Su cara. Ahí está todo. Alberto Fernández concentra en su rostro el dolor de ya no ser. El domingo dejará el cargo siendo un mandatario protocolar, anecdótico, contradictorio, desfasado.
Alberto Fernández, el presidente que pareció no entender a Mendoza
Durante los recientes meses de campaña, tanto él como Cristina Kirchner debieron guardarse porque cualquier aparición de ambos iba a afectar al candidato presidencial del peronismo. Fue una aceptación premeditada de la derrota. Nunca un gobierno tan desprestigiado políticamente y con tan malos resultados económicos podría haber sido reelegido.
Mendoza y Alberto Fernández nunca se llevaron bien. El Presidente siempre estuvo convencido de que nuestra provincia era, como Córdoba, un "territorio hostil" para sus intereses de gestión. Mendoza le abrió un crédito durante los primeros meses de la pandemia, pero pronto comprobó que el capitán del barco no era de total confianza y le marcó errores.
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Resentimiento
Fernández nunca soportó que Mendoza tuviera ideas propias sobre temas candentes como la pandemia y la cuarentena, la educación, la apertura económica o las relaciones internacionales del país. Y que estas se dieran a conocer de manera institucional, que es como debe ser en una democracia.
Y se cobró de las maneras más tristes, típicas de alguien resentido que actúa por impulso, y no las de un mandatario obligado -por mandato popular- a estar por encima de pequeñeces.
Sobresalió su decisión de no invitar, durante sus giras oficiales a Chile, al gobernador de Mendoza, Rodolfo Suarez, siendo que esta es la provincia argentina de mayor relación con el país de Neruda por razones históricas, comerciales y sociales, que van desde la marca del Ejército Libertador de San Martín, hasta el hecho de que Mendoza contenga el principal paso binacional de personas y mercancías en el Cristo Redentor.
Del palo
Además, el Presidente pareció entender que por "contrato" político debía hacer causa común con el kirchnerismo mendocino que venía perdiendo desde 2013 todas las elecciones a manos de los radicales, con una perfomance pobrísima de la senadora nacional Anabel Fernández Sagasti (mano derecha de Cristina) al frente del PJ mendocino.
Cómo olvidar, además, que Mendoza es la provincia de Julio Cobos, el ex socio del matrimonio Kirchner que les armó un revuelo político fenomenal cuando, desde la vicepresidencia del país, logró frenar la guerra del campo, abierta por Cristina en busca de un excesivo aumento de aranceles a los productores de soja y otros granos, que debía fijarse por una ley que Cobos votó en contra, desactivando el conflicto.
Alberto se siente bien en lugares como La Rioja o Formosa que, políticamente, no son ejemplo de casi nada y que dependen de la ayuda nacional para subsistir. En esas comarcas los gobernadores con puestos eternos le rinden pleitesía.
El Presidente sumó entre sus preferencias a la provincia de La Pampa, también peronista, pero en este caso motivado porque los pampeanos tienen una larga disputa con Mendoza por el tema del agua. Y entonces era más fácil prenderse de eso para tirar abajo, junto con las provincias peronistas del Coirco, el proyecto hidroeléctrico de Portezuelo del Viento sobre el río Grande, en Malargüe, que Néstor Kirchner y Cobos habían acordado en 2006 con fondos adeudados por la Nación a Mendoza.
Con todo ese matete, Alberto Fernández urdió un trato movido por cierta lógica que genera el rencor, y que en política suele ser moneda corriente.
Pecado original
Alberto llegó al Gobierno, pero nunca al poder, que quedó en manos de la vicepresidenta Cristina Kirchner. Fue víctima de un pecado original: el de haber aceptado ser candidato a presidente sabiendo que jamás iba a tener posibilidades de ejercer con libertad el cargo.
Condicionado todo el tiempo por su promotora, a la que detestaba, pero que no se animó a enfrentar, la idea de que se podía crear algo llamado albertismo fue un mal sueño. Alberto nunca construyó en serio su propio poder.
Es como si se hubiera dejado ganar por el "complejo de Jefe de Gabinete de Néstor Kirchner". Su aceitada relación con Kirchner influyó de tal manera en su vida, que al asumir él como Presidente en 2019, dijo que su madre y Néstor eran dos de las personas que más lo habían impactado. En ese discurso inaugural, Alberto aseguró que "Néstor Kirchner me permitió ser parte de la maravillosa aventura de sacar a la Argentina de la postración". ¿Podría decir algo similar en estos días?
Ninguneos
Durante su administración fue ninguneado y desobedecido por ministros de su propio Gabinete y por funcionarios menores que reportaban a Cristina y a Máximo Kirchner. Desbocados, estos kirchneristas ultras se permitieron el insulto y la desacreditación a través de los peores términos contra el jefe de Estado, sin respetar siquiera la voluntad popular de quienes lo eligieron en las urnas en 2019.
A esos que le hicieron parodias de renuncias en bloque para dejarle "pelado" el Gabinete si no ponía en práctica las órdenes de Cristina tras la derrota en las elecciones de medio término de 2021, Alberto les perdonó todo y no los cuestionó en público.
En cambio, a los gobernadores que le hicieron ver errores de gestión o le transmitieron advertencias, como fue el caso del mandatario mendocino, les devolvió perrerías, ninguneos, los olvidó en el reparto de fondos o afectó proyectos de gran impacto, como el dique Portezuelo.
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