Mendoza Lunes, 8 de octubre de 2018

Pedro Icazzatti, el único fusilado en Mendoza como delincuente

Fue sentenciado a muerte y ejecutado en la Penitenciaría por la Ley Marcial que se impuso durante el gobierno de facto de José Félix Uriburu. Tenía 23 años.

Otros, muchos, demasiados e inolvidables, fueron ejecutados por razones políticas en la provincia de Mendoza. Pero un solo hombre, con juicio militar y ajustándose a la Ley Marcial impuesta por José Félix Uriburu, fue sentenciado a muerte y fusilado como delincuente común en lo que hoy es la cárcel de Boulogne sur Mer. Se llamaba Pedro Icazzatti, tenía 23 años y hasta el mismo momento de ser ejecutado dijo que era inocente.

El periodista Rolando López rescató hace un tiempo el fragmento de un reportaje que le hicieron cuando ya estaba en la cárcel, allá por 1930.

"Tenés 10 años de vida como máximo, me dijo el médico. Lo tuyo se llama tuberculosis y no tiene cura. Yo tenía 19 años y no lo podía creer. Estaba condenado a muerte. Quería asegurar a mi hijo, a su madre y me eché al delito de cabeza, única vía expeditiva que encontré para alcanzar aquel sueño", dijo Pedro Icazzatti, alias el Negro, Santiaguito o Pedro Flores.

Algunos dicen que era anarquista, pero es de desconfiar esta versión ya que quienes lo afirman, lo califican como "delincuente y también anarquista", como si se tratara de una misma cosa.

De seis proyectiles de fusil que se dispararon al unísono contra Icazzatti, cuatro le dieron en el corazón, uno en la frente y el restante le pasó por encima de la cabeza. Después, como ordenaba la Ley Marcial, se le dio el tiro de gracia. Fue el segundo jefe del Escuadrón de Seguridad, Héctor Keller Sarmiento, quien le disparó con su revólver detrás del oído izquierdo, bañando el patio de piedra con masa encefálica. Dice Ronaldo López que "las crónicas de la época definieron como, chocante", ese cuadro.

Había nacido 1908, pero no está muy claro dónde, aunque se cree que puede haber sido en San Juan.

Se dice que empezó a delinquir de muy chico y que, aún siendo preadolescente, conoció San Luis, Córdoba y Rosario, para después instalarse (casi) definitivamente en Mendoza.

"El prontuario de Pedro Icazzatti era voluminoso, pero no lo configuraba como un sujeto de alta peligrosidad. Los archivos policiales de la época le registraban 35 entradas a distintos centros de detenciones. Pero la mayoría de ellas eran por averiguación de antecedentes y medios de vida", detalla López.

El prontuario policial, que muchos esgrimen como antecedentes probados, que en realidad son un simple seguimiento policial de lo que la fuerza considera como delincuentes potenciales, decía que Icazzatti había cometido al menos 10 asaltos a mano armada y varios homicidios, pero nunca se lograron reunir pruebas sobre esto.

A Icazzatti se le atribuye haber armado una banda en 1930 y haber cometió varios asaltos. Dicen que en el otoño de ese año en el asalto a comercio de Godoy Cruz, la banda asesinó a los dependientes del almacén, Martín y Francisco Nora.

La presión social por este delito, poco frecuente en esos tiempos en Mendoza, hizo que la policía extremara esfuerzos y lograra que un "datero" indicara cual era el refugio de la banda. Era un conventillo del callejón Ortiz, cerca de la plaza Barraquero.

Una mañana del mes de octubre la policía rodeó la manzana y capturó a Icazzatti, a su mujer, Berta Escudero, y al resto de la banda: Roberto Argañaraz, Sixto García Rojas y Víctor y Roberto Rodríguez.

Por los crímenes cometidos y porque se comprobó durante el juicio que Icazzatti había sido el autor de los disparos, la causa pasó a un Consejo de Guerra que decretó para el peligroso delincuente la Ley Marcial. Pedro Icazzatti sería fusilado por una decena de asaltos, dos crímenes y media docena más de víctimas heridas. El juicio duró una mañana y fue suficiente para decidir la ejecución del hombre.

En la mañana del 8 de enero de 1931, escoltado por dos guardias y por un sacerdote. Icazzatti fue sentado en una silla de totora en uno de los patios de la Penitenciaría Provincial.

Lo sentaron en una silla de totora, le vendaron los ojos y uno de los guardias le leyó la sentencia.

"Terminó fusilado a las ocho en punto, tal como lo dicta la solemnidad militar. Lo hicieron sentar en una silla, le taparon los ojos y se escuchó el repiqueteo de unas balas que se perdieron entre su cuerpo y la pared que estaba a sus espaldas", contó López. "Dicen que le pedía perdón y que se había convertido al cristianismo, según relató después el capellán del ejército, Carlos Carroll, encargado de confesarlo antes de que muriera".