Uruguay se sumó esta semana a la lista corta de países que otorgan, por ley, el derecho a “transcurrir dignamente el proceso de morir”, y recibir asistencia para hacerlo.
La primera pregunta que cabe -y que formó parte de esta discusión parlamentaria- es si podemos definir cuándo decir “basta”. Y tal vez, desde la comodidad de un sillón o leyendo este artículo en el celular considere que nunca estará en esa situación o que, no estaría dispuesto a hacerlo jamás. Sin embargo, prestar oído a quienes han acompañado a seres queridos en momentos en que transcurrir se vuelve un infierno, puede echar algo de luz al tema.
Una historia para escuchar fue la que dejó el contador uruguayo Fernando Sureda, paciente con esclerosis lateral amiotrófica (ELA), quien conoció al médico español especialista en cuidados paliativos Enric Benito, y lo convenció de optar por la alternativa para transitar el tramo final de su vida. El documental "Hay una puerta ahí" relata los diálogos entre médico, paciente y familia sobre el abordaje de la enfermedad terminal y las alternativas para un cierre digno. Motivado en parte por el debate público que se generó en ese momento, el diputado Ope Pasquet (Partido Colorado) presentó el proyecto de ley en el año 2020, e inició el trasiego de una norma que se aprobó luego de 12 horas de debate en el Parlamento uruguayo.
Otro eje, aún más profundo, es entender qué definimos por “vida”. En la normativa aprobada, la persona debe padecer una patología incurable en etapa terminal o una enfermedad que provoque “sufrimientos insoportables” junto a un “grave deterioro” de su “calidad de vida”. Dentro de los requisitos, el solicitante debe ser mayor de edad, ciudadano uruguayo o residente legal y estar “psíquicamente apto” para tomar la decisión. Justamente este punto es uno de los que levantó opiniones críticas como las del doctor en Filosofía de la Universidad Católica Argentina, Miguel Pastorino, quien comentó que la ley no cuenta con “psicólogo ni psiquiatra que evalúe a un paciente, que además de una enfermedad crónica tenga una depresión, con lo complejo que es el deseo de morir en circunstancias de sufrimiento existencial, aunque el dolor físico se trate”.
En diálogo con Italo Bove, profesor de Física en la Facultad de Ingeniería de la Universidad de la República, quien es parte del colectivo “Muerte Asistida Digna en Uruguay” (MADU) este punto surgió: “Hay muchos casos en donde no existe forma de aliviar el dolor, y aún cuando se pueda, la persona no tiene por qué querer transitar por una agonía a base de sedación o medicamentos. Muchas veces se puede decir, hasta aquí llegué, ya está, no voy a sufrir este final, voy a irme cuando todavía puedo despedirme de mis familiares”. Es válido, apunta. Y sigue: “En Uruguay, sociedad eminentemente laica, con respeto a la diversidad de opiniones, sin conflictos políticos que terminen violentamente, con manifestaciones abiertas, esto representa aumentar la convivencia y, en última instancia; la libertad”.
Uruguay es el tercer país de América Latina que permite la muerte asistida. En el caso de Colombia y Ecuador, la despenalización se dio luego de fallos judiciales. A nivel global, la lista incluye a Canadá, España, Holanda y Nueva Zelanda. Para sus defensores, esta legislación amplía derechos y se enmarca dentro de una tradición de leyes liberales, como la regulación del cannabis, el matrimonio igualitario y la despenalización del aborto. Para los otros, extiende la práctica a personas no terminales, como aquellas con discapacidad o condiciones crónicas, lo que puede llevar a decisiones tomadas por vulnerabilidad y falta de apoyo.
El filósofo alemán Martin Heidegger dedicó una parte de su obra al tema de la muerte. Para él, parte esencial de la condición humana. Tan así, que la existencia toma su verdadero significado cuando se asume la finitud de la vida y se enfrenta la posibilidad del fin. Conciencia que nos separa de otros seres vivos: sabernos con fecha de caducidad.
En el mundo en el que vivimos, donde muchos no tienen posibilidad de decidir lo más mínimo, avanzar en garantías abre reflexiones. Ya lo supo incluir Shakespeare, en pleno siglo XVII, cuando un atribulado Hamlet se preguntaba: “¿Quién querría llevar tan duras cargas, gemir y sudar bajo el peso de una vida afanosa, si no fuera por el temor de un algo, después de la muerte, esa ignorada región cuyos confines no vuelve a traspasar viajero alguno, temor que confunde nuestra voluntad y nos impulsa a soportar aquellos males que nos afligen, antes que lanzarnos a otros que desconocemos?”.
Nota: la autora de este artículo es periodista. Vivió y trabajó muchos años en Mendoza. Ahora lo hace en Uruguay.


