Aquí la vida no es lineal. Es una sucesión de comienzos y finales y la magia, lo primero que hace desaparecer, es la frontera entre la realidad y la ilusión. Quizás no haya vida mejor que esta. Quizás no haya otra en ninguna parte, pero aquí esa sensación es una certeza.
Pegado a La Barraca, en Guaymallén, se ha creado una isla. Tihany se llama. Algunos dicen que es el circo mágico más grande de América, pero en realidad, es una isla fantástica.
Tihany Spectacular, con su show AbraKadabra que lleva 13 años bajo la carpa, tardó 20 años en dar toda la vuelta al continente hasta regresar a Mendoza. Y la espera valió la pena. Así lo han hecho notar los mendocinos que están agotando, función tras función, las 2.000 localidades de este espacio que se parece más a un espectáculo de Las Vegas, su lugar de origen, que a una clásica función de un picadero.
Richard Massone tiene 65 años y "desde niño yo no jugaba a los soldaditos ni a la pelota. Yo hacía magia y a los 13 ya trabajaba profesionalmente. Me hacía anunciar como el mago más joven de la República Argentina".
Es de Rosario y canalla y de los 50 artistas es el único que vive en un tráiler, junto a la carpa. El resto se aloja en hoteles. "Me gusta vivir acá. Mi actividad comienza muy temprano y es bueno estar en el lugar. Además tengo contacto con todos mis compañeros, que hacen posible que se haga el show". Richard se refiere a las otras 70 personas que son los que arman, desarman, sostienen. "Además esta es una empresa estable y exitosa y no sufrimos las carencias que muchas veces padecen las familias circenses".
Él es el heredero del espíritu mágico de Tihany y hoy, además de ser el ilusionista principal, cumple la función de director general.
"Yo era niño y estaba metido en la magia, pero un día, cuando tenía 11 años, mi abuela cambió la rutina de ir al cine y me invitó a ver un circo de magia. Era este, el de Tihany. Quedé deslumbrado. Después iba a verlo cada vez que venía a Rosario".
Pasaron los años. Richard trabajó de mago en cuanto lugar pudo y realizó giras por su cuenta.
En enero de 1982 estaba haciendo un espectáculo en San Pablo, cuando le anunciaron que en el auditorio estaba Tihany y que quería hablar con él cuando finalizara.
"Me dijo que tenía que ir a Montecarlo para ser jurado en un festival y que necesitaba 15 días libres. Me pidió que lo reemplazara". Fue el comienzo de todo. "Nos hicimos muy amigos. De él aprendí la profesión de hombre de circo, que es mucho más compleja que hacer magia".
Cuando se le pregunta qué debió resignar en su vida para dedicarse al circo, le tiembla la voz y pelea con la emoción.
"Cuando yo salí de mi casa, tenía 26 años. Y los jóvenes no tenemos limites, no nos resignamos, vamos para adelante. Con el tiempo me he dado cuenta de que no pude ser una persona que logró abrazar la amistad, la familia, al menos de una manera normal. Por eso en los últimos años he intentado rescatar esa parte. Hoy en día estoy tratando de recuperar el tiempo perdido, pasando más tiempo en Rosario. Pero nunca tuve dudas de esta vida nómade, de muchos comienzos y finales. Es nuestro estilo".



