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domingo 22 de octubre de 2017

"Hay que hacer todo intensamente, como en el amor"

A los seis años, Juan Carlos Pallarols, descendiente de una familia de orfebres catalanes, viajó en tren con su abuelo. "Anem a veure un client" ("Vamos a ver a un cliente"), le dijo en catalán el padre de su padre antes de salir de Lomas de Zamora hacia la Capital Federal. Llegaron a la editorial Guadalupe, ubicada en la calle Mansilla de la Capital. En ese lugar se fabricaban las biblias y los misales. Eran enormes libros con tapas de cuero rojo, en las que se engarzaban pequeñas joyas. El niño quedó prendado de unas pequeñas flores de plata que engalanaban las cuatro puntas de uno de los más imponentes ejemplares.

Tímido, pero decidido, preguntó: "Avi, aquesta feina no és el que jo vaig fer?" (Abuelo, ¿ese trabajo no es lo que yo hice?). El abuelo respondió con naturalidad: "¡Claro! Tú ya eres un platero". Es por esto que Pallarols asegura que nunca trabajó, que su tarea fue siempre lúdica y placentera, tanto como usar un idioma con la fluidez de quien lo trae de un saber arcaico e inexplicable.

De su abuelo aprendió dos de las cualidades que no pueden faltarle jamás a un orfebre: la pasión y la paciencia. Ambas lo ayudaron a emprender los proyectos que lleva hoy por todo el país, como el que lo trajo a Mendoza, nueve días atrás: "Dos rosas por la paz", un homenaje a los caídos y sobrevivientes de la Guerra de Malvinas.

En esa tarea de fundir las balas que se dispararon en Malvinas para convertirlas en rosas de bronce, Pallarols involucró a la comunidad de Mendoza y, además, dialogó con Diario UNO acerca de la construcción de los vínculos amorosos con la misma delicadeza con la que un joyero confeccionaría una diadema en su taller.

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Por la paz. Los proyectiles utilizados en la Guerra de las Malvinas se convierten, por obra del artista, en rosas en honor a los soldados caídos. 
Por la paz. Los proyectiles utilizados en la Guerra de las Malvinas se convierten, por obra del artista, en rosas en honor a los soldados caídos.

–¿Cómo decidió ser orfebre?
–Yo fui hijo de un papá platero, nieto de un abuelo platero y bisnieto de un bisabuelo platero. Así, seis generaciones para atrás. Nací el 2 de noviembre de 1942 y mi abuelita paterna murió el 13 de setiembre de 1945. Yo tenía casi tres años.
Mi abuelo me tomó entonces como su lazarillo, porque él y mi abuela fueron una pareja muy enamorada. Tengo recuerdos lindísimos de ellos, de sus cartas, de sus versos. Entonces, él para consolarse, para hacer más suave su duelo, me convirtió a mí en su aprendiz.

–¡Aprendió a trabajar al mismo tiempo que a jugar!
–Así fue, mi abuelo me empezó a enseñar casi como en un juego: a plegar papeles, así comencé. Un poco como entretenimiento, me enseñó todo lo que sé hoy. Desde los 3 años, hasta que yo tenía 12, cuando murió.

–Debe haber sido un duro golpe para usted la pérdida de su abuelo.
–En realidad, yo no sé si tenía la conciencia para entender lo que había perdido, porque era mucho más que un abuelo. Trabajé con él durante mucho tiempo. Por eso, cuando hoy me preguntan cuándo empecé a trabajar, les contesto que lo que no sé es si alguna vez trabajé, porque seguí todo el resto de mi vida, ese ritmo de juego, de entretenimiento, de pasatiempo.

–Usted incorporó la orfebrería de una forma tan natural como un lenguaje.
–La verdad es que siempre me hizo muy feliz mi trabajo. Me permitió (y me permite) expresarme con toda una técnica que me resultó familiar. Ha sido el lenguaje de mi familia catalana durante casi 300 años.

–De todos sus trabajos, ¿cuál fue el que más lo conmovió?
–Entre las cosas que aprendí, –cuando uno aprende así, desde el alma– la que más me marcó es que todos los proyectos hay que encararlos con mucha pasión. El abuelo, y después papá, me enseñaron a que uno debe ser apasionado. Hay que hacerlo todo intensamente, es como el amor, como todo lo importante de esta vida. Se ama o no se ama.

–Además de pasión, los orfebres trabajan con mucha paciencia...
–Bueno, ese es un tema importantísimo que me enseñó mi abuelo. Tengo una anécdota al respecto. Un día, estaba en el taller y le pregunté: "Avui què fem?" (¿Hoy qué hacemos?). "Bueno, ven", me dice. Y me muestra una olla, donde había un montón de piedritas blancas, canto rodado blanco. Parecían porotos, pero eran piedras.

–¿Qué hizo con ellas?
–Las cubrió de agua, puso la olla en el fuego, me dio una cuchara de madera y dijo: "Ahora vas a ir revolviendo poco a poco y me vas a avisar cuando los porotos estén blanditos. No me llames antes". Yo sabía que no eran porotos. Sabía que eran piedras, pero también sabía del inmenso amor de mi maestro, que no me iba hacer esto simplemente como un chiste. No estaba en mis cálculos. Hice lo que me dijo. Revolví y revolví. Cada vez que lo hacía, las piedras sonaban como piedras, lo que confirmaba mi teoría. Ese día aprendí que era muy necesario ser paciente, pero también que había que creerle al maestro, porque el camino que él me estaba mostrando debía servir para algo.

–Es como la técnica inversa a la de enseñar con rigor o agresividad.
–Exactamente, ese día yo aprendí lo que era la paz. Aprendí a esperar y a observar, pero también algo mucho más importante: que la vida se vive instante a instante. Yo me vine esta mañana a Mendoza y mi viaje comenzó cuando bajé las escaleras de mi casa para ir a tomar el taxi que me llevaba a Aeroparque. Disfruté de ese traslado. Disfruté del trayecto en avión. Esto te hace vivir mucho más convencido y ser mucho más apasionado. Disfrutar de la vida a cada segundo.

–¿Usted es ahora maestro de orfebres?
–No, de ninguna manera, mi tarjeta dice: "Aprendiz de grandes maestros". Sí tengo mi equipo de gente, sin el que no podría hacer nada de lo que hago.

–¿Sus proyectos son siempre de grandes dimensiones, como el de las rosas?
–Lo que hacemos con estas balas chiquitas lo hacemos también con aviones ingleses. Hacemos rosas de cuatro metros. Las rosas pequeñas las hacemos con las balas que fueron donando los veteranos que las han traído y guardado. No precisamos tantas balas para hacer una rosa.

–¿Cuál es el sentido de que sus proyectos sean en comunidad?
–Yo lo aprendí de mis mayores. El fusionar objetos para unificar ya se hacía en España hace muchos años. Se fundía metal de moros y de cristianos, hace 500 o 600 años atrás. Es una tradición. También lo hago con muchas parejas a las que les confecciono los anillos de bodas. No les cobro, sólo les pido que traigan un poco de oro de cada familia. Tenemos una charla sobre el amor y después les hago ver cómo el oro comienza a fundirse, una parte y la otra, hasta que se convierten en un solo átomo. Como ocurre con el amor.

–Es significativo lo que hace, porque cada objeto al que le dan un golpe, cambia.
–Cada objeto cambia porque lleva algo de la persona que lo intervino. El amor, el secreto es el amor, el entendimiento. Recién mientras hablaba estuve a punto de volver a pedir la palabra. Yo escucho con la pasión que hablan quienes combatieron en Malvinas. Es una parte de nuestra historia la guerra, pero los efectos de la guerra hay que superarlos.
Me acordé de algo que me contaba mi abuelo sobre las epidemias en España. Él me contaba que cuando había una epidemia, se quemaba un pueblo entero. Las casas, incluso con la gente enferma de muerte adentro, para que no se propagara. Pero actualmente, hay otros métodos. Tanto para desinfectar una casa, sin necesidad de incendiarla, como para dirimir un conflicto entre países, sin necesidad de una guerra.

Perfil de Juan Carlos Pallarols
Nació el 2 de noviembre de 1942 en Buenos Aires. Su abuelo José y después su padre, Carlos, le enseñaron el oficio que su familia practicaba ya desde 1750 en España.
A los 6 años ya realizaba adornos para biblias y misales. En 1973 realizó, a pedido de una joyería, el bastón de mando de Juan Domingo Perón. Luego hizo todos los bastones de los presidentes de la democracia.
Es autor de proyectos de creación colectiva, como los cálices que ha obsequiado a los papas Juan Pablo II, Benedicto XVI y Francisco. Para estos como para los bastones de mando de los presidentes, Pallarols viaja por las provincias incentivando a la gente a que participen de su confección.

Dos rosas por la Paz
Es un proyecto de artesanía colectiva, propuesto por el maestro orfebre. La idea es realizar dos rosas con material bélico proveniente de la Guerra de las Malvinas y el conflicto entre argentinos y británicos. El trabajo se está realizando, por iniciativa de Pallarols, con ciudadanos de todo el mundo. El objetivo es llevar una de estas rosas a los caídos enterrados en el cementerio de las Islas del Atlántico Sur. Un familiar de un caído argentino llevará una de las rosas a un familiar de un caído británico y viceversa.

En las ceremonias de fundición, que se realizan en el taller de Pallarols, los veteranos de guerra y familiares de los muertos en la guerra trabajan agregando vainas servidas para formar los lingotes de bronce. También cincelan los pétalos. Este mismo trabajo de modelado es realizado por miles de habitantes de ciudades argentinas por las que Pallarols pasa para que esas rosas lleven las huellas de toda la República.

Además, quienes participan firman un libro y dejan su testimonio para un documental.

El viernes 13 de octubre estuvo en la Legislatura de Mendoza, donde fue recibido por la vicegobernadora, Laura Montero, y su equipo de trabajo. Además, participaron familiares de combatientes fallecidos y veteranos de la Guerra.

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