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Mario Villalobos tiene 55 años, pero está encorvado y parece tener más. El trabajo rural le ha pasado factura. Desde el viernes, vive cercado por las cenizas.

Mario, uno de los que esta vez se salvaron de los incendios forestales

Por UNO

"Yo tenía ahí, en la quintita, unas papas, unos zapallitos, unos maicitos... ¡Mire cómo han quedado! ¡Arrugaditos están, y eso que el fuego acá no llegó!". Mario Villalobos tiene 55 años, pero está encorvado y parece tener más. El trabajo rural le ha pasado factura. Ahora, desde este viernes, vive cercado por las cenizas. La casa en Santa Rosa y el galpón y los 20 metros en derredor son lo único que queda más o menos sano, más o menos verde. El fuego se llevó todo el resto.

A pesar de que las llamas consumieron unas 500 hectáreas o quizás un poco más, los equipos de bomberos, policía y Defensa Civil hicieron un buen trabajo. Lograron crear verdaderas islas para evitar que las casas dispersas se vieran afectadas. Incluso lograron que la mayoría de las áreas cultivadas quedaran casi indemnes. Apenas los cabezales de algunos viñedos se cocinaron literalmente por el fuego. Pero el resto, el monte achaparrado que cree en esa zona del Noroeste de Santa Rosa, es ahora campo arrasado.

"Un vecino de la otra finca me contó que a las 10.30 (del viernes) vio las primeras llamas del lado norte del Carril Norte. Después el fuego saltó la ruta y se vino para acá. ¡Y llegó hasta la ruta 7... y después el viento lo trajo otra vez para este lado! Uno no sabía para dónde ir", cuenta Mario que, con dos bidones de 5 litros, va y viene del pozo agua hasta algunos lugares de la finca donde todavía surge humo. "Hay que tratar de mojar. En una de esas los viñedos se salvan. Al menos hay que tratar de que el viento no vuelva a avivar el fuego", dice.

El viernes el fuego estuvo a punto de encerrar a Mario. "Vino un amigo en moto y me dijo: ¡Vamos! Los cinco perros que tengo, salieron corriendo para el campo y no los vi más. Volví a la noche, cuando la lluvia había ayudado un poco a apagar las llamas. No había luz ni nada y hacía un calor tremendo. La verdad, esto se salvó de causalidad porque había viento arremolinado y el fuego iba y venía", recuerda.

Mario Villalobos vive aquí, en esta finca de unas 80 hectáreas, desde hace unos 4 años. Vive solo y recuerda que es cordobés y que llegó a Mendoza cuando tenía 12 años. Ha trabajado siempre en la tierra y no reniega, aunque reconoce que está un poco cansado. "La vida del pobre es así, qué se le va a hacer". Dice que no son tan extraños los incendios en la zona. Que ya hubo otro hace poco y que ese si afectó los viñedos.

El camino a su casa, que nace en la calle Gómez y que se mete por la finca hasta la casa, mide unos 400 metros y se transformó entre el fuego y las vides. Algunas llamas saltaron y afectaron las primeras plantas, pero el resto está sano. La casa y el galpón están rodeado de árboles y algunos han quedado chamuscados y amarillos. "Se van a salvar si uno les echa bastante agua", dice Mario.

Los pájaros están aturdidos. Se amontonan sobre alguno de los pocos algarrobos que, aún negros por el fuego parecen tener algo de vida guardada en el interior.

Mario se salvó esta vez. Pero casi no se salva.

FUENTE: borrar

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