Quino tuvo la delicadeza de morirse un día después de que se cumplieran los 56 años de la primera publicación de Mafalda. Él ensalzaba su carácter con esas singularidades: no le gustaba regodearse en el énfasis. Así lo prueba su profusa labor de humorista exquisito, más allá de la etapa Mafalda, aunque fue esta niña irreverente la que le otorgó la merecida fama planetaria que tuvo y tiene.
Cada trazo de Quino era como un editorial

Joaquín Lavado, Quino para el mundo, murió a los 88 años. La prensa internacional saludó su genialidad.
Tanto a este hombre profundamente mendocino, como a otro grande como el palmirense Julio Le Parc, cercanos en la contemporaneidad, les fue dado un don que muy pocos humanos portan: el de crear nuevos mundos.
En el caso de Quino, el oxígeno de ese universo fue la gráfica (los diarios, las revistas, los libros) una fortuna que no tuvieron los proyectos para trasladar a la TV o al cine a la famosa niña progresista. Y en el de Le Parc, el aire vital fueron las formas, los movimientos y los colores del arte cinético. No estaría nada mal incluir a Antonio Di Benedetto, nuestro máximo escritor, y armar una tríada de genialidades en diferentes caminos del arte.
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Bien sesentoso
La Mafalda de Quino fue, como Los Beatles, un producto típico de los ´60, con aires del flower power y del "haz el amor, no la guerra", pero en versión local. Y tuvo una duración parecida a la carrera de los genios de Liverpool.
Es comprensible que Quino le haya puesto punto final a la publicación de la tira en junio de 1973, justo cuando el país se radicalizó políticamente y se afianzó una era de extrema violencia, que no tenía nada que ver la con actitud crítica, pero de cambios pacíficos que insinuaba Mafalda, quien odiaba las guerras y soñaba con la paz y el progreso. Y que no podía entender cómo su madre había dejado los estudios universitarios para dedicarse a ser ama de casa.
Quino cuestiona al poder. Las maldades del poder. Su violencia. El conformismo. Pero llama en su auxilio al humor y entonces lo suyo se torna desprovisto del dogma, del catecismo. Y vuela.
Nuestro compañero
Durante varios años su humor nos acompañó los domingos en Diario UNO. A veces, cuando en la Redacción preparábamos esas páginas solíamos sentir una enorme felicidad ante este hombre genial que en un sólo trazo de sus inolvidables dibujos solía mostrarnos la soledad del mundo, la ridiculez de los fanáticos, la soberbia de los poderosos, o la fragilidad de los amores.
No puedo dejar de mencionar que nunca compartí el asco de Mafalda por la sopa, brebaje que amo. En cambio siempre me causó una burbujeante gracia verlo al padre tomar Nervocalm cada vez que la hija lo sacaba de quicio con sus preguntas y sus opiniones sobre la actualidad política.
Que el universo bendiga a Quino. Ha muerto un hombre bueno.