Mendiguren?
Lo deseable sería consolidar un programa que logre revertir la desconfianza y la incertidumbre, para lo cual es indispensable que todo el arco oficialista patee para el mismo lado.
Quizás sea posible diseñar un "método Gallardo" como hoja de ruta de final de mandato, pero sobre todo, como punto de partida hacia un proyecto de país que pueda ejecutarse con continuidad a través de los próximos gobiernos. Se trata de un requisito válido tanto para el oficialismo como para la oposición, pero por ahora la pelota está en el campo del Gobierno.



