Análisis y opinión

Derechas, anteojeras ideológicas, y principios republicanos

Las opciones electorales con mayores posibilidades muestran la tendencia de un cambio de ciclo en el país

El kirchnerismo basó su construcción política ascendente bajo el ropaje del progresismo que venía a consagrar la inclusión, la distribución económica y la ampliación de derechos. Con el cumplimiento de objetivos, el primer gobierno liderado por Néstor Kirchner supo acumular cuotas de consenso social y caudal político para alinear y disciplinar a los poderes fácticos.

La reestructuración de la deuda y el crecimiento económico en tiempos de vientos de cola por el alto valor de los commodities posibilitaron al país alcanzar los superávits gemelos y el reconocimiento popular a un gobierno que había asumido con el 23 por ciento de los votos.

La transversalidad de Néstor, superando las fronteras del PJ, fue parte de la estrategia que permitió sumar a los radicales que gobernaban en sus distritos y elegir a Cristina Fernández, que pasó de liderar a los senadores oficialistas a comandar el Ejecutivo.

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Se cumplieron 20 años del ascenso de Néstor Kirchner al poder.

Se cumplieron 20 años del ascenso de Néstor Kirchner al poder.

Después de superar el conflicto del campo, con sus secuelas, Cristina logró avanzar en sus objetivos, entre ellos una nueva ley de regulación de los medios y, tras la muerte de Néstor, fue reelecta con el 54 por ciento de los votos.

Para entonces, la grieta, esa confrontación insalvable entre kirchneristas y antikirchneristas que dividió hasta a las familias empezó a imperar en todo el país y se mantiene, con sus matices, hasta el día de hoy.

Ya se han cumplido veinte años del ascenso de Néstor al poder y de esa impronta de antinomia que no siempre fue natural, sino acicateada desde la cúpula del Ejecutivo, sobre todo tras su muerte, por decisión política estratégica.

Él -como lo llama Cristina en los actos públicos para elevarlo a una condición superior al común de los mortales- con su legado pasó a ser uno de los estandartes, el otro, la nueva Jefa del movimiento, ya para entonces siendo la portadora vital del fuego místico movilizador.

La dicotomía amigo-enemigo puso del lado del mal a la “derecha”, en una primera etapa apuntando al neoliberalismo que encarnó Carlos Menem y la Alianza deshilachada, y con el transcurrir de los años el mote sirvió para todo aquel que esbozara una crítica o intentara un contrapeso al poder omnímodo.

Jorge Bergoglio fue hasta que se convirtió en Francisco parte del eje del mal, junto a quienes tuvieran una visión distinta frente a las políticas gubernamentales. De un lado los lacayos del imperio, del otro los portadores de la justicia social y únicos garantes de los derechos.

Bajo la misma lógica, el avance de “la derecha” representada por la oposición en nombre de las corporaciones financieras, mediáticas y “el partido judicial”, es la amenaza que se cierne sobre el “progresismo”, según el prisma kirchnerista.

Un mundo político signado por contradicciones, equívocos y pasos en falso necesita imperiosamente de un relato que sostenga la pureza ideológica, y hacer catequesis a tiempo completo a través del discurso de los líderes, militantes, de los medios afines -estatales y privados- y en todos los espacios instituciones conquistados a través de los años.

La casta y el establishment

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Uno de los actos de Javier Milei.

Uno de los actos de Javier Milei.

Si no es mediante la construcción de una narrativa eficaz emergente, capaz de dar disputa al discurso hegemónico imperante, será la realidad misma la que se encargue de agotar un ciclo por los magros resultados que se traducen en malestar social.

Hay quienes visualizan en la actualidad un cambio de época por la pérdida de poder del kirchnerismo cristinista a raíz de una fórmula presidencial que no es cabalmente representativa de la facción disminuida y que se va replegando hacia el conurbano bonaerense. Si bien es prematuro establecer una conclusión tajante en un proceso que está en curso, no es conjetural el hecho de que tanto Sergio Massa, como los demás candidatos con chances, expresan modelos que han sido catalogados históricamente por el kirchnerismo como “la derecha” a combatir.

Ni el kirchnerismo ni ninguna otra fuerza están exentos de flagrantes contradicciones, pero con el nuevo escenario Cristina y sus seguidores deberán hacer contorsiones para explicar por qué militan por el “amigo de los EEUU”, que por más empeño que le ponga, satura la vieja categoría ideológica tan defenestrada.

El maniqueísmo suele forzar las caracterizaciones a los extremos, al punto de hacer tabla rasa con respecto a regímenes y políticas disímiles como el liberalismo económico, el liberalismo político, el conservadurismo, populismos (de derecha) y otros tantos ismos.

Esa prédica no repara en que la sociedad supuestamente “corrida a la derecha” no está regida por moldes ideológicos que la más de las veces son impostados para justificar o para repudiar procesos políticos y a sus actores protagónicos. Así observamos, por ejemplo, cómo regímenes autoritarios son cínicamente avalados o rechazados según se desplieguen en nombre de la izquierda o de la derecha o de acuerdo con el marco de alianzas con el exterior.

En cambio, lejos de toda hipocresía, cada vez son más los sectores sociales -entre ellos porciones crecientes de segmentos juveniles-, que ven al cristinismo como parte del establishment. Desde esta noción, se critica que ocupe espacios estratégicos, tanto político como económico y cultural, y pugne por mantenerlos con todos los privilegios que el poder supone. Esta es una realidad que el candidato emergente anarco-liberal, Javier Milei, ha sabido capitalizar al instalar lo del combate a la “casta”, que también incluye a la oposición.

Acerca del progresismo

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Fuerte interna sostienen Patricia Bullrich y Horacio Rodríguez Larreta.

Fuerte interna sostienen Patricia Bullrich y Horacio Rodríguez Larreta.

La sobreactuación por la caza de los votos no es privativa de ningún espacio. Sergio Massa necesita en primera instancia congraciarse con el electorado kirchnerista, sin descuidar el humor de los mercados por su doble rol de candidato y ministro de Economía. Javier Milei está poniendo un freno de mano a su propuesta dolarizadora y a la eliminación de los cepos el primer día, pero sin bajar los decibeles de los cambios que promete al extremo. Horacio Rodríguez Larreta levanta cada vez más el tono para mostrarse más halcón que paloma y no repara en agresiones a su rival interna. Patricia Bullrich escala el conflicto con sus réplicas, mientras radicaliza su discurso de mano dura.

Salvo el candidato del oficialismo, quien se está mostrando más moderado, los demás presidenciables están compitiendo para ver quién es más drástico frente a las supuestas demandas de la sociedad. Sin embargo, es plausible pensar que quizás no exista el mentado corrimiento de una sociedad que probablemente se mantiene en el mismo lugar, sino que son las gestiones gubernamentales las que no están dando respuestas.

La inmediatez de las elecciones y el afán por llegar a como dé lugar obnubila la capacidad de la clase dirigente por captar que las necesidades de la población no responden a recetas remanidas, mientras se corre el riesgo de que el populismo electoral se convierta en una frustración temprana del nuevo gobierno, con su consecuente malestar y pérdida de legitimidad.

La búsqueda de progreso es inherente a los anhelos de los pueblos, y el sistema democrático -donde las instituciones tienen que estar por encima de los circunstanciales liderazgos-, es el más genuino y civilizado de los sistemas para lograrlo. Con la recuperación de la democracia, hace cuarenta años, se abogaba por la cultura del esfuerzo y la ética de la solidaridad como principios fundantes sobre los que se asienta el progreso con equidad. Ser progresista es bregar por una sociedad más justa y equitativa a partir del propio esfuerzo, lo que requiere como condición la igualdad de oportunidades con la que debería comprometerse la dirigencia.

El deseo de progreso individual y colectivo, en muchos casos anestesiado, ha de ser el motor que movilice a la sociedad para salir de la resignación o para alentar el arraigo al país antes que emigrar hacia mejores destinos.

La sociedad desencantada espera cambios en aras de una superación, para lo cual no se pregunta sobre ideologismos arcaicos sino sobre los objetivos concretos de progreso que pueda encarnar cada propuesta electoral y la confianza en sus concreciones. Quizás sea más sensato que la política se piense en términos de principios y valores que en clichés ideológicos como contribución a un país plagado de frustraciones.

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