Análisis y opinión

Démosle una oportunidad a la paz social del país

Los graves problemas económicos son más complejos de afrontar cuando se altera la calma política y la tranquilidad de la sociedad

Al romper el silencio sobre el atentado, Cristina dijo ante los curas villeros que lo peor de todo es que se rompió el acuerdo de convivencia democrática que se había mantenido desde 1983.

Pero si se tratara de una ruptura del pacto fundacional el ataque fallido de la banda de los "copitos" -un grupete difícil de categorizar por lo rudimentario, según lo que se sabe hasta ahora- , entonces, cabría preguntarse en qué lugar habría que colocar a los levantamientos carapintada, o el trágico copamiento de la Tablada, o los atentados contra Raúl Alfonsín, los estallidos contra Fernando De la Rúa, las muertos por represiones, los ataques de Quebracho, el asesinato de Nisman, el ataque con piedras al Congreso, entre varios sucesos luctuosos o autoritarios que tuvieron distintas derivaciones políticas.

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La vicepresidenta compartió su análisis cuando todavía no salía de la conmoción al ver las imágenes de un individuo gatillándole una pistola a escasos centímetros de su cabeza. Lo cierto, es que Cristina no debería desconocer que una inmensa mayoría de dirigentes del arco opositor y ciudadanos de a pie, repudió el atentado y exige esclarecimiento y castigo a los responsables. Eso es básico para sostener el pacto democrático, y es lo que ha sucedido en la mayoría de las oportunidades en que alguien ha ido en contra del sistema o de las normas institucionales.

Sólo grupos e individuos marginales pueden desear romper ese pacto o alterar el sistema, porque la gran mayoría está en contra del quiebre de la convivencia pacífica.

Tampoco es menos cierto que hay formas más sutiles de horadar la cultura cívica que nos permite procesar los problemas y las posibles soluciones. Así hoy nos encontramos envueltos en medio de relaciones ríspidas al interior del sistema político y entre conciudadanos.

El estado de sospecha y paranoia se siembra a partir de acusaciones cruzadas que datan de varios años y que reconoce en estos tiempos a insultadores y agresores en las redes sociales, en la tele, en los escraches públicos y hasta en el Congreso de la Nación.

En este punto, habría que diferenciar la crítica, propia de la democracia, y la bronca, como producto de un lógico malestar social, de lo que tradicionalmente se ha caracterizado como acciones de odio, a cargo de individuos radicalizados o de grupos organizados, impulsados por cuestiones ideológicas, raciales, religiosas, culturales, xenofobia, etcétera.

Las antinomias en nuestro país se pueden reconocer desde los albores de la Nación, en algunas etapas con violencia política, y otras mediante simples tensiones. La famosa grieta, polarización política que ya se ha hecho carne, no siempre se puede catalogar como parte de la matriz del odio, pero sin dudas dificulta las relaciones y los vínculos. Y cuando se llega a ciertos grados de intolerancia, puede convertirse en caldo de cultivo hacia acciones violentas.

Con los últimos acontecimientos sería deseable, sino acordar, al menos reconocer una línea que nadie debería traspasar sin que nos resulte indiferente. Ante los grupos emergentes que profesan discursos o promueven acciones virulentas, tanto la condena social como la vía judicial no deberían permanecer impasibles.

No obstante, también hay que resaltar que la reacción del oficialismo ante el grave hecho que podría haber costado la vida de la vicepresidenta dista mucho del llamado a la concordia para cerrar filas con una estrategia unificada, aun con las naturales diferencias.

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Desde algunos sectores del oficialismo culpan una y otra vez a la oposición, a los medios y  la Justicia por el atentado a Cristina.

Desde algunos sectores del oficialismo culpan una y otra vez a la oposición, a los medios y la Justicia por el atentado a Cristina.

Cuando una y otra vez se culpa genéricamente a la oposición, a los medios y a la Justicia, se está intentando un aprovechamiento político de un suceso que podría haber resultado trágico pero que, cabe puntualizar, no ha servido para modificar la opinión sobre los principales dirigentes que se tenía antes del atentado.

Esa actitud del oficialismo rememora al conflicto con el campo de 2008, cuando la ex presidenta decidió ahondar las contradicciones con la Mesa de Enlace, con la oposición, con el periodismo y con todo aquel que no expresara adhesión al kirchnerismo. Fue una estrategia que luego nadie supo desandar. Lejos había quedado aquel tiempo en que Néstor Kirchner hablaba de la transversalidad, las verdades relativas y las síntesis necesarias.

Con la negativa de Cristina de entregar los atributos de mando, comenzó la etapa del gobierno de Cambiemos y de un Mauricio Macri, asesorado por Durán Barba, que continuó la misma tónica al seguir polarizando con la líder kirchnerista, su contracara.

En cuanto al intento de magnicidio, si repasamos los extremos, nos encontramos con aquellos que quieren demostrar que se trató de un autoatentado orquestado y, en frente, los que apuntan a supuestos nexos entre los "copitos" y dirigentes opositores. También abundan los que niegan que haya ocurrido lo que vieron sus propios ojos, algo que es posible cuando se impone la posverdad.

Con o sin reunión cara a cara entre CFK y Macri, lo más importante sería un acuerdo consensuado entre la dirigencia para salir del clima hostil y de la estupidez, y que conduzca a superar la incapacidad de brindar soluciones a las sucesivas crisis.

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Aunque no haya un cara a cara entre Cristina y Macri, un acuerdo consensuado sería muy saludable.

Aunque no haya un cara a cara entre Cristina y Macri, un acuerdo consensuado sería muy saludable.

Como lo indican las encuestas, las mayores preocupaciones de la población son la pérdida del poder adquisitivo por la inflación y el desempleo, o los problemas laborales. Es decir, el empobrecimiento que se acentúa día a día.

Parte de la agenda que sobresale para muchos de los referentes, además del atentado y sus consecuencias, se centra en los asuntos judiciales y en el posicionamiento de los candidateables. Con la presentación del proyecto de presupuesto es previsible que la cuestión económica vuelva a cobrar centralidad en el debate público de la dirigencia, aunque el diseño armado por el Ejecutivo luzca como demasiado ficticio.

Después de todo, los problemas de la deuda, de las metas con el FMI, de las importaciones y exportaciones, del costo de vida, de los ajustes, del reparto de fondos, entre varios más, siguen estando presentes, sin mencionar lo que se avecina con la segmentación de tarifas.

La inflación va camino a cerrar el año en los tres dígitos, las proyecciones de las consultoras para el 2023 -año electoral-, indican más del 80 por ciento, al margen de que el presupuesto estipula un 60 por ciento, y no se esperan mejoras en el empleo.

Sergio Massa ha logrado aquietar las aguas y el ritmo de aceleración del descalabro, pero necesita calma política como condición básica para sostener un programa que cabalga a contrapelo de lo que ha postulado siempre el kirchnerismo puro.

Se están cumpliendo mil días de una gestión que presenta a un presidente pintado, un ministro de Economía empoderado pero con escaso margen, una vicepresidenta angustiada, y una oposición que en los últimos meses se ha mostrado errática y dispersa. Mientras tanto, la población se ve obligada a aguzar el ingenio para amortiguar el deterioro de su calidad de vida. En lo que no hay dudas, es que las posibles soluciones están dentro del sistema democrático que debemos enriquecer. Fuera de él nada.

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